RUMBO A UGANDA

La luna, casi llena, embellece nuestras siluetas en la noche

La luna, casi llena, embellece nuestras siluetas en la noche

Dejamos las montañas de Kubare y el valle de Rwentuna para dirigirnos hacia el noroeste. Salimos a las 11:00 con todos los expedicionarios, Hermanas y hasta una banda de música despidiéndonos con un himno español un poco disonante. Ha sido una estancia maravillosa.

Paramos en Ibanda para reponer agua potable y comida, y visitamos un mercadillo de ropa. Le compro unos pareos de colores chillones a mis niñas. No se los pondrán en Europa, pero aquí son los tonos que se llevan. El problema para los expedicionarios es que ya no tienen chelines, la moneda local de Uganda, y en estos lugares tan alejados ni cogen euros ni hay bancos para cambiar.

Después de 7 horas de bus, llegamos por fin a Kamwenge, un poblado donde les dan un tiempo libre a los jóvenes que recorren el mercado principal, que tiene lo de costumbre: abarrotes, fruta, comida local, como el casabe, una especie de yuka dulce, o los pinchos de carne de cabra. También hay peluquerías, cacharrerías y talleres de motos. Apenas cuento tres televisores en todo el mercado. Las tiendas más pudientes tienen una bombilla de bajo consumo colgando, el resto tan solo una vela.

La calle es de tierra y el polvo lo impregna todo. El tráfico es caótico y peligroso, aunque conducen bien. Aquí los taxis son las motos Kajaj de 100cc que las llevan hasta los topes. Me encuentro a una nube de niños que rodean a la monitora María Guevara, la médico Mar Lombera y la periodista Ana Antón, que les están cantando canciones y las siguen por todos lados como si fuesen el flautista de Hamelín.

Ya de noche llegamos al St. Anthoni Boarding Special School, donde nos reciben cientos de niños felices que gritan a nuestro alrededor. Parece similar a nuestra llegada a Butare, pero hay algo muy diferente, hay muchos niños con discapacidades severas. Ciegos, sordos, cojos, en silla de ruedas, con la cara deformada… Si Butare fue impactante, esto ya es demasiado duro para cualquiera.

El corazón de las tinieblas

500 niños, 100 de ellos discapacitados, despiertan igual que nosotros al alba. Aunque yo amanecí de noche y estuve hablando con María Fernández y Judith `Juga´ Garcelán, que vigilan en la cuarta imaginaria y me comentan la cantidad de cosas raras que les han pasado.

Les saludó un hombre tirado en el suelo, con un kalashnikov en la barriga, de una manera un tanto peculiar: “Soy el que estáis buscando”. Resultó ser parte de la seguridad del centro. Escucharon rezos, y el golpear de unas campanas. En otro lateral estaba un hombre con un arco disparando sus flechas sobre un tronco muerto. Le preguntaron quién era y les dijo que también era de seguridad del colegio. ¿Os imagináis a un `segurata´ en España con arco y flechas? Veo a Vito Aldaz, piloto de drones profesional, encuadrando una toma espectacular de los jóvenes haciendo gimnasia al lado del campamento. Tengo la suerte de que me enseña a pilotar su dron DJI Mavik Pro-4K, y me quedo impresionado de lo bien que se maniobra. Es ligero, compacto y cada batería dura casi media hora. La estabilidad y suavidad de los movimientos permite hacer planos secuencia imposibles. Me doy un paseo hasta la carretera y veo pasar un largo camión lleno de sacos y encima dos docenas de lugareños. El motor parece que va a reventar.

Los carteles de las paredes de la escuela no tienen desperdicio: “La misión de la escuela es producir temor de Dios, ciudadanos bien disciplinados y capaces, con excelencia académica”. Su lema es: “Somos capaces” (“We are able”), por la educación especial a los discapacitados. Salgo pronto con Telmo Aldaz de la Quadra-Salcedo, director de Rumbo al Sur, su hermano Vito, Pablo Martos, jefe de Campamento y Roberto Bécares, reportero de El Mundo, para hacer la prospección de la próxima aventura en una furgoneta que parece el “mambo taxi” del rubio Guillermo Montesinos en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, de mi admirado Pedro Almodóvar. Lleva un montón de medicinas, bananas, sandías, machetes, botas, una hamaca encarnada, un gorro militar, un frontal y, como no, papel higiénico.

Tenemos que localizar el camino a las misteriosas cataratas de Mpanga, que significa “machete”. Y precisamente lo primero que hacemos es parar en el pueblo para comprar un par de machetes para desbrozar la selva. Los machetes tienen el borde curvo, para cortar bien la base de las enredaderas y lianas que cubren la zona.

