¿Un musulmán europeo civilizado?

Tariq Ramdán es un ídolo para buena parte de esos millones de jóvenes musulmanes, que andan desparramados por Europa y se han convertido carne de cañón para Al Qaeda y en el objetivo sociológico de los incendiarios clérigos islámicos que odian a los infieles. ¿Es sólo un intelectual iluminado que busca la vía de un Islam moderado, adaptado a Occidente? ¿El digno heredero de, su abuelo, Hassan al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes? ¿Un profeta del terrorismo con verbo suave y maneras educadas?

¿Quien es realmente Tariq Ramadan? El hombre no quiere definirse de otra manera que como “un musulmán europeo”, parecido a esos jóvenes de la segunda o tercera generación a quien se dirige.

En uno de sus libros, explica cómo su padre impuso a cada uno de sus seis hijos un “símbolo”.

El más joven -él- recibió el nombre de Tariq Ibn Ziyad, el jefe musulmán que conquistó España en el siglo VIII y dio su nombre a Gibraltar (ÿabal at-Tariq). Exlica, tratando de convencer, que en la memoria familiar el nombre de Tariq no tiene este acento bélico, sino que significa simplemente el luto por el regreso, por la implantación definitiva en el corazón de Europa.

Ramadán es un hijo del exilio, como lo eran en parte los alucinados jóvenes que pusieron las bombas en el Metro de Londres el 7-J o los criminales que provocaron la masacre de Madrid el 11-M. Como subraya en el diario Le Monde el periodista Xavier Ternisien, «su gran ventaja es que es también el heredero de un linaje ilustre«: su abuelo fundó los Hermanos Musulmanes y su padre, Saïd Ramadan, era el discípulo preferido del maestro, hasta tal punto que fue forzado por Nasser a dejar Egipto y exilarse en Suiza.

¿Tariq Ramadán es un “musulmán europeo”, un intelectual iluminado que busca definir un modelo musulmán original, adaptado a Occidente? o ¿es el continuador de su abuelo del que aún cita su frase:

“Dios es nuestro objetivo, el Profeta nuestro modelo, el Corán nuestra ley, la guerra santa nuestro camino y el martirio nuestro anhelo”?

En sus conferencias, Ramadan no deja de alabar ante los jóvenes musulmanes las “adquisiciones” de la laicidad: permite la escolarización, la facultad de practicar su religión, la representación política y la posibilidad de hacer valer sus derechos. Pero simultáneamente anhela que se tome en cuenta un “derecho de identidad”.
Lucha por lo que él llama “integración positiva de las intimidades”, es decir una “tercera vía” entre el modelo francés y el comunitarismo inglés. El islam comprendido así respetaría los principios de la laicidad , mediante “algunos ajustes pero sin ninguna revolución”
Explica que la distinción entre lo sagrado y lo profano, el proceso de secularización y el “desencanto del mundo” son el producto de una historia propia del Occidente. Por lo que no pertenecen al Islam.

Según él la separación de las esferas política y religiosa es sobre todo el resultado de un combate victorioso llevado a cabo por la razón contra una Iglesia católica “oscurantista”:

“El humanismo es ante todo, en el siglo XV, la expresión de una revuelta: la opresión fue tan sofocante durante siglos que, desde entonces, se hace evidente para gran número de pensadores, que el hombre sólo puede ser hombre fuera de la Iglesia”.

Para Tariq Ramadan, el Islam es más que una religión: es “una englobación” que incluye todos los aspectos de la vida social.

Llevando este razonamiento al límite, el autor concluiría que la laicidad no se aplica al Islam. Aunque no llega hasta tal punto y en alguno de sus textos aflora la contradicción; explica por ejemplo a propósito de la enseñanza:

“Los cursos de biología pueden contener enseñanzas que pueden no estar de acuerdo con los principios del islam. Pasa lo mismo en cursos de historia o filosofía, no se trata de querer estar dispensados, sino más bien conviene ofrecer a los jóvenes paralelamente cursos de formación que les permitan conocer cuáles son las respuestas del islam a las problemáticas abordadas en los diferentes cursos”.

Si realmente el Islam no se opone a la autonomía de la razón ¿por qué preconizar una enseñanza “islámica” de la biología, la historia y la filosofía?

En lo concerniente a uso del pañuelo islámico, Tariq Ramadan considera que es “una obligación”. Pero enseguida añade:

“el velo nunca puede ni debe ser un objeto de coerción”.

De hecho el orador no cesa de moderar el entusiasmo de los musulmanes más recelosos, pidiéndoles que hablen la lengua del “corazón” que no se erijan en jueces y den “una imagen más positiva de su religión”.

La definición de una identidad musulmana europea pasa, según Tariq Ramadan, por una virulenta crítica del “modernismo” y del “occidentalismo”:

“Dios, la moral, el deber y el pudor han desertado del vocabulario y de lo cotidiano. Es el momento de la libertad y de los placeres, […]. Lejos de preocupaciones éticas y morales, el mundo se disloca”. El Islam puede ofrecer la “carga de espiritualidad” que le hace falta a este mundo occidental en perdición: “el despertar del islam puede aportar una contribución hasta ahora insospechada a un verdadero renacimiento de la espiritualidad de la mujeres y de los hombres de nuestro mundo”.

