Una guerra rara

Resuma las declaraciones de los lideres de Hezbolá, los diplomáticos sirios, los pirados iraníes, los terroristas del West Bank y los comentaristas árabes — y esta guerra reciente de Oriente Medio parece la más extraña de la historia de los conflictos raros.

Se pregunta Victor Davis Hanson: ¿alguna vez hemos sido testigos de un conflicto en el que uno de los beligerantes – Irán – que enviaban miles de misiles al Líbano y que promete que pronto destruirá a Israel, niega vehementemente que sus propios técnicos balísticos se encuentren sobre el terreno en el Valle de la Bekka? ¿No querría jactarse de tal solidaridad?

¿O, por qué tras jactarse de los nuevos objetivos que sus letales misiles alcanzarán en Israel, Sayyed Hassán Nasralah, líder de Hezbolá («Estamos preparados para ello – guerra, guerra a todos los niveles») habla ahora de que Israel golpea en Líbano con demasiada profundidad? ¿No es de esperar que los enemigos se golpeen profundamente? ¿No se supone que es eso de lo que va la «guerra a todos los niveles»?

Mientras tanto, ¿por qué el G-8 o Naciones Unidas hablan incluso de desplegar más tropas de pacificación en el sur del Líbano, cuando tales mercenarios y transeúntes de uniforme en el pasado nunca detuvieron las hostilidades? ¿Nadie recuerda que fue Hezbolá quien voló por los aires a las tropas francesas y americanas que intentaron la última vez proporcionar «estabilidad» entre las partes en conflicto?

¿Por qué no atacan ahora Irán o Siria — o a esos efectos, el resto de los estados árabes — a Israel para unirse a los terroristas a los que han armado? Ciertamente, el ataque en dos frentes por parte de Hamas y Hezbolá podría ser ayudado por al menos un ejército islámico convencional. Tras prometernos todo el año que iba a «borrar» a Israel, ¿no sería éste el momento de Ahmadinejad de atacar?

¿Y por qué — cuando los misiles de Hezbolá están escondidos en sótanos de apartamentos y después son extraídos de hogares privados para apuntar a los civiles de Israel — se iban a quejar los terroristas que existen para asesinar a no combatientes de que unos cuantos «civiles» han sido alcanzados? ¿No preferirían proselitizar con los «mártires» que les ayudaron a almacenar sus armas?

Podemos responder a estas incongruencias resumiendo muy brevemente la guerra. Irán y Siria sienten la soga cerrándose alrededor de sus cuellos — especialmente el anillo de democracias en el vecino Afganistán, Irak, Turquía y quizá el Líbano. Hasta la ineficaz ONU es forzada por fin a centrarse en los proyectiles nucleares iraníes y los planes de asesinato sirios.

Y ni Siria puede dar un vuelco al gobierno libanés, ni Irán puede darlo a la democracia iraquí. En su lugar, ambos temen que su retórica pueda pronto granjearles un bombardeo contundente, puesto que sus «defensas aéreas» a duras penas son defensas en absoluto.

De modo que dicen a Hamas y Hezbolá que descorchen sus reservas de misiles, secuestren unos cuantos soldados y en general intenten volver la atención del mundo al daño colateral causado sobre «los refugiados» por un enemigo sionista movilizado.

Por su parte, los asesinos terroristas esperan secuestrar, pedir rescates y lanzar misiles, y después, cuando son sorprendidos y alcanzados, jugar la baza usual de víctima del racismo, el colonialismo, el sionismo, y cualquier otro -ismo que se les ocurra que les pueda granjear la absolución de alguna nación occidental corroída por la culpa, asustada por los terroristas, con prejuicios contra los judíos y de cualquier otro modo, hambrienta de petróleo.

La única diferencia del libreto usual de la guerra de Oriente Medio es que esta vez, en privado al menos, la mayor parte de Occidente y quizá unos cuantos en el mundo árabe también, quieren que Israel barra a Hezbolá y quizá incluso a Siria o Irán.

Los terroristas y sus patrocinadores saben esto, y se cabrean en consecuencia cuando su impotencia militar queda en evidencia frente a una audiencia global — especialmente después de que no llegue ninguna reprimenda para salvar su «orgullo» y «honor».

Después de todo, por cada israelí que mata Hezbolá, ellos pierden diez. No estás ganando cuando «la victoria» es examinada en términos de un único disparo contra un barco de guerra israelí. Su estrategia de ocultarse en el agujero — emblemática de todo el patético estilo de lucha islamista — es que ellos pueden irrumpir en el buen estilo de vida occidental de sus enemigos hacia los que se sienten atraídos y que por tanto también odian. Pero, como ha demostrado Israel, el público occidental puede estar bastante dispuesto a soportar el bombardeo si sabe que tales ataques llevarán a una contra-respuesta devastadora.

¿Qué debería hacer Estados Unidos? Si realmente le preocupa la vida humana y la paz futura, entonces deberíamos hablar ad nauseam de «contención» y «proporcionalidad» al tiempo que en privado damos vía libre a Israel para aplastar tanto a Hamas como a Hezbolá – y humillar a Siria y a Irán, que bien podrían bajarse de la burra de su deseada durante tanto tiempo pero barroca guerra.

Sólo entonces Israel restaurará parte de la disuasión y reforzará los movimientos democráticos en ciernes tanto en el Líbano como incluso en el West Bank. Esta es la verdad que sabe todo el mundo desde Londres hasta El Cairo, pero que no se atreven a contar.

De modo que por ahora, recemos porque los valientes pilotos y mandos de infantería del ejército israelí puedan enseñar a estos hombres tribales primordiales una lección que no olviden pronto — y hagan así el trabajo sucio de la civilización al otro lado del proverbial Rin.

A este respecto, es hora de detener las estúpidas diatribas de que la política americana en Oriente Medio se tambalea o que es culpable de la actual guerra. En la práctica, si mantenemos la cabeza fría, la doctrina Bush está funcionando.

