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Viajar a Zamora invita a descubrir un territorio poco transitado por el turismo masivo, donde el arte románico, los paisajes de la meseta y las tradiciones centenarias conviven en armonía. La ciudad presume de ser la urbe con más iglesias románicas del mundo, un patrimonio monumental que sorprende a cada paso. Pero no solo el arte es motivo de visita: su provincia despliega espacios naturales intactos, pueblos detenidos en el tiempo y fiestas ancestrales que atrapan al visitante. Además, viajar hasta aquí resulta fácil y asequible. Por todo ello, merece la pena explorar este rincón de Castilla y León lejos de los circuitos habituales.
Cómo llegar y moverse
Zamora está perfectamente comunicada por autovía con ciudades como Madrid, Valladolid o Salamanca. El tren de alta velocidad desde la capital española tarda menos de 90 minutos, convirtiendo la escapada en una opción cómoda incluso para el fin de semana. Para quienes prefieren conducir, la autovía A-6 enlaza rápidamente con la ciudad. Una vez en destino, lo mejor es recorrer el centro histórico a pie: muchas calles son peatonales y solo vehículos autorizados pueden circular por ellas. Para explorar la provincia, lo ideal es alquilar un coche; así se puede acceder a parajes como los Arribes del Duero o la comarca de Sanabria sin depender de horarios.
Coste y precios para dos personas
Una escapada de dos días para dos personas a Zamora resulta económica si se compara con otras capitales patrimoniales españolas. Un menú diario ronda los 12-15 euros por persona en restaurantes tradicionales. Dormir en establecimientos como el Parador Nacional cuesta desde 120 euros la noche en habitación doble con desayuno incluido, aunque hay hoteles urbanos y hostales por unos 60-80 euros. Las visitas culturales son asequibles: la entrada a la Catedral cuesta 5 euros por adulto y el acceso al Castillo es gratuito. Sumando comidas, alojamiento, visitas y algún capricho, un fin de semana completo puede rondar los 250-300 euros para dos personas sin escatimar en comodidades.
Mejor estación del año para visitar
El clima es uno de los grandes aliados del viaje a Zamora. Durante los meses de verano las temperaturas rara vez superan los 30 grados, una excepción en la meseta castellana donde los termómetros suelen dispararse. La ausencia de aglomeraciones permite disfrutar de la ciudad incluso en temporada alta, cuando otros destinos sufren saturación turística. Primavera y otoño también resultan ideales gracias a un clima suave y a la explosión de colores en parques urbanos o paisajes rurales. Entre mayo y principios de noviembre es fácil encontrar eventos culturales al aire libre, mercados artesanos o festivales como el Internacional de Teatro de Calle. El invierno tiene su atractivo si se busca tranquilidad absoluta o se quiere presenciar celebraciones únicas como las mascaradas tradicionales.
Curiosidades y anécdotas
Pasear por Zamora es descubrir leyendas e historias sorprendentes. El dicho popular «Zamora no se ganó en una hora» tiene su origen aquí: remite al asedio sufrido por la ciudad en el siglo XI durante las luchas entre Doña Urraca y Sancho II, un episodio clave para entender la historia medieval castellana. Otro misterio local se encuentra en la fachada de la Catedral, donde una cabeza tallada en piedra alimenta todo tipo de teorías sobre su significado.
La provincia alberga celebraciones insólitas como las mascaradas invernales: fiestas paganas que sobreviven sobre todo en Aliste y Sanabria. Personajes grotescos como diablos o carochos recorren las calles anunciando el cambio de ciclo anual entre carreras, juegos teatrales y mucha algarabía. Estas tradiciones han resistido siglos gracias al empeño vecinal por mantener vivas sus raíces.
Una anécdota singular: hasta hace pocos años el Castillo acogió una escuela municipal de artes y oficios, mezclando historia milenaria con creatividad contemporánea. Además, durante Semana Santa —cuando tienen lugar hasta 18 procesiones— el casco histórico se transforma en un escenario donde miles de cofrades desfilan bajo un silencio conmovedor.
Qué ver: patrimonio, naturaleza y gastronomía
En lo monumental destaca la Catedral, joya del románico con su cimborrio bizantino; el Castillo, rodeado de jardines junto al Duero; plazas como la Mayor o Viriato; e iglesias como Santa María Magdalena o San Cipriano. Los murales contemporáneos aportan color al casco antiguo mientras miradores como Troncoso regalan panorámicas sobre el río.
La provincia invita a perderse por escenarios naturales como los Arribes del Duero —cañones fluviales espectaculares— o el lago glaciar de Sanabria. Aquí aguardan rutas senderistas, deportes acuáticos o simplemente desconexión absoluta entre bosques y pueblos detenidos en otro tiempo.
En lo gastronómico destacan platos contundentes como el bacalao a la tranca, las carnes a la brasa o embutidos artesanos. No hay que irse sin probar los vinos D.O. Toro o quesos zamoranos acompañando cualquier comida.
Consejos prácticos
- Reserva alojamiento con antelación si viajas en Semana Santa.
- Elige calzado cómodo: muchas calles son empedradas.
- Si te interesa conocer leyendas urbanas, apúntate a algún free tour nocturno.
- Aprovecha para visitar alguna bodega cercana si eres amante del vino.
La autenticidad define cada rincón de esta ciudad castellana que no busca impresionar sino convencer poco a poco. Por eso quienes viajan hasta aquí suelen repetir. Y siempre encuentran algo nuevo que contar.
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