Mentiras académicas sobre matar apóstatas

El caso Abdul Rahmán en Afganistán ha originado una plétora de artículos en la prensa occidental asegurando a los occidentales que los musulmanes no matan realmente, o no quieren matar, a los apóstatas. Mientras que esto puede ser tranquilizador para los no musulmanes, muchos de ellos han sido directamente engañados acerca del estatus real de la pena capital por apostasía en el mundo islámico.

EScribe Robert Spencer, director de Jihad Watch, que uno de los más egregios [artículos] de éstos apareció la semana pasada de M. Cherif Bassiouni, un profesor de derecho de la Universidad DePaul y presidente del instituto legal internacional de derechos humanos.

Ha ocupado distintas instancias en la ONU, incluyendo como presidente de la Comisión de Investigación de Crímenes de Guerra en la Antigua Yugoslavia de la ONU; vicepresidente del Comité Ad Hoc de la Asamblea General para el Establecimiento de un Tribunal Criminal Internacional; y como experto independiente sobre la situación de derechos humanos en Afganistán.

Pero todas estas credenciales no presuponen exactitud. En «Abandonar el islam no es una ofensa capital», en el Chicago Tribune, Bassiouni suministra una serie de verdades a medias y distorsiones acerca de la apostasía en el islam que son — en el mejor de los casos — engañosas. Comienza afirmando que:

«La conversión de un musulmán al cristianismo no es un crimen castigable con la muerte bajo la ley islámica, contrariamente a las afirmaciones del caso de Abdul Rahmán en Afganistán.»

Esta es una caracterización tajante que va mucho más allá de la mayor parte de las declaraciones hechas por moderados islámicos durante la última semana o así.

Mientras que otros han afirmado que la apostasía no debería ser un crimen de pena capital en la ley islámica, al menos han reconocido que muchas autoridades islámicas creen que debe serlo.

Bassiouni, por otra parte, afirma vagamente — en desafío a la enseñanza clara de toda escuela de jurisprudencia islámica — que la apostasía no es un crimen de pena capital bajo la ley islámica.

Es difícil tomarse en serio siquiera un análisis que comienza con una falsedad tan obvia. Empeora cuando Bassiouni continúa:

«Mientras que existe una doctrina establecida hace mucho tiempo de que la apostasía es punible con la muerte, también eso ha sido cuestionado desde hace mucho por académicos islámicos criminalistas, incluyendo a este autor».

Ahora ya estamos enredados en una contradicción. Me satisface que los académicos islámicos criminalistas cuestionen esta doctrina. Pero eso no significa que la doctrina no exista, como afirma Bassiouni en su primera oración.

Bassiouni invoca entonces las leyes ostensiblemente liberales de Argelia, Egipto, Indonesia, Irak, Jordania, en Líbano, Malasia, Marruecos, Siria, Túnez o Turquía como pruebas de su argumentación de que la ley islámica no prescribe la pena capital para los apóstatas.

Pero en ninguno de estos estados la shari’a es la base única de la ley. Ciertamente es más o menos una influencia en todos ellos, pero puesto que todos tienen otras fuentes de legislación, ninguno de ellos puede invocarse diciéndonos algo acerca de la ley islámica.

Bassiouni sabe perfectamente bien que existen escuelas de jurisprudencia islámica de las que debería hablar si quiere contar algo acerca de la ley islámica. ¿Por qué no las menciona? ¿Quizá porque sabe que van a contradecir lo que él afirma?

Asimismo, no hace mención al hecho de que a causa de la influencia de la sharia, en todos esos estados los apóstatas del islam viven en la cuerda floja. Por ejemplo, cuando el secularista egipcio Faraj Foda fue asesinado en 1992, el jeque Mohammed Al-Ghazali, al que algunos han alabado como «reformista», declaraba:

«El asesinato de Faraj Foda fue en realidad la implementación del castigo contra un apóstata que el imán (el estado) no ha implementado».

De modo que Al-Ghazali estaba afirmando que los particulares musulmanes tienen la responsabilidad de implementar la sharia cuando el estado no lo haga — y estaba afirmando esto en referencia específica al asesinato de un apóstata.

De igual manera, Paul Marshall observa: «Otros países, como Egipto, carecen de ley contra la apostasía, utilizando en su lugar leyes contra ‘insultar al islam’ o ‘crear luchas sectarias’.

En el 2003, las fuerzas de seguridad egipcias detuvieron a 22 conversos y personas que les habían ayudado. Algunos fueron torturados, y uno, Isam Abdul Fathr, murió bajo custodia.

El año pasado, Gaseer Mohamed Mahmoud fue azotado y le fueron arrancadas las uñas de los pies por la policía, y se le dijo que sería encarcelado hasta que abandonase el cristianismo”.

Bassiouni continúa:

«Los estados que la reconocen como crimen punible con la pena capital incluyen Irán, Nigeria, Pakistán, Arabia Saudí y Sudán. Sin embargo, no existen casos conocidos en los últimos tiempos en los que alguien acusado de apostasía en estos países haya sido ejecutado».