Aparece una bici que ni ves de la cantidad de racimos de bananas que transporta. La furgo golpea con el suelo y luego no arranca. Al final conseguimos que funcione y llegamos a un camino sin retorno. Bajamos cargados con nuestras mochilas hacia el río y cruzamos un maizal, donde todos los sonidos parecen animales al acecho, pero realmente es el viento que provoca el roce de las hojas secas entre sí. Llevamos un buen rato andando sin seguir ningún sendero y llegamos a la triste conclusión de que nos hemos perdido. Gracias a Dios vemos a lo lejos una casa circular de adobe y cañas y nos acercamos a ver si alguien nos puede decir dónde estamos.

En Uganda todo el mundo te ayuda. En este caso es Tusiime Jean, que cultiva naranjos en medio de la nada. Lleva una camisa que debía de ser blanca y unas botas katiuskas altas. Telmico le pide que nos guíe a las cataratas y coge su machete para capitanear la expedición, no sin antes advertirnos que está muy lejos y es peligroso.

Caminamos intensamente detrás de Tusiime durante largo tiempo hasta que llegamos al río Mpanga, de color verde jungla. Está lleno de meandros y rodeado de unas preciosas palmeras que solo crecen en este lugar de África y en Kenia: Muhuve palm tree.

Nos refrescamos en aguas termales cristalinas procedentes del interior de la tierra africana y vemos en la montaña parcelas de tierra quemada que servirán para cultivo, pasto y leña.

Ahora sí, nos internamos en la frondosa selva ugandesa. Al poco tiempo, Telmo encuentra un grupo de monos babuinos de gran tamaño en los árboles caídos en las islas que se forman en el río en esta estación del año. Me acerco a su lado y oímos un hipopótamo a pocos metros, al que a partir de ahora llamamos “Raá”, que significa hipo en lenguaje Acholi, otro de los muchos dialectos que se hablan en este país. Me comenta que es el mismo sitio donde les atacó a Isa Ussía, su mujer y madre de sus tres hijos, y a él en el viaje de prospección de mayo y que fue terrorífico, aunque lograron subir a un árbol y salvarse. Huimos rápido hacia la montaña.

Hacemos trocha con los machetes ugandeses. Las gotas de sudor resbalan por mi rostro y hacen que mis gafas caigan lentamente mientras pequeñas arañas se cuelan entre el cristal de las gafas y mis ojos, aunque no me llegan a picar. Me encantan las arañas y lo saben.

Me tropiezo con las retorcidas raíces de un árbol y piso un terreno falso donde me hundo y caigo sobre un enjambre de plantas llenas de espinas que me destrozan la mano y el brazo derecho.

Se me meten un montón de pequeñas hormigas por el cuello y no dejan de picarme. Tengo que quitarme la camiseta de España Rumbo al Sur para quitármelas. La verdad es que la caminata se me está haciendo durita.

Vamos por un sendero estrecho, recién descubierto, agarrándonos a las piedras, porque los árboles tienen unas púas que te destrozan las manos. Ahora es Bécares el que derrapa, cae por la escarpada ladera y se queda con la espalda en el suelo y los pies para arriba. Me recuerda a Nadia Comanneci. No se ha traído sus botas de “El Naturalista” y lo está pagando caro. Sus tenis baratos de marca blanca no tienen ningún agarre.

Llegamos después de más de dos horas a unos saltos de agua que cortan totalmente el paso a la enorme catarata de Mpanga. Para seguir tendríamos que haber traído cuerdas y mosquetones para ascender por la montaña. Pablo Martos ve que el tiempo se nos está echando encima y decide que nos demos la vuelta. Es imposible seguir hacia adelante. Hay que buscar otro camino.

No sé como lo hacemos, pero nos volvemos a perder. Como soy el último de la expedición los monos babuinos me tiran piedras amenazantes desde los árboles que tenemos más arriba. Hay uno, el más grande, que encima me mira con cara de criminal.

A este le llamo “Tonga”, que no quiere decir nada (tampoco tiene que tener todo un sentido, ¿no?). También había pensado apodarle “El silencio de los corderos”, pero me da mal rollo. Nuestro guía nos avisa del mal carácter y lo desafiantes que son estos monos. Hay también unos pequeños y negros que según Jean son también babuinos, pero a mi me parece imposible, porque se parecen lo mismo que “El grito” de Munch a “La Gioconda” de Leonardo da Vinci.

También nos comenta la importancia de las plantas autóctonas. Unas crean el mal y otras el bien, pero ambas son necesarias para mantener el equilibrio. Aquí no tienen médico ni hospitales cercanos, y su medicina tradicional se basa en la utilización de estas plantas, de sus frutos, sus hojas o sus cortezas para curarse. Pablo pasa una mata y, al soltarla, se me incrusta una hoja en el ojo, que me duele durante el resto de la marcha. A mitad de camino me da una pájara por el calor y tengo que descansar a la sombra de una acacia. Ya es medio día y el sol derrite el cerebro.

Por fin, después de cuatro horas de marcha, llegamos a la furgoneta donde está esperándonos Vito haciendo planos con el dron, a quien le agradezco su consejo de ponerme dos pares de calcetines para evitar las ampollas, que estaban a punto de brotar.

Nos cruzamos con muy poca gente, la mayoría trabajando en el campo, y en cambio de frente viene un 4×4 de “Médicos sin Fronteras”. Es innegable el descomunal esfuerzo de estas ONGs.

Tenemos que buscar otro camino a las cataratas, pero la aventura que hemos vivido ha sido inolvidable. Aprovecho para preguntarle a mis compañeros qué les ha parecido la caminata:

Telmo: “Una preciosidad. Lo que más me ha gustado es el enorme lagarto varano que hemos tenido a nuestro lado y volver a sentir el ruido del hipo viniendo hacia nosotros” Bécares: “Apasionante y a ratos adrenalítica” Para mí ha sido un constante recuerdo de Conrad y “El Corazón de las Tinieblas”. Una de las caminatas más hermosas e inspiradoras que he realizado en mi vida.

Las cataratas de Mpanga

Buscamos otro camino para llegar a las cataratas de Mpanga, ahora por la parte de arriba, pero la furgoneta se para en medio del camino y una nube de humo blanco sale del asiento del copiloto. Huele a quemado. Creemos que se ha quedado sin agua y tenemos que esperar a que se enfríe para reponer el depósito.

Pasa a nuestro lado un motorista vestido de Papá Noel en pleno julio. Este país es surrealista. Un paisano, Benson, cruza con otra furgo y le pedimos que nos acerque a Bécares y a mí para ir a buscar a los expedicionarios y hacer la caminata de las cataratas.

Tenemos que conseguir agua y comida para Telmo, Vito y Pablo Martos, que nos pide que les digamos a los expedicionarios que cojan la mochila pequeña con todo lo necesario para las marchas.

Volvemos a la escuela justo cuando los 500 niños terminan la clase y salen arrollándonos para saludar a los aventureros. Hablo con varios, pero la que más me impresiona es Amos Mugume, una estudiante con la cara quemada. Tiene 13 años y me asegura que está feliz con nuestra visita y con el apoyo que ofrece “África Directo” al colegio, que también aquí su labor es fundamental. Da gusto que siempre estén tan agradecidos.

Los niños me tocan la piel, los codos y los pelos, que les parecen hilos dorados, y luego se huelen las manos para conocer nuestro olor.

Comemos rápido un chapati con verduras y salimos los dos buses para ir a por Telmo, Vito y Pablo, que llevan ya mucho tiempo tirados, a pleno sol, en medio de la carretera. Arreglan el vehículo averiado, cuando se enfría el motor, y nos dirigimos a las cataratas de Mponga por otro lado. Ya es tarde y los buses nos acercan todo lo posible hasta que la estrechez del camino se lo prohíbe. Quedan unos 5km hasta llegar.

Poco antes una expedicionaria, Edurne, se resbala y cae en unas matas arañándose el cuerpo. Ya vemos las cataratas desde lejos. El grupo se ha estirado mucho y tardamos en estar todos, pero al final hemos llegado. Son las 18:30, justo cuando el sol empieza a ocultarse.

Soy el primero en meterme de cabeza al río, a los pies de la reluciente cascada, cuando Mar Lombera y Jorge Cerame, los médicos de Rumbo al Sur, nos dicen que no nos metamos porque hay un parásito que se te mete dentro de la piel, provocándote una desagradable schistosomiasis. Ya es tarde. El resto de jóvenes se puede meter hasta medio muslo y se quitan las camisetas para lavarse un poco el pecho. Esto es la gloria, con pájaros bellísimos que sobrevuelan nuestras cabezas y esa preciosa catarata que nos hace aun más felices. ¡Lo hemos logrado! Tenía razón Telmo cuando decía que todo se puede conseguir si te lo propones. Desaparece el sol, pero la luna, casi llena, embellece nuestras siluetas en la noche.

Autor

José Pablo González

Licenciado en periodismo en 2010. Canterano del diario ABC, actualmente es redactor de política, portadista y responsable del área audiovisual de Periodista Digital.

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