¿Estamos ganando la Guerra contra el Terror?

¿Estamos ganando la Guerra contra el Terror?

Las amenazas nucleares de Irán, los crímenes suicida en serie de al-Qaeda y las grotescas decapitaciones públicas son solamente los medios por los que los islamistas pretenden imponer su cultura bárbara sobre Occidente. Los islamistas y sus aliados occidentales han emprendido una guerra más acalorada — y principalmente cultural — contra Israel y las democracias.

No estamos ganando esta guerra cultural. Afirma Phyllis Chesler, co-fundadora de la Association for Women in Psychology, que apenas hemos comenzado a contraatacar. Nuestro relato de la verdad — la propia verdad incluso — no se sostiene en pie frente a la propaganda de base y las Grandes Mentiras que han acaparado cada vez más espacio en nuestras universidades más prestigiosas y en nuestros medios.

Una vez estuve cautiva en Kabul, Afganistán, y comprendo completamente los peligros que afrontamos si el islam radical prevalece. Mi cautiverio dio forma al tipo de intelectual y feminista que soy: una que es patriota americana, no relativista cultural; una que cree en un estándar único de derechos humanos para todo el mundo; una que no tiene miedo de llamar al barbarismo por su nombre; y una que no culpa a América o a Israel del barbarismo indígena del mundo islámico, que incluye el apartheid religioso islámico y el de género.

La palestinización de la academia y los medios occidentales comenzó al principio a finales de los años 60 o comienzos de los 70. Inicialmente, las opiniones radicalmente novedosas acerca de las desigualdades raciales y de género se vieron cada vez más influenciadas por las opiniones marxistas contra el capitalismo, el colonialismo, el imperialismo y la religión organizada, y gradualmente llegaron a constituir lo que se conoce ahora como la academia postmoderna o «postcolonial». La raza reemplazó como preocupación principal tanto a las clases como al género. A lo largo del tiempo, hasta las feministas se obsesionaron más con «la ocupación» de Palestina que con la ocupación en todo el mundo de los cuerpos de las mujeres. Hacia finales de los años 90, los palestinos, no los tibetanos, los kurdos, los bosnios o los ruandeses, pasaron a ser vistos como las víctimas simbólicas del mundo por parte de esos académicos que se consideraban a sí mismos como anti racistas, anti violencia o anti misóginos.

Las opiniones tan fuertemente influenciadas por la propaganda (organizada por la Rusia soviética, la Liga Árabe y la Autoridad Palestina), eran difundidas sistemáticamente por todo el mundo y diseminadas tanto por parte de Naciones Unidas como por una red bien financiada de organizaciones académicas y de derechos humanos «pacifistas» en aulas y conferencias.

En un mundo orwelliano de doble lenguaje y pensamiento sectario, los palestinos se convirtieron en los nuevos surafricanos negros, e Israel se convirtió en el nuevo régimen Afrikaner de apartheid blanco. Los académicos occidentales políticamente correctos y los activistas fantasearon románticamente con los palestinos, terroristas incluidos, cuyos métodos veían como respuesta justificada a la opresión.

Psicológicamente, los palestinos pasaron a ocupar el vacío dejado por los Black Panthers o Weather Underground en la imaginación del académico revolucionario de sillón. A pesar de toda su retórica pro-paz, los verdaderos héroes de la academia occidental no fueron realmente Nelson Mandela o Mahatma Gandhi, sino el Ché Guevara o Fidel Castro.

Paradójicamente, trágicamente, estos mismos académicos occidentales sólo veían como peligrosas entidades «terroristas» a dos naciones: América e Israel. Las atrocidades cometidas por China, la Rusia soviética, Cuba, Corea o Irán nunca les provocaron repuesta visceralmente del mismo modo ni de cerca.

Los académicos occidentales «políticamente correctos» no vieron a sus héroes-víctima palestinos como asesinos en serie. Los terroristas palestinos y árabes que habían estado secuestrando aviones, masacrando a atletas israelíes, volando civiles por los aires, especialmente en Israel, e incendiando sinagogas y centros judíos por todo el mundo no eran vistos como Nazis; sus víctimas judías e israelíes sí.

El hecho de que los terroristas jihadistas también se opusieran a la modernidad, la democracia y los derechos humanos no parecía importar a los autoproclamados árbitros de los derechos humanos en Occidente.

De ese modo, los académicos americanos llegaron a compartir las opiniones tanto de intelectuales europeos como de los islamistas. Todos esperaban que Israel y América pagasen los crímenes racistas coloniales pasados de Europa; de los islamistas se esperaba que continuasen la guerra de Europa contra los judíos convirtiendo Israel en un estado paria — [convirtiéndolo] en el judío del mundo.

