Perú: De «cuarentena» en el Callao

Perú: De "cuarentena" en el Callao
El Callao Andina

Las mañanas se vuelven más grises, el verano se va yendo para dar paso al otoño, la humedad es más intensa con el pasar de los días; una razón más para estar en el calor del hogar y con la familia.

Las calles se encuentran desoladas, cada vez son menos las almas que transitan en la vía pública, el Callao ya no es el mismo de antes. El peculiar sonar del panadero por las mañanas, se hace extrañar; los sábados con música estruendosa, se acabaron: las risas de los niños en las calles, se hacen ausentes.

El Callao es otro desde el aislamiento obligatorio nacional.

Me despierto gracias al dulce cantar de los pájaros, que por las mañanas resuenan como serenata para los vecinos de la Urbanización el Olivar; quienes incontables veces salen a sus ventanas para disfrutar las melodías de estos pequeños animales. Gran cantidad de ellos revolotean en el pequeño parque de la iglesia mormona que está frente de mi edificio.

Dentro de todo, este es un barrio con un silencio ensordecedor por la reciente ausencia de aviones. La delincuencia desapareció de la noche a la mañana, ahora son los policías que están en las calles resguardando la seguridad ciudadana o eso quiero creer.

Me pregunto a mi misma qué estaría haciendo en este preciso momento si pudiese salir de mi casa, miles de ideas se me cruzan por la mente mientras ayudo a mi madre. Así se pasa el resto de mi día; sinceramente, es un poco difícil hacer algo productivo cuando el mismo
hecho de estar dentro de cuatro paredes, inquieta a una persona. No es hasta las 20:00 horas que las alarmas de los patrulleros y serenazgos se empiezan a escuchar. A lo lejos, cruzando la Urbanización el Olivar se observa cómo los vecinos del sector Bocanegra
corren despavoridos con la intención de llegar a sus casas sin que la policia los capture.

Desde la ventana del edificio donde vivo, las personas parecen pequeñas hormigas huyendo, algunos son atrapados en el intento, mientras que otros logran pasar por desapercibido.

El sector de Bocanegra siempre se ha caracterizado por ser un barrio peligroso; de hecho, antes era invasión. Por esa razón, se podría decir que hay gente de mal vivir, aunque eso sería generalizar, ya que también hay personas muy amables. Antes de la cuarentena,
muchos delincuentes venían a cometer sus fechorías en la Urbanización, pero con la llegada de coronavirus todo ha cambiado. El Olivar es otro desde el aislamiento obligatorio nacional.

Muchos pensarán que los vecinos de este sector salen a sus ventanas a las 8:00 pm para poder aplaudir a quienes aportan en la lucha contra este virus; pues no, la única verdad es que a esa hora hay un aparente silencio en las calles. Los policías pasan una vez a las
quinientas, solo para cumplir con su labor de supervisión. A penas se van, los avezados salen de sus casas, cruzan sus puertas, se sientan en la vereda y empiezan a tomar su cerveza, cuando la policía se avecina se esconden peor que ratas. Y sí, ese escenario se
presenta muchas veces en mi vecindario, si así es en donde vivo, peor es en Bocanegra. La paz que se siente en el ambiente es interrumpida a las 8:30 pm, cuando la bulla se apodera de las calles. Caigo en cuenta que es la alarma de cuatro motorizados y tres
patrulleros de la policía, es un poco inaudible lo que dicen, pero logro entender que están dando un mensaje de aliento a los vecinos.

Varias personas aplauden desde sus ventanas emocionadas, es la primera vez en todo este tiempo de cuarentena que se ve algo parecido.
Los aplausos eufóricos duran solo 3 minutos, los policías ya se fueron y la Urbanización El Olivar regresa el silencio sepulcral.

El reloj marca las 9:00 de la noche y otra vez se siente el movimiento en las calles, un patrullero se asoma en la avenida, detrás suyo aparece una ambulancia del Samu. Al parecer se dirigen al hospital Negreiros, un nosocomio ubicado a 5 cuadras de mi casa, lugar donde escribo estas líneas. “Uno de esos patrulleros siempre se queda a dormir todas las noches al frente de la iglesia mormona”, comenta Yorkaef, sacándome del pequeño trance, él es un chico de 18 años que vive en la casa del lado.

Me quedo pensando con su comentario y caigo en cuenta que hace un tiempo había escuchado un rumor sobre ese policía que se quedaba estacionado al frente. Tengo un sueño tan pesado que todas las noches suelo dormir temprano y no me percato de lo que pasa a mi alrededor.

“La otra vez un poli le gritó a uno de mis tíos que estaba tomando en la vereda de mi casa”, siguió contando. “A buena hora no se lo llevaron a la comisaría”, dijo entre risas. Definitivamente estaba decidida, hoy tenía que hablar con él de alguna forma, dormir plácidamente no era opción. Mi plan era quedarme hasta tarde con una película para matar el tiempo, había escogido “Virus” de Netflix, nada mejor que esa cinta para ambientar el lugar en tiempos de crisis.

– ¿A qué hora piensas dormir? Como que es muy tarde para que estés viendo películas a esta hora – dice mi madre haciendo que me desconecte totalmente de la trama – Anda a dormir, ya es tarde ¿No crees?.
– Quiero hablar con un policía, dicen que se estaciona aquí al frente de la casa –
mencioné. Al inicio no estuvo de acuerdo, pero entendió.

Los minutos pasaban más lentos de lo que realmente esperaba, de rato en rato miraba por la ventana y no veía ningún carro de policía. Todo mi plan de bajar, sacar una pequeña bandera blanca y llevar un poco de comida para el policía, había fracasado o eso creía. Ya
eran las 3:00 de la mañana, el sueño cada vez se apoderaba de mi cuerpo, mis ojos se entrecerraban poco a poco. Salgo a la ventana por última vez y veo dos sombras a lo lejos, miro bien y me doy cuenta que es una pareja muy cariñosa a altas horas de la noche. Sin
dudarlo, agarré mi celular y llamé a la comisaría de Bocanegra, que es la más cercana.

– Comisaría de Bocanegra, ¿Con quién hablo? – menciona una voz al otro lado de la
línea.
– Hola, vivo en el Olivar y acabo de ver a una pareja besuqueándose en pleno toque de queda – sigo hablando con el comisario y le explico dónde es que los había visto.
– En un rato mandamos una patrulla – era evidente su cansancio, hasta en la voz se le
notaba.

La parejita seguía en la misma esquina, el chico se tambaleaba. O estaba borracho de amor o ebrio a causa de un ron. No supe qué pasó con los locos enamorados, simplemente, le encantaba la adrenalina. Como decía Romeo “Una aventura es más divertida si huele a
peligro”. Entonces, estos se pasaron de avezados, que ni miedo al virus le tuvieron. Al fin y al cabo, la policía llegó 30 minutos después, las calles se encontraban vacías otra vez, no me extrañaba la rapidez del patrullero. Lo único que hice fue cumplir el buen rol de ciudadana; pues, si yo no beso en cuarentena, nadie más lo hace.

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