Sin embargo, Marshall afirma que «en los últimos diez años, Arabia Saudí ha ejecutado a gente por crímenes de apostasía, herejía, y blasfemia», y «en los años 90, la República Islámica de Irán utilizó escuadrones de la muerte contra conversos, incluyendo a importantes líderes protestantes, y la situación está empeorando bajo el presidente Mahmoud Ahmadinejad.

El régimen está involucrado actualmente en una campaña sistemática para rastrear y reconvertir o matar a aquellos que hayan cambiado su religión del islam».

Pero aún más importante quizá que la simple inexactitud de las declaraciones de Bassiouni en esto es el hecho de que si tales leyes se encuentran en los libros, es suficiente. Pueden ser reafirmadas en cualquier momento, incluso si son ignoradas durante largos periodos de tiempo.

Bassiouni apela entonces al Corán. Al hacerlo, termina reconociendo que él es una postura minoritaria entre los académicos islámicos.

«La principal categoría de crímenes en el islam se denomina hudud. A estos crímenes se alude en el Corán, y por tanto precisan procesamiento. Son: adulterio, robo, trasgresión (agresión física), robo, difamación, y consumo de alcohol. La apostasía es incluida en esta lista por la mayor parte de los académicos, pero no por unos cuantos otros». Afirma que «abandonar el islam, que se traduce como apostasía, no habría sido considerado crimen, excepto porque el profeta Mahoma (alabado sea) aplicó la pena capital en el siglo VII a un musulmán que abandonó el islam. Las historias de la sunnah, la tradición establecida por el profeta y considerada obligatoria sobre todos los musulmanes, observa un hecho significativo sobre ese caso — esa persona no solamente había cambiado de credo, sino que decidió unirse a los enemigos del islam en tiempo de guerra, siendo así un crimen de alta traición. Tal crimen existe en todos los sistemas legales, muchos con la pena capital».

Pero no es cierto que Mahoma ordenase la ejecución solamente de los apóstatas que se unieran a los enemigos del islam. Su sentencia baddala dinahu, faqtuhulu — si alguien cambia su religión, mátalo — no incluye excepción.

No dijo, «si alguien cambia su religión, mátalo solamente si se une a los enemigos del islam». Simplemente dijo, «si alguien cambia su religión, mátalo». Esta declaración es ampliamente atestiguada en el hadith, y es aceptada como auténtica por todos, a excepción de los académicos islámicos más inocentes.

Aparecen diversas formas en Bukhari, Ibn Majah, An-Nasai, Tayalisi, Malik, Tirmidhi, Abú Dawud y otras autoridades.

Mahoma tampoco hace ninguna excepción cuando enuncia el principio de este modo: «La sangre de un musulmán que confiese que nadie tiene derecho a ser adorado excepto Alá, y que yo soy Su Apóstol, no puede ser derramada excepto en tres casos: en Qisas por asesinato, una persona casada que comete infidelidad sexual ilegal, y una que abandone el islam (apóstata) y deje a los musulmanes» (Bukhari, vol. 9, bk. 83, no. 17).

Bassiouni afirma que el Corán prohíbe la pena capital por apostasía. Dice que «contiene un principio fundamental afirmado en términos inequívocos: ‘Que no haya compulsión en la religión’, Surat Al-Baqarah, verso 256. Ciertamente este principio básico no puede ser transgredido forzando a una persona bajo pena capital a convertirse al islam incluso después de que tal persona profese haber renunciado a él».

Muchos practicantes de la apología islámica han invocado recientemente este verso con el fin de establecer que el islam carece de pena capital por apostasía. Pero aún así, los defensores de tal castigo están bien al tanto de este verso, y tienen explicaciones para ello.

Por ejemplo, el principal clérigo de Pakistán, el muftí Munib ur Rehmán, sostiene que se aplica solamente a los no musulmanes que quieran convertirse en musulmanes, no a los musulmanes que quieran abandonar el islam. Si Bassiouni piensa que ésta es la interpretación errónea, necesita hacerle frente, no ignorarla simplemente. Después de todo, este verso aparece en los coranes de todos los defensores de la pena capital por apostasía, y no les ha disuadido.

Bassiouni continúa entonces para construir una defensa desde el Corán, tras lo cual dice: «Que estos temas no fueran planteados en el juicio de Rahmán en Kabul o con el gobierno de Afganistán es sorprendente».

Solamente es sorprendente para la gente que desconoce, o para la que no quiere que otros conozcan, las profundas raíces que la pena capital por apostasía tiene en la tradición islámica. Pero el caso de Abdul Rahmán no es aislado: la libertad religiosa es rutinariamente acorralada en los países musulmanes.

Los musulmanes moderados como Bassiouni deberían dejar de barrer este hecho bajo la alfombra, y desarrollar en su lugar formas honestas de tratar con ello e intentar trabajar desde dentro del mundo islámico por inculcar el respeto a este derecho humano básico.

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