Rumbo a Uganda

Nos estamos empapando de Uganda

Nos estamos empapando de Uganda
Telmo Aldaz de la Quadra-Salcedo con dos monjas en Uganda.

Estamos a 2.620m de altura, en la Butake Secundary School. Por el día hace un intenso calor y por la noche hay que ponerse el forro polar y el buff.

Instalo la esterilla y la almohada hinchable y me cubro con el saco de dormir. Hoy echan «La Misión» en la sábana blanca. Solo por oír la música de Ennio Morricone merece la pena verla. Es de las bandas sonoras más hermosas que se han compuesto para el cine.

Recuerdo cuando Miguel de la Quadra-Salcedo la hizo proyectar en las Misiones Jesuíticas del Paraguay, donde estuvimos con la Ruta Quetzal en 1994. Allí estaba Telmo Aldaz, su sobrino y director de Rumbo al Sur, y las enseñanzas de nuestro mentor las hemos llevado siempre en las entrañas.

Ahora esa Misión está en Butare, en el sudoeste de Uganda, donde vamos a pasar un par de días con trabajos de cooperación y desarrollo, enseñando y aprendiendo de estos esforzados niños y jóvenes que tienen que caminar hasta 3 horas por las montañas para asistir a clase.

Me meto a dormir en una clase del colegio y me despiertan a las 4 de la mañana. Es la hora de la diana en el colegio. Entran en las aulas a las 4:30.

Recojo mi verdadero chiringuito y voy al baño, que es un agujero en el suelo. Al terminar busco la cadena pero nada cuelga de las paredes. Para la cara, los dientes y los potos tienen un gran depósito negro de agua circular y con estrías horizontales, que parece el cilindro de la moto de un mutante.

Pero aquí los superhéroes son los profesores y los alumnos del centro, apoyado por la ONG «África Directo», que se dejan la piel para poder sacar su país adelante. Son un ejemplo constante para nosotros, que vivimos en una sociedad en la que tenemos todas las posibilidades que, en muchos casos, desaprovechamos. Como decía De la Quadra-Salcedo, «Tenemos empacho de bienestar».

Lo que más me gusta es ver cómo nos sonríen sin parar. Viene un niño de unos 4 años, cargando un bidón de agua turbia más grande que él, y lo primero que hace es ofrecerme su mano para que se la choque y, como no, me sonríe. Están muy agradecidos por nuestra colaboración. Lo que no saben es lo importante que van a ser ellos para nosotros a partir de ahora.

Pero de nuevo surgen nuevos problemas, en este caso con la salud. Esguinces, dolores estomacales y, sobre todo, la maldita malaria. Gorka Lancha le dice a Mario Gibello, su monitor del grupo 2, que se encuentra mal. Está débil y le tiemblan las manos. María Guevara, monitora del grupo 4, se encuentra todavía peor.
El doctor Cerame, que lleva 10 años trabajando también en el programa «Supervivientes», quiere descartar la posibilidad de que tengan Malaria, para lo que les hace un test rápido y la prueba de la gota gruesa.

Me comenta la Hermana Perpetua, antes Tushame, de la tribu Mukiga, que el mosquito anopheles, transmisor de la malaria, no se encuentra por encima de los 1.500m, mil menos que donde estamos, y que cuando de verdad es letal es cuando llueve, y hoy hace un sol de justicia. Me dice orgullosa que es profesora de Geografía e Informática, y yo os lo pongo. Tiene 47 años y es un encanto.

Perdonad que os tengo que dejar. Oigo un coro de ángeles en la lejanía.

Bueno, he estado una hora en una clase de canto y ha sido sublime, con unos tonos altos imposibles y un ritmo exquisito. Los tambores tienen dos superficies, una es grande y ofrece sonidos graves mientras la otra es pequeña y da los tonos agudos.

