El silencio cómplice de los musulmanes

Hemos escuchado muchas veces que la gran mayoría de musulmanes en Occidente son ciudadanos decentes respetuosos con la ley que no se involucran en el terrorismo de la jihad. Eso es manifiestamente cierto: la mayor parte de los musulmanes en Occidente no se están involucrando en actividades terroristas. Muchos sin duda no tienen intención de hacerlo.

Escribe Robert Spencer que las recientes detenciones en Canadá han planteado dudas acerca de en qué medida los musulmanes de Canadá y de otros países occidentales que no se están involucrando en la planificación desaprueban realmente tal planificación – y cuántos permiten pasivamente que continúe frente a sus narices, bien por temor, o a causa de que la afinidad intelectual entre ellos y los planificadores es más próxima de lo que a la mayor parte de las autoridades occidentales les gusta creer.

En una reunión con el Servicio Canadiense de Seguridad e Inteligencia y la Real Policía Montada de Canadá justo después de los arrestos, un líder musulmán canadiense preguntaba a los funcionarios canadienses porqué no habían informado a los líderes musulmanes acerca del plan, de modo que los lideres hubieran podido pararlo.

Pero existen crecientes evidencias de que muchos musulmanes canadienses sí sabían – y aún así no hicieron nada por notificar los planes a las autoridades canadienses.

El Toronto Star informa de que otro sospechoso, Qayyum Abdul Jamal, predicaba activamente la ideología de la jihad en el Centro Islámico Ar-Rahmán de Educación Islámica en el sur de Ontario. En la práctica, sus «opiniones abiertamente wahabíes» habían «alarmado» a algunos de los directores del centro islámico.

Pero según el relato de los funcionarios de la mezquita, puesto que Jamal abría la mezquita a los visitantes diarios y valoraban sus servicios como cuidador, no hicieron nada por detener sus sermones. El Washington Post informa de manera cruda:

«Limpiaba las alfombras y sacaba la basura. Por esos servicios, los directores toleraban sus virulentos discursos que retrataban a los musulmanes como oprimidos por Occidente, según la gente familiar con la mezquita».

Ningún medio de comunicación parece haber preguntado a los funcionarios del Centro Islámico Ar-Rahmán porqué pensaron que sacar la basura era suficiente contrapeso a predicar el odio y la violencia. Dejando a un lado el hecho de que a Jamal se le haya permitido predicar libremente, el imán del Centro Qamrul Janson decía de los detenidos:

«Diré que eran personas aplicadas y religiosas. No hay duda sobre ello. Pero aquí predicamos la paz y la moderación».

Otro imán de Toronto más, Sayyid Ahmed Amiruddin, observaba que 3 de los conspiradores, Saad Jalid, Zakaria Amara y Fahim Ahmad, «entraban en la mezquita a rezar, y rezaban de modo muy agresivo, y llegaban de uniforme militar y con gorras militares y demás.

Me pareció que veían muchos vídeos online de la jihad chechena y demás». Amiruddin decía que estaban influenciados por el material jihadista procedente de Arabia Saudí, incluyendo Coranes con notas explicativas incendiarias:

«en la contraportada de estos Coranes que están siendo publicados en Arabia Saudí, básicamente hay ensayos acerca de la necesidad de la jihad ofensiva y la legitimidad de la jihad ofensiva y cosas así. Materiales muy alarmantes».

Según la CBC, «Amiruddin dijo que muchas organizaciones musulmanas comunes en Canadá son parte del problema, no haciendo nada mientras la propaganda fundamentalistas se extiende en las mezquitas».

Pero mientras que Amiruddin señala que estos jóvenes intentaban ganar a otros a sus puntos de vista, no dice nada acerca de haber hecho algo para detenerlos, o para plantar cara al reclutamiento jihadista en general — mucho menos trabajar con las autoridades para ayudar a capturar a los jihadistas.

También según el Star, algunos de los conspiradores pertenecían a una asociación escolar musulmana en la que «debatían en una reunión de la asociación si el terrorismo suicida está permitido en el Islam. Sus opiniones eran tan violentas que los otros miembros de la asociación amenazaron con hacer que los vetaran». Pero aparentemente no los vetaron en realidad, ni alertaron a nadie de sus opiniones violentas.

Lo mismo con otro musulmán de Toronto, Mohammed Robert Heft. Heft decía que uno de los conspiradores, Fahim Ahmad, «creía que las diecinueve personas implicadas en los atentados del World Trade Center eran mártires y repartía abiertamente DVDs de las voluntades y testimonios de esos diecinueve, sugiriendo que hicieron bien».

Según la CBC, Heft afirmaba que «muchos jóvenes musulmanes están furiosos y el fundamentalismo es rampante en la zona de Toronto».

Heft afirmaba estar combatiendo este «fundamentalismo»:

«Durante los dos últimos años estuve implicado en esta mentalidad. Traté con ella a nivel básico. Todo lo que se necesita es algo de educación y seleccionar al que adopta la forma de religión».

Pero aparentemente tampoco él hizo nada por alertar a las autoridades canadienses de las opiniones de Ahmad.

Y después de todo esto, los líderes musulmanes canadienses se quejan de que las autoridades no acudieran a ellos.

Las autoridades canadienses, y los funcionarios de todos los países occidentales, llevan parados ante este tipo de cosas mucho tiempo. Los arrestos de la jihad en Canadá no deberían llamar la atención sobre el presunto mal comportamiento de los funcionarios del orden canadienses, sino sobre la tolerancia de las comunidades musulmanas hacia el mal jihadista que profesan aborrecer.

Las autoridades de las fuerzas del orden en Occidente deberían pedir cuentas a las comunidades musulmanas de sus países sobre esto, y rápidamente — a riesgo de la ejecución con éxito de un plan de la jihad creado y ejecutado frente a las narices de los callados y presuntamente moderados musulmanes occidentales.

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