En su abuelo Hassan al-Banna encontramos el mismo tipo de reflexión sobre la “precariedad de Occidente”, explicado de forma más directa:

“Vendrá seguramente, muy pronto el día en que se hundirán en el espíritu de los Occidentales las fortalezas de su civilización materialista. Este día experimentarán un hambre espiritual persistente que atormentará su corazón y su alma”. Para al-Banna, occidente debe más bien “pasar a manos orientales”.

En la tesis universitaria que en 1997 dedicó a la corriente reformista musulmana, Tariq Ramadan llega a la misma conclusión que su fanático abuelo: “todo nos conduce a la misma conclusión: el porvenir está en el Islam”.
CONVERSION Y ASCENSO
Diciembre de 1993, en el Congreso Anual de la Unión de las Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF). Un orador desconocido sube a la tribuna, se dirige a los jóvenes musulmanes de la asistencia que, en su mayor parte han nacido en Francia.

Les habla de laicidad, de su relación con la República. Y se produce el “choc”. El orador en cuestión recuerda:

“Estos jóvenes tenían la sensación de vivir una fase de mutación. Y súbitamente, escuchan un discurso que confirma sus presentimientos. Es decir, no una aproximación bilateral con el Islam de un lado y la laicidad del otro, sino más bien un punto de vista que combina ambos”.

Tariq Ramadan tiene treinta y un años cuando irrumpe de esta forma en la escena musulmana de Francia. Sabemos de él que es profesor de filosofía y de literatura francesa en el Liceo de Genève.

Su trayecto se puede resumir en tres palabras: pedagogía, tercer mundo e Islam. Enseña desde los dieciocho años y es un profesor muy apreciado por sus alumnos.

En los años ochenta impulsa una asociación de ayuda al tercer mundo, “Coopération coup de main”. Recorre África, América del Sur y la India, frecuentando las comunidades de base, encontrándose con Don Helder Camara y la Madre Teresa.

En 1991, se va de Suiza con su mujer e hijos para pasar un año y medio en Egipto, donde sigue un curso intensivo de Ciencias Islámicas. Su compromiso como militante musulmán comienza realmente a su vuelta a Suiza, a finales de 1992.

Pronto se hace destacar. Tariq Ramadan publica su primera obra en 1994 en la editorial Tawhid, en Lyon: “Les musulmans dans la laïcité”.
El mismo año escribe un artículo para Le Monde (13 de octubre), en el que pugna por las “adaptaciones” del cuadro laico a la religión musulmana.

Participa, el 12 de octubre, en la emisión “La marche du siècle”, “irrumpe con fuerza en la pantalla” por su buena presencia, su calma, su facilidad de elocución.

Un año más tarde, en noviembre de 1995, el ministro del interior Jean-Louis Debré le prohibe entrar en el territorio francés, en plena psicosis de atentados “islámicos”.

Afluyen, entonces, las protestas: personalidades religiosas comprometidas en el diálogo con Islam como los Padres Michel Lelong y Christian Delorme, intervienen a su favor. Es su consagración; Tariq Ramadan será, en adelante, una figura mediática.

Hoy en día toda librería islámica digna de llamarse así tiene a la vista del público las cintas de audio de sus conferencias así como la colección completa de sus libros. Los musulmanes ‘velados’ se animan en cuanto oyen su nombre:

“Es un hermano para nosotros, sus propósitos son un verdadero consuelo”.

El profesor de Ginebra se ha convertido en la principal referencia del “joven musulmán” corriente. En Francia cada mes publica una editorial en Présence musulmane, el boletín de comunicación de un colectivo de asociaciones, “Mon frère, ma soeur…”.

Tariq Ramadan sabe encontrar el camino del corazón: con palabras simples, una voz dulce y pausada habla la lengua de la intimidad, a la manera de un gran hermano que prodiga sus consejos y cura las heridas del alma.

El joven orador continúa enseñando la filosofía en Genève e islamología en la universidad de Fribourg. Pero cada fin de semana toma el avión o el tren, surcando Europa para dar conferencias, participar en coloquios ante salas atiborradas de público.

Impulsa con otros un seminario de formación en Islam en doce ciudades de Francia. Sus actividades sobrepasan desde ahora el cuadro de asociaciones islámicas. Durante tres años participa activamente en la comisión “islam et laïcité” creada por la Liga francesa de la enseñanza, hasta que este organismo pone fin a la experiencia.

La razón de esta vergonzosa decisión, según algunos, fue que varios de los responsables de la Liga consideraron “peligroso” el enfoque de Tariq Ramadan.

Pues pasados los primeros entusiasmos, el “discurso ramadien” debe hacer frente hoy en día al ataque de un colectivo: los musulmanes liberados denuncian la “sutileza” de su pensamiento y lo acusan de tener “un doble discurso”.

La crítica más argumentada viene de los islamólogos y los sociólogos europeos, expertos en Islam. Para Rémy Leveau, Tariq Ramadan es un “neofundamentalista moderno”; para Olivier Roy, es un “comunitarista”; Franck Frégosi ve en su discurso “los nuevos ropajes de una vieja retórica”; Leila Babès lo acusa de “introducir en la religiosidad de los musulmanes un discurso normativo construido y elaborado a posteriori”) y Caroline Fourest, autora del libro «Hermano Tariq» afirma de él que es «un jefe de guerra«.

Incluso el Padre Delorme, que fue unos de sus primeros apoyos, se distancia:

“Me pregunto si el discurso de Tariq Ramadan, que constantemente desprecia la cultura occidental, va en el sentido de una real integración de los jóvenes”.

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