La profe tiene un reloj dorado y en el pelo como un panal de abejas recogido con dos coletas distantes, con unos zapatos blancos que tienen una libélula en el frente hecha con lentejuelas. Los cantores están todos pelados y el color de la clase es amarilla desconchada. He disfrutado como un niño.

Sigo con la historia. Las pruebas dan negativo (gracias a Dios). Me dice el doctor que es el «Mal del viajero», un desajuste habitual debido a comer y beber cosas tan diferentes, y a veces insalubres, que producen una diarrea imparable que lleva a una hipotensión que les deja aplastados en la esterilla.

El exorcista

Esta mañana tengo que hacer de monitor, sustituyo a María que está tumbada sin fuerza en el suelo. Vamos a realizar un recorrido rural por barrios y casas del entorno. Me apetece mucho ir, aunque si soy un desastre como padre, supongo que de monitor seré otro tanto. Los chicos enseguida perciben la anarquía de mi estado mental y al menos se lo pasan bien. Soy más su abuelo que otra cosa. Para ellos es una juerga, como lo era para mí la abuela Teresa, por la que bauticé a la mayor con su nombre.

La transformación interior que estoy teniendo en esta aventura es brutal. Esta gente te enseña lo que de verdad importa, y por eso tenemos que aplastar las estupideces y a los mediocres que nos rodean en un mundo tan materialista e inhumano.

Después de nuestro desayuno de chapati con miel y chocolate vamos a salir a una nueva experiencia. Antes veo a Álvaro Fernández, de León, que me recuerda que tenemos que ingerir una nueva pastilla de «Malarone» contra la malaria. El número de pastillas que tengo me marcan los días que quedan en Uganda: 11.

Mientras esperamos, Maria Fernández López, una expedicionaria encantadora, me dice muy tensa que ha estado en la iglesia y que ha visto algo que no es de este mundo:

Maria: «Estaban desde niños a abuelas en la iglesia cantando y bailando de una manera un tanto peculiar, y al preguntarle al cura qué hacían, me dijo que estaban agradeciendo a Dios que el exorcista, John Baptist Bashobora, les había sacado los demonios que tenían dentro. Les ponía la mano en la frente y les hacía un exorcismo para extraerles los espíritus negros. En esos momentos salió una mujer por la puerta cantando a las alturas, y me comentó que estaba endemoniada y acababa de salvarla. También me dijo que la mayoría de ellos estaban en hospitales y no tenían cura, hasta que el exorcista les liberó».

Cada viernes hacen el «Renewal day» o día de la renovación, para combatir al diablo.
También tienen chamanes a los que les suelen pedir salud y suerte en su vida, a los que llaman «Witch Doctor» o doctor brujo.

Casas de adobe y paja

Comenzamos la larga caminata hacia las casas rurales. No son los 10km que hicimos en la marcha nocturna por la sabana, pero es una buen paseo con un fuerte desnivel.
Todo el mundo nos saluda y saludamos a todo el mundo, «Aghandi» (Hola) y «Webare» (Gracias).

Le pregunto en el camino a Patricia Castelló, de Valencia, qué echa de menos de España. Me dice que no necesita ya ni la tele, ni el ordenador, ni el teléfono móvil, que tan solo echa de menos su cuarto de baño.

Llegamos al primer sitio, que es una casa-granja de una familia adinerada que nos recibe con los brazos abiertos. Tienen tan solo dos hijos, poco para la media del país, y son muy emprendedores. Tienen pavos, cabras, una ternera llamada «Calf» y gallinas de guinea fowl, algo que solo tienen 10 familias en todo Uganda. Esto indica el poder adquisitivo de esta familia que tiene muchas iniciativas y proyectos en mente. Le pido a Jane Hebu, la madre, una pluma de una gallina de guinea, porque me parecen una preciosidad, y la inserto entre las hojas de la libreta como recuerdo africano.

Después visitamos una plantación de bananos, de café y de patatas irlandesas, que son más pequeñas y muy sabrosas.

