Galápagos: ¡Iguana a la fuga!

Galápagos: ¡Iguana a la fuga!
Iguana Galápagos ( Isla La Isabela) Paul Monzón

Ecuador es uno los destinos más espectaculares del planeta que os recomendaría visitar para cuando acabe esta pesadilla del Coronavirus. Precisamente de allí guardo los más bonitos recuerdos. Uno de ellos fue el viaje a las Islas Galápagos, visita que atesoro con mucha ilusión porque era un sueño de niño; y segundo, porque la experiencia vivida allí fue una de las mejores que  he vivido.

La foto que ilustra este post la hice a finales de septiembre del 2005 durante mi primer viaje a la Isla «La Isabela»), la más más grande del archipiélago de Las Galápagos, «Patrimonio de la Humanidad» por la UNESCO, y en la cual el científico inglés Charles Darwin elaboró su famosa «Teoría de la Evolución».

La iguana marina retratada es típica de la zona. Pero ésta, en especial, vive en el islote «Las Tintoreras», que ubicado al sur de Puerto Villamil alberga una variada fauna marina tales como lobos marinos, tortugas, rayas y tiburones -llamados «tintoreras»- del cual coge el nombre.

Tras recorrer los senderos de lava, propios de la zona, observé cómo una roca «se movía». Creí que era un espejismo producto del calor reinante y sofocante. No, no, no: eran iguanas que, mimetizadas entre las rocas, se «desenredaban», como si cansadas de estar tan juntas hubieran decidido pasear cada una a su aire.

¡Iguana a la fuga!

Me acerqué sigilosamente hacia ellas para hacerles una foto. Todas huyeron en desbandada, menos una que se mantuvo quieta, como expectante. Quizá desafiante. Cuando intenté enfocarle la muy cabrona se giró y emprendió la huida. El esquinazo fue de película. Como si quisiera decirme: «¡Ahí te quedas!». Debo reconocer que su acción me dejó descolocado.

En un principio la iguana se escondió entre unas rocas y luego se fue bordeando un pequeño acantilado hasta que le perdí de vista. A estas alturas, en mi amor propio no me podía dar por vencido y me dispuse a seguir su rastro.

El pequeño grupo que venía conmigo se había alejado un buen trecho. Y me preocupé un tanto cuando a lo lejos el guía vociferó: «Paul, nos vamos». «Un momento, por favor, ya voy», respondí, tratando de ganar tiempo. Me había propuesto hacer la puñetera foto ya sea «por lo civil o por lo criminal».

Tras unos minutos en los cuales creí que sería imposible darle «caza» al reptil y no quedaba otra cosa que resignarme, sentí como una corazonada. Fue un instante en el cual supe que iba a hacer la bendita foto.

Con ese sentimiento me alejé un par de metros del acantilado y agazapado, cual francotirador, me situé tras una roca y apunté fijamente mi Nikon hacia otra roca de la cual tenía la certeza que saldría el bicho. Tocaba esperar.

Transcurrieron unos segundos, que me parecieron eternos, hasta que la bendita iguana, a hurtadillas asomó el careto como quien comprueba si no hay «moros en la costa». Al notar mi presencia me miró fijamente, como sorprendida. En sus ojos me pareció «leer» como que decía: «Me pillaste, cabronazo».
Mi sonrisa en ese momento era «de oreja a oreja», y riéndome a «mandíbula batiente» la «acribillé» a fogonazos. Esta es una de ellas.

Era el momento de largarse. Así que me alejé presuroso del lugar no sin antes «despedirme» de la susodicha que no me quitó su «mirada» en ningún momento.

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Autor

Paul Monzón

Redactor de viajes de Periodista Digital desde sus orígenes. Actual editor del suplemento Travellers.

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