He tenido el privilegio de visitar Egipto en repetidas ocasiones, unas veces como viajero en busca de asombro y otras como cronista ávido de historias. Y, sin embargo, cada regreso a la Tierra de los Faraones despierta en mí una emoción antigua e inexplicable, como si el desierto me recibiera por primera vez, con el mismo hechizo intacto.
En esta ocasión, la protagonista es la Gran Esfinge de Giza: guardiana milenaria de la meseta, que parece recibir al viajero con un silencioso saludo y clavar en él, apenas cruzado el dorado umbral del desierto, una mirada que desafía al tiempo.
El rostro que contempla la eternidad
La arena se me metía en los zapatos mientras caminaba hacia ella. Cada paso era más difícil, como si la Esfinge quisiera que el acercamiento fuera un ritual, una prueba de determinación. Y allí estaba: 73 metros de largo, 20 de altura, un edificio de seis pisos tallado en un solo bloque de piedra caliza. La Gran Esfinge me observaba con esa serenidad desconcertante que ha cautivado a emperadores romanos, sultanes mamelucos, turistas con selfies y a mí, un simple mortal del siglo XXI que buscaba respuestas entre sus grietas.
El rostro que perdió su nariz (y Napoleón no tuvo nada que ver)
¿Porqué la Esfinge tiene la naríz rota?. La leyenda popular culpa a los cañones de Napoleón, pero los dibujos de 1738 del danés Frederic Louis Norden ya la mostraban rota décadas antes de que el emperador francés naciera.
Un guía local, con esa sabiduría que solo dan los años bajo el sol egipcio, me contó la versión más aceptada: en el siglo XIV, un líder sufí llamado Muhammad Sa’im al-Dahr, horrorizado al ver a personas venerando la estatua como si fuera un ídolo, la desfiguró por ira religiosa. El arqueólogo Mark Lehner, tras estudios detallados, concluyó que la nariz fue intencionalmente destruida con instrumentos entre los siglos III y X d.C.

La Gran Esfinge de Giza. Foto: Paul Monzón
Colores que ya no existen
Me costó imaginarlo: la Esfinge que yo veía, con su piedra caliza amarillenta erosionada por milenios de viento y arena, alguna vez fue un espectáculo de colores vívidos. Los arqueólogos han encontrado restos de pigmentos: la cara y el cuerpo estaban pintados de rojo intenso, la barba ceremonial de azul, y el tocado real nemes combinaba negro y amarillo. Como una figura de anime esculpida en piedra, me dijo un egiptólogo con quien conversé en El Cairo.
La cámara que nunca existió (o quizás sí)
Desde el suelo, la silueta de la Esfinge revela un detalle que alimenta la imaginación: en la parte superior de la cabeza, una abertura circular aparece tapada con lo que parece una tapa de alcantarilla metálica. El acceso está prohibido, pero las fotografías y los registros arqueológicos muestran que Émile Baraize selló esa cavidad en 1926. El agujero —profundo como la espalda de un hombre— ha alimentado especulaciones durante décadas.

El equipo de Periodista Digital con el fondo de la Gran Esfinge
Los arqueólogos creen que servía para fijar una corona o algún tipo de decoración ceremonial. Pero las teorías más oscuras hablan de la «Sala de los Registros», un supuesto archivo secreto bajo la Esfinge donde los antiguos egipcios habrían escondido conocimientos de la Atlántida. Los egiptólogos serios, como Zahi Hawass, califican esto de «ciencia ficción» y «totalmente infundada».
Sin embargo, sí hay túneles. Uno detrás de la cabeza (el «agujero de Perring», excavado en 1837), otro en la parte trasera, y cavidades detectadas bajo las patas que aún no han sido exploradas completamente. ¿Qué hay dentro? La Esfinge guarda silencio.
La desproporción que desconcierta
Me alejé para tomar una fotografía panorámica. Desde la distancia, algo resultaba evidente: la cabeza parecía demasiado pequeña para el cuerpo. Algunos investigadores sugieren que la cabeza actual no es la original: quizás la Esfinge fue tallada primero como un león completo, y siglos después modificaron la cabeza para representar a un faraón.
La teoría más aceptada identifica el rostro como el del faraón Kefrén, constructor de la segunda pirámide de Giza, quien gobernó alrededor del año 2500 a.C. Pero aquí viene el verdadero misterio: ningún texto egipcio de la época menciona su construcción. No hay inscripciones en la Esfinge que revelen quién la hizo, cuándo, por qué o para qué.

Panorámica de la cara posterior de la Esfinge Foto: Paul Monzón
El amanecer del equinoccio
En la penumbra del desierto, la Esfinge se alinea perfectamente con el punto exacto donde el sol emerge en la mañana del equinoccio de primavera.
En 4.500 años, ha contemplado más de un millón de amaneceres. Algunos teóricos, como Graham Hancock y Robert Bauval, proponen que la Esfinge, junto con las pirámides, forma un mapa astronómico relacionado con la constelación de Orión. Otros sugieren que podría ser mucho más antigua: hasta 10.500 o 12.000 años, remontándose a la Edad de Hielo. La datación tradicional, basada en evidencias arqueológicas, la sitúa en la IV Dinastía (2600-2487 a.C.), pero el debate continúa.
La leyenda del príncipe soñador
Un jeroglífico entre las patas de la Esfinge cuenta una historia fascinante. El príncipe Tutmosis IV, durante una cacería en la meseta de Giza, se durmió bajo el calor del mediodía. En su sueño, la Esfinge le habló: «Soy tu padre, el dios sol Ra. Si me liberas de la arena que me cubre, te convertirás en faraón».
Tutmosis ordenó excavar la arena (entonces solo las patas traseras eran visibles) y, efectivamente, llegó al trono. La «Estela del Sueño», erigida por Tutmosis IV, narra este episodio, aunque curiosamente no menciona el nombre del constructor original de la Esfinge.

Boceto de la Gran Esfinge realizado en 1737 y publicado en 1755 por Frederic Louis Norden.. Wikipedia
El guardián sin nombre
Mientras el sol del mediodía quemaba el desierto, comprendí que la Esfinge no es solo una estatua. Es una declaración de poder, un guardián de la necrópolis, un símbolo de la fusión entre la fuerza del león y la inteligencia humana. Pero sobre todo, es un recordatorio de que hay preguntas que la humanidad aún no puede responder.
¿Quién la construyó realmente? ¿Por qué no dejó inscripciones? ¿Qué secretos ocultan los túneles bajo sus patas? ¿Fue testigo de una civilización mucho más antigua que la que conocemos?
La Esfinge lo sabe. Pero como me dijo el guía mientras nos alejábamos bajo el sol implacable:
«Abu El-Hol, el Padre del Terror, como la llaman los egipcios, no revela sus secretos a cualquiera».
Y allí se quedó, inmóvil, observando el desierto que ha visto nacer y morir imperios, esperando al siguiente soñador que se acerque con la esperanza de descifrar su enigma.
Nuestro agradecimiento al Grupo Dunas Travel por su valioso apoyo, que ha hecho posible la realización de este reportaje.

Napoleón Bonaparte contemplando la Gran Esfinge Óleo de Jean-Léon Gérôme (1867-1868). Foto: Wikipedia