La Hermana Stella Watsema capitanea las visitas a cinco nuevas familias, cada vez más pobres. La primera tiene el techo de hojalata y camas de madera con mosquiteras y un tamaño de las habitaciones suficientemente amplio, con luz eléctrica para un par de bombillas y ventanas de cristal.

Pero las siguientes ya son de adobe, con techo de paja y sin ventanas, con tamaños muy reducidos y la cocina integrada en el supuesto salón, que consiste en un fuego de leña, tres cacharros de metal y dos palas de madera de diferente tamaño. El vater está fuera de la casa, y tan solo es un agujero en un habitáculo redondo rodeado de plantas de banano.

«Hoy por ti y mañana por mí» es la frase del binomio Alejandro Semmler, alemán, y Emilio Sainz de Murieta, español de pura cepa, que le piden al dueño de una casa que les deje la moto y se dan una vuelta por la zona. Es una Bajaj india que cuesta 150 $.

La última es la más triste. Es una casa que en total mide 5×3, con periódicos por toda la pared que sirven para fortalecer el adobe, y allí vive una familia con un montón de hijos. El padre está totalmente ido, pero la madre, con dos pequeños de menos de un años en sus brazos, se presta a que nos hagamos una foto con ellos. Aunque son absolutamente pobres, nos regalan moras y un aguacate recién cortados. La moras las prueban los ruteros, pero el aguacate les da miedo. Me lo como yo. Está rico, aunque un poco maduro.

Viven de una jaula con conejos a los que curiosamente los protegen con una especie de mosquitera, porque, según nos cuenta Stella, los animales también pueden contraer la malaria. También tienen como una madera, con forma de canoa, donde mezclan jugo de banano y azúcar quemado, tapado con paja hasta que fermenta. Al final lo venden como alcohol. Debe ser destructivo. Esto ni lo pruebo.

Para terminar las visitas llegamos a Cachereré, un poblado en un cruce de caminos con 9 casas de ladrillo sin ventanas, porque nos aseguran que son muy caras, y viven de lo que venden en sus minúsculas tiendas de abarrotes medio vacías.
Por la tarde hacemos una labor educativa fantástica, que es el regalo de unos ordenadores al colegio y clases de informática para que sepan utilizarlos. Otro grupo va a un hospital a visitar enfermos y alegrarles el día. Tiene paritorio y mientras recorren el centro médico una mujer se pone a parir, algo muy común aquí.

Netball

Pero también hay tiempo para el ocio. Los estudiantes nos enseñan a jugar un nuevo deporte. Como Uganda perteneció al Imperio Británico hasta 1962, mantienen deportes heredados de Inglaterra, como en netball. Es como una mezcla de baloncesto y pies quietos. Corren de un campo a otro pasándose la bola, pero el que la recibe tiene que pararse y pasársela a otro. Cuando llegan al área, una semicircunferencia pintada en la hierba, tienen que pararse y encestar la pelota en una canasta. Solo pueden dar un paso y no les pueden cubrir, y si falla y vuelve a cogerla el equipo atacante, tiene que salir del área para poder volver a entrar y tirar.

Son dos tiempos de 14 minutos con un descanso de 2. Los expedicionarios les ganaron por 3-0. Vito Aldaz grabó el partido desde el aire rodeado de niños que miraban absortos la pantalla de su móvil, que le hace de monitor de vídeo.
Termina el día con una conferencia del economista Borja Chavarri, monitor del grupo 5, sobre nociones e introducción a la economía, y me encanta cuando nos habla de que cada uno tenemos unas necesidades y un estado de felicidad diferentes, y que lo más importante en la economía y en la vida, es el tiempo.

Con la proyección de una película histórica, basada en hechos y personajes reales, sobre la vida del dictador Idi Amin, que se autoproclamó «El último rey de Escocia», termina otro intenso día en Rumbo al Sur.

Nos estamos empapando de Uganda.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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