El hecho de que la cultura islámica sea mucho más patriarcal de lejos que la cultura occidental judeocristiana no pareció causar impresión de modo significativo. De hecho, las académicas feministas pasaron sobre ello de puntillas. Para un occidental, acusar a alguien no blanco y no occidental de barbarismo (especialmente si es cierto) era visto como inaceptablemente «racista». Que tales académicas occidentales estuvieran dispuestas a sacrificar a hombres y mujeres no blancos y no occidentales a regímenes salvajes no le pareció a nadie racista o sexista.

Tales opiniones «políticamente correctas» sólo adquirieron impulso con el arranque de la intifada del 2000. Pocos periodistas occidentales se abstuvieron con horror mientras reproducían una y otra vez el video en el que hombres enmascarados decapitaban desagradablemente a Daniel Pearl, el periodista judeoamericano, o mientras reproducían una y otra vez la grabación en la que un tumulto palestino linchaba jubilosamente a dos reservistas israelíes en Ramala en el 2000. Nadie se paró a reconsiderar ni un sólo doble rasero mientras los civiles israelíes volaban por los aires una y otra vez en autobuses, y en pizzerías, hoteles y discotecas. La ideología «políticamente correcta» occidental, y de la era soviética, y de la Liga Árabe, mantuvo a raya toda emoción humana.

Lo que es más importante, tales opiniones «políticamente correctas» no se debilitaron post 11 de Septiembre, post 11 de Marzo (Madrid) o 7 de Julio (Londres). Al contrario. Muchos académicos y progresistas continuaron rugiendo contra el Presidente Bush y la política americana. También afirmaron que la Mossad y la CIA se encontraban detrás del 11 de Septiembre — a los que también continuaron culpando de los excesos de los Talibanes y el ascenso al poder de los mulás en Irán. Los académicos reservaron su ira para lo que veían como la tortura militar americana de árabes musulmanes en Guantánamo y la persecución «racista» post 11 de Septiembre de los árabes y los musulmanes en América, en aeropuertos y en los campus.

El escándalo de los abusos por parte del ejército americano a los presos iraquíes de Abú Ghraib, conducido por los medios, importaba más en tales círculos que la tortura y el asesinato mucho más brutales de los iraquíes por parte del régimen de Saddam Hussein en esa misma prisión — por no mencionar sus prácticas genocidas contra los kurdos. De hecho, Saddam era visto por parte de las feministas occidentales como un dictador de base secular pro-mujer cuya posterior caída hacía peligrar más a las mujeres. El hecho de que la violación rutinaria y arbitraria de las mujeres por parte de miembros del partido baazista de Saddam fuera epidémica, y la tortura, decapitación y exhibición pública de las cabezas de las prostitutas, hechos ambos que caracterizaban a su régimen, continuó siendo desconocido de alguna manera entre las feministas occidentales.

Es importante destacar que tales opiniones «políticamente correctas» existen en todas las disciplinas dentro de las humanidades y las ciencias sociales, y ya no están confinadas simplemente a los Estudios Judíos o los de Oriente Medio. Una no puede tener una conversación académica acerca de ninguna materia sin «heil Hitler-ar» (mostrar la alianza de una con la sagrada causa de Palestina). Sólo exagero ligeramente.

Los llamamientos a boicots y desinversiones en Israel y las acciones y manifestaciones furiosamente antiamericanas en la práctica se han incrementado post 11 de Septiembre. Universidades distinguidas, incluyendo Duke, Georgetown o el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, donde Albert Einstein y otros 21 ganadores del Nobel fueron residentes una vez, todos han apoyado a académicos que, post 11 de Septiembre, continúan pidiendo boicots a Israel y que argumentan «racismo» cuando tales boicots son desafiados. También critican incesantemente la Patriot Act, y se centran sobre todo en la presunta persecución de los varones árabes y musulmanes en América y sus esfuerzos militares en Afganistán e Irak.

Individuos del claustro de estas universidades han invitado a revisionistas del Holocausto tales como Norman Finkelstein, anti-sionistas tales como Ilán Pappé, y a la Conferencia de Solidaridad con Palestina, de afiliación terroristas, a predicar su discurso de odio bajo el aspecto de «libertad académica». Cada vez más, nuestro sistema educativo se enorgullece de permanecer tolerante hacia las opiniones intolerantes. Este es nuestro talón de Aquiles — igual que la inmigración musulmana sin límites a Europa ha convertido a Europa en Eurabia.

