Crónicas Mayas IV / Carlos Pecker

Tikal: la majestuosa ciudad de los mayas

Tikal: la majestuosa ciudad de los mayas
Tikal, la joya maya de Guatemala. PD

Quieren tratarnos como gringuitos y que nos levantemos tarde, desayunar opíparamente e ir luego tranquilamente a ver Tikal, dentro de la Reserva de la Biosfera Maya, pero de eso nada.

Les digo a Bro y a Juan Pop, nuestros guías guatemaltecos, que tenemos que ir al amanecer, cuando no hay turistas en el sitio arqueológico, y verlo solos, disfrutando de cada instante, con el único sonido de la selva.

Todos los periodistas aprueban mi moción y nos consiguen, ni más ni menos, ¡que podamos entrar antes de que abran las puertas del Parque Nacional de Tikal!

Despertamos entonces en Uaxactún a las 4:00 de la mañana y vamos a ver a María Hualín, que saltándose todas las normas nos ha preparado un rápido desayunito en su fuego hipnótico a horas intempestivas.

Son mayas, y el trabajo no les asusta nada, todo lo contrario, les gusta y se sienten orgullosos de poder ayudarnos. Además, le pido a María mi comida preferida, las tortillas de maíz rellenas del hongo tzikinché, y sin dudarlo me ofrece un plato relleno de esta delicia que jamás he probado antes y que ya nunca olvidaré. ¡Gracias María!

Carlos, el piloto, nos lleva durante más de 20km por un camino de terrazo hacia uno de los mayores yacimientos arqueológicos mayas del mundo, que se encuentra en lo más recóndito de la gran selva del Petén. Vamos callados y absortos con los focos de la furgona, porque Pop nos asegura que a estas horas no es difícil ver algún jaguar cruzando veloz de lado a lado del camino.

Pero, de repente, me ocurre lo peor que me podía pasar, un ataque feroz de colon irritable se apodera de mí.

Aguanto como puedo apretando los cachetes pero hay un momento que no puedo más y le digo a Carlos que, por favor, pare un momento que tengo que descargar mis tzikinchés. Siento que mis compañeros me miran estupefactos, pero no puedo ni girarme, me voy unos metros hacia atrás y planto una caoba, pero en medio de mi pestilente acción oigo primero un ruido en medio de la selva que me congela los tzinkinchés, y luego se acerca un carro que enfoca directamente mi cráter expansivo. En fin, prefiero no contaros más…

Llegamos justo con la primera luz del día a la majestuosa ciudad maya de Tikal. Todo son cantos de pájaros y monos aulladores en la lejanía. La primera parada es frente al árbol sagrado de los mayas, la ceiba pentranda, donde nuestro guía Bro parece entrar en éxtasis. La belleza de este árbol, que hunde sus raíces como cuchilladas en la tierra húmeda, es descomunal. Poco más adelante unos agutíes, que son similares a los capibaras, cruzan tranquilamente por el camino.

A Bro le gustan las sorpresas, y aunque pensamos que vamos a llegar directos a la Gran Plaza de Tikal, nos da un rodeo para ver lo que nadie suele admirar.

Primero vemos un templo con símbolos del Dios Tlaloc, que era el Dios de la lluvia pero para los mayas de México, aquí es Chaac, y esto demuestra la relación que hubo entre Tikal y otras regiones mayas como Teotihuacán, que actualmente, por medio de las técnicas con LIDAR, un sistema con el que se puede escanear el interior de la tierra, se ha comprobado que hay decenas de caminos que unían las diferentes ciudades mayas. Una familia de unos 20 coatís pasa a nuestro lado, introduciéndose en el sitio arqueológico para buscar comida.

En el Complejo Residencial, que se compone de 38 palacios,148 habitaciones y 6 patios internos, vivían la elite, los sacerdotes astrónomos y las concubinas. Ahora son dos bellísimos tucanes los que se acercan a saludarnos y una panda de monos araña, que no dejan de jugar entre las ramas de los árboles.

Con la luz del primer sol llegamos a la insuperable Gran Plaza de Tikal, del 700dC, el momento de gloria de la ciudad.

Es una plaza pública ceremonial rodeada de templos, estelas y acrópolis. El Templo I o del Gran Jaguar es una pirámide funeraria con 9 cuerpos dedicada a Jasaw Chan K´awill `Ah Cacao´, el gobernante más célebre de la ciudad-estado de Tikal. En frente está el Templo II o de la Señora 12 Guacamaya, su esposa, que representa la constelación de Orión.

Recuerdo que estuve aquí hace más de 25 años con mi maestro y amigo Miguel de la Quadra Salcedo, y coloqué el trípode en el centro de la Gran Plaza, desde donde no paré de hacer tomas con mi vieja cámara Betacam. Es increíble que después de tanto tiempo todo siga exactamente igual, tan solo mis piernas se cansan más al ascender a la cima de las pirámides, pero el resto parece que le di pausa a mis imágenes y que el mundo se paralizó.

La última de las grandes pirámides que se construyó en Tikal fue el Templo III o del Gran Sacerdote, un lugar ceremonial y funerario que tiene una crestería espectacular. Se cree que está enterrado el gobernante Chi´taam, pero todavía no se ha encontrado su tumba.

