Justicia para un traidor

Sami al-Arián, el ex profesor de la Universidad del Sur de Florida, ha sido durante años un diestro manipulador, logrando apoyo firme y abierto en la izquierda americana. Pero su suerte se ha acabado completamente. Cuando se declaró culpable no hace mucho de «conspiración para realizar o recibir contribuciones de fondos para, o en beneficio de, la Jihad Islámica palestina, una organización designada específicamente terrorista«, la pena máxima estaba en cuatro años y nueve meses.

Escribe Robert Spencer que el pasado lunes, el Juez James Moody, según el St. Petersburg Times, «sorprendió a la sala cuando ignoró la recomendación del fiscal y la defensa de una sentencia menor», y endilgó la máxima a al-Arián.

Moody tampoco vaciló en decir a al-Arián lo que pensaba de él. Aludiendo a la alegación de al-Arián de que recaudaba fondos solamente para «caridad con huérfanos y viudas» de la Jihad Islámica palestina, el juez afirmaba: «Su única conexión con huérfanos y viudas es que usted las crea».

Cuando al-Arián intentó los viejos juegos de manipulación que le sirvieron tan bien durante tanto tiempo, hablando de su «fe en el verdadero significado de una sociedad democrática… y la integridad del sistema judicial», Moody no se tragó nada de eso. «Dr. al-Arián», dijo, «como es usual, usted habla elocuentemente.

Encuentro interesante que aquí en público y delante de todo el mundo usted elogie este país… pero eso es solamente prueba de cómo funciona usted… es usted un diestro manipulador».

Que lo es. Con su respeto bastante falso a la democracia y a los jurados, frente a aquellos en cuyos oídos aún resuenan sus llamamientos «Muerte a América» y «Muerte a Israel», y declaraciones tales como las documentadas por Steven Emerson en American Jihad: «Maldecimos a América. Maldecimos a Israel, maldecimos a sus aliados hasta la muerte. ¿Por qué nos detenemos?» ¿Tiene problemas solamente con la presente política americana, pero respeta verdaderamente los principios democráticos? No es probable.

Emerson también le cita diciendo:

Mahoma es nuestro líder. El Corán es nuestra Constitución. La jihad, nuestro camino. Muerte a Israel. ¡Revolución! ¡Revolución! ¡Hasta la victoria! Avanzando, avanzando hasta Jerusalén.

Muchos en la izquierda americana han estado demasiado dispuestos a ser manipulados. El 22 de agosto del 2002, Phil Donahue presentaba a al-Arián como un invitado de su programa de tertulia de corta vida, y se disculpaba por preguntarle acerca de sus declaraciones genocidas: «De modo que, una vez más, señor, y sé que probablemente se estará usted cansando de estas mismas preguntas – muerte Israel no significa que usted quiera matar a los judíos, ¿comprendo su postura?»

Al-Arián se mostraba deacuerdo y sugería que sus declaraciones eran comparables al «¡Dame libertad o dame la muerte!» de Patrick Henry. Donahue se lo tragó, afirmando: «La ley que dice inocente hasta que se demuestre lo contrario no parece existir para el profesor Sami al-Arián…Nada usted contracorriente, profesor, y esto tiene que ser bastante chocante para usted. Sé que su vida ha sido amenazada. Asumo que está usted bajo protección”.

Donahue no fue el único, como observé en un artículo de FrontPage de febrero del 2003. Cuando la Universidad del Sur de Florida despidió a al-Arián de su puesto como profesor asociado de ingeniería computacional, el Chronicle of Higher Education publicó una portada titulada «¿Culpar a la víctima?» y mostrando una foto de al-Arián. John Esposito, el practicante de la apología islámica, observaba, «la universidad llevó a cabo una exhaustiva revisión independiente hace bastantes años que no encontró fundamento en las acusaciones hechas en aquel momento», y se mostraba preocupado de que al-Arián fuera una víctima del «prejuicio antiárabe y anti musulmán».

Otros elogios a al-Arián aparecían en el New York Times, Salon, y demás – y al-Arián en persona cooperaba el 26 de agosto del 2002 con un artículo auto-exculpatorio en CounterPunch titulado «Luchar por el derecho a disentir y el proceso justo». En él, habla de estar «fascinado por el sistema de gobierno americano» como joven y se describe a sí mismo «bajo la amenaza de ser despedido por la controversia derivada del activismo en favor de la causa palestina». Cantando todas las notas apropiadas para la izquierda, escribe ominosamente que «mi caso es indicativo en bastantes sentidos del estatus de las libertades civiles en la América post-11 de Septiembre».

En este artículo parece hacer una renuncia inequívoca a los atentados suicida del terror: «Ni una sola vez en mi vida he defendido el asesinato de civiles inocentes. Aborrezco el terrorismo a todos los niveles, contra todo pueblo. Condeno toda la violencia contra civiles – sin importar la fe de los autores materiales – ya sea en pizzerías, estaciones de autobuses o campamentos de refugiados. No sólo es erróneo políticamente, sino que, lo que es más importante, lo es según argumentos religiosos, morales y éticos». Por supuesto, esta declaración es completamente vana al sostener al-Arián la opinión común entre los jihadistas de que en Israel no tiene civiles, por no decir inocentes. Pero es improbable que los lectores de CounterPunch supieran eso; aparentemente, estaban completamente satisfechos de ser manipulados.

El lunes, el Juez Moody no estaba de humor para tal manipulación. Dijo a al-Arián, «Usted continúa engañando a sus amigos y partidarios, afirmando aborrecer la violencia». Matizó las actividades criminales del ex profesor: «Sus hijos asisten a las mejores universidades que este país tiene que ofrecer», dijo a al-Arián, «mientras usted recauda dinero para volar por los aires a los hijos de otros». Observó que al-Arián utilizó los atentados suicida de Beit Lid, Israel, de enero de 1995 simplemente como «una oportunidad para solicitar más dinero con el fin de perpetrar más atentados», mientras «cualquiera con el menor atisbo de compasión humana estaría enfermo» a causa de estos ataques criminales.

Pero los partidarios de al-Arián siguieron en sus trece. «Las palabras del juez – que al-Arián apoya la violencia – contradicen la base misma de la presunción de inocencia y ecuanimidad, y plantean cuestiones acerca de la justicia fundamental», afirmaba David Cole, de la Universidad de Georgetown. Uno de los letrados de al-Arián, Linda Moreno, decía sucintamente, «no había mención a la violencia en la acusación, que el juez sí aprobó». Pero en realidad la acusación sí estipula que al-Arián recaudaba fondos para la Jihad Islámica palestina y «estaba al tanto de que la Jihad Islámica alcanza sus objetivos, entre otros medios, mediante actos de violencia”.

Al-Arián, así como Cole, Moreno, y los restantes partidarios de los jihadistas de Florida, deberían disculparse. El tiempo para tal engaño y negación se ha terminado. El hecho de que Moody impusiese la pena máxima a al-Arián es una indicación positiva de que quizá los americanos sinceros, a izquierda y derecha, no serán tan fácilmente engañados por los sucedáneos de Sami al-Arián, y serán más resueltos a la hora de resistir sus esfuerzos por estimular los objetivos de la jihad islámica mundial en suelo americano.

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