Sólo estoy hablando de la propaganda entre los académicos occidentales, no acerca de la propaganda y las mentiras vitalicias que han llevado a los tumultos callejeros musulmanes o a la propaganda islámica de intención letal contra los judíos, Israel y América.

Como psicóloga, he concluido así que la academia occidental funciona actualmente igual que una secta. A los denominados intelectuales se les ha lavado el cerebro; a su vez, ellos ven sus empleos de enseñanza como el modo de adoctrinar, más que enseñar, a las futuras generaciones. Nuestras universidades no funcionan como instituciones en las que las ideas diversas e independientes sean bien recibidas o florezcan.

La gente a la que se le ha lavado el cerebro normalmente no es susceptible a hechos o múltiples interpretaciones de esos hechos que compitan entre sí. Esos académicos que no quieren oír hablar de porqué el antiamericanismo está equivocado están engañados y son autodestructivos — no asisten a conferencias que puedan dejar las cosas claras. Aquellos que no quieren oír hablar de que el anti-sionismo es el nuevo antisemitismo, y que el anti-sionismo es hoy una forma de racismo, simplemente no asisten a conferencias ni leen artículos que expresen tales opiniones. Cuando sí asisten a tales conferencias, a menudo llegan en grupo y con el fin de objetar y atacar. El debate no es civilizado y a menudo se caracteriza por interrupciones, acusaciones, maldiciones, intimidación, amenazas y plantones. En ocasiones, el conferenciante es completamente silenciado, públicamente avergonzado, o forzado a abandonar la premisa por su propia seguridad.

Teniendo en cuenta que esto es así, animo firmemente a aquellos con fortunas familiares a empezar a donar a instituciones conservadoras, de modo que algún día podamos ofrecer licenciaturas acreditadas a los estudiantes. También animo firmemente a todo el mundo a financiar un esfuerzo colectivo por combatir la propaganda de odio tanto contra América como contra Israel.

Además, un modo de desactivar esta desagradable situación y de desviar lo que supone un gasto de energía tóxica contra Israel y contra América a energías productivas en los campus es el siguiente: sugiero que desarrollemos una serie de programas tanto para estudiantes universitarios americanos como para europeos acerca del apartheid religioso islámico y de género. Y que difundamos continuamente tales programas vía satélite a Asia Central y Oriente Medio.

Recientemente presté testimonio en el Senado en una sesión que fue retransmitida en directo vía satélite a Oriente Medio y Asia Central y traducida al árabe, kurdo y persa. Creo que este es un modelo útil.

En la guerra de civilizaciones que se nos viene encima: atrévase a argumentar a favor de la intervención militar, así como de la humanitaria y educacional, y será difamado como «racista», incluso cuando esté argumentando en favor de las vidas y la dignidad de gente de piel marrón, negra o mediterránea. Tal relativismo cultural es quizá el mayor fracaso del estamento académico occidental y de los medios.

Si nosotros, como americanos, queremos continuar la lucha en favor de la libertad global de la mujer y de la humanidad, ya no podemos permitirnos permanecer inactivos, acobardados por opiniones europeas e izquierdistas desfasadas de racismo de la era colonial que pretenden imponer y acallar inquietudes acerca del género, la religión y la cultura.

Tanto las minorías religiosas como las mujeres en países no occidentales y musulmanes, y cada vez más en la islamizada Europa, están en peligro como nunca antes. En mi nuevo libro, La muerte del feminismo. Qué va ahora en la lucha en favor de la libertad de la mujer, argumento que América tiene que empezar a considerar tanto el apartheid de género como el religioso como factor de nuestras políticas exteriores en evolución.

Tenemos que derrotar a la jihad absolutamente. Tenemos que prevenir la capacidad nuclear de Irán. Tenemos que combatir la propaganda de odio contra América e Israel y las mujeres que caracteriza a tanto del mundo árabe y musulmán hoy. Este es un proceso cultural y educacional muy largo. Y, tenemos que ligar todo tratado de paz y comercio con un país musulmán al estatus de la mujer en ese país.

Los líderes americanos y occidentales no pueden dar sus espaldas a los disidentes musulmanes y a las personas del mundo árabe musulmán, como tampoco a los judíos en peligro en Israel y a los cristianos en países musulmanes. Nuestra visión americana de la libertad y la igualdad de la mujer y de toda la humanidad tiene también que convertirse en parte de la política exterior americana. Esta es la prioridad americana y feminista del siglo XXI.

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