Para ir de un templo a otro cruzamos estrechas veredas entre la selva tropical, con alargadas lianas, exuberantes palmeras y el cedro abuelo, un ejemplar de más de 200 años. Y llegamos al imponente megaproyecto de Tikal, el Templo IV o de la Serpiente Bicéfala. Se tardó 40 años en construirlo y es, con casi 70m, una de las estructuras precolombinas más altas de América, junto con la Pirámide de La Danta en El Mirador y la del Sol en Teotihuacán. Una vez arriba descubro la magnitud de este lugar mágico, como de ensueño, dentro de una infinita selva de la que solo sobresalen las crestas de los templos, como queriendo tocar el cielo hasta la eternidad. Me encuentro pleno y feliz aquí arriba.

Seguimos nuestro camino selvático hasta que aparece el Mundo Perdido. Un complejo ceremonial amurallado que rodea otra pirámide. Aquí los astrónomos mayas observaron la fase de la luna y el movimiento del sol y de venus. Posiblemente la planificación de toda la ciudad se hizo desde aquí. Se sabe que los sitios arqueológicos mayas son como mapas celestes, porque copiaban en la tierra lo que veían en el cielo.

Ya es tarde y debemos ir hacia Flores, donde nuestros compañeros chapines tienen que coger un vuelo de Flores a Ciudad de Guatemala, pero Bros apura y nos lleva a ver el Templo V, que tiene algunos elementos arquitectónicos que lo hacen único, como las esquinas redondeadas, tener solo 7 cuerpos piramidales y las alfardas laterales que delimitan la escalinata. Es el segundo templo más grande de Tikal, y está dedicado a Chaac, el Dios de la Lluvia.

Después de varias horas deslumbrados por la belleza de la arquitectura y la escultura maya, dejamos Tikal y recogemos a Beatriz González, Secretaria Técnica Permanente de la Organización Mundo Maya, que es la que ha preparado este viaje sublime, y comemos en el restaurante del Parque Nacional.

Flores, una isla en el corazón del Petén

Tenemos el tiempo justo para ir a Flores o Noj Peten, una isla muy pintoresca donde se mezclan tres tipos de arquitectura: colonial española, caribeña y de influencia británica.

Rodeada por las aguas del Petén Itzá, el tercero más grande de Guatemala, tiene una extensión de 15 cuadras y solo tiene un puente para poder llegar, aunque el lago está repleto de todo tipo de barcas que cruzan incluso hasta varios coches en su interior. Pasear por esta isla es sumamente recomendable, porque se respira paz y tranquilidad, y porque esa arquitectura tan ecléctica es sumamente interesante.

Desde aquí se divisa la península de Tayasal, que tiene al menos 1.700 edificios mayas del Preclásico Medio hasta el Clásico Tardío. Esta zona fue el último reducto maya en ser conquistado por los españoles en 1697.

Después de un largo paseo por el malecón, cenamos en un restaurante sobre el lago un rico pescado y dormimos en el Hotel Casona del Lago, frente a la isla, de estilo neocolonial británico. Como no tengo sueño, y ya he lavado mi ropa sucia y tendido en la terraza, me voy a tomar una birra yo solito. La sensación de seguridad, a pesar del miedo que te meten en España, es absoluta. Recorro varios garitos hasta que veo uno que me gusta, con gente desfasada, como yo, y una buena barra de madera. La camarera me mira con ojos golositos, pero no me gusta nada.

Vuelvo al hotel y me pongo al día en mis envíos a Instagram, que ya pasan de 100. Por cierto, si queréis ver mis vídeos del viaje, están en `peckercarlos´. Cuando ya se me cae la cabeza sobre el móvil, pliego velas y leo lo que puedo en la cama sobre los indígenas lacandones del sur de México, que visitaremos mañana. Aunque parezca raro, duermo mucho mejor en las aldeas de los indígenas que en estos hoteles modernos, y el aire acondicionado me mata.

Nos espera un día duro, ir en furgoneta por una trocha de tierra en obras desde Flores hasta la frontera con México. Distancia: 150km; Velocidad Media: 40km/h; Tiempo: 4h. Antes de llegar a la frontera casi nos pasamos la aduana, que está como perdida y mal señalizada. Dentro de una pequeña garita, un señor mayor nos sella los pasaportes de salida de Guatemala, mientras una mujer con dos niñas nos quiere cambiar quetzales o dólares por pesos mexicanos. En principio nos dijeron que los dólares americanos nos valían para cualquier país, pero a la hora de la verdad es complicado y en los bares y tiendas te los cambian francamente mal. Si lo que quieres cambiar son euros a la moneda local, es todavía mucho más difícil, y solo en el aeropuerto o en determinados bancos te los pueden cambiar, pero te tiras media hora o más en el banco rellenando papeles.

A los pocos kilómetros llegamos al último pueblo de Guatemala, La Técnica, donde la furgoneta casi cae al río Usumacinta, que divide Guatemala de México. Mi compañera Alida de la Agencia EFE se toma la última cerveza Gallo y yo sigo buscando el chocolate que misteriosamente no encuentro. Bea nos llama para embarcar en las fornidas lanchas de madera con las que cruzas el río. Agarro mi mochila y su pesada maleta y las meto en la lancha. Antes de partir nos despedimos del piloto, que casi con lágrimas nos dice adiós. Le encantaría ir con nosotros.

Dejamos Guatemala, un país único y sorprendente, con una gente amable a más no poder, una portentosa selva y unos lugares mayas que nos han llegado hasta el alma. ¡Gracias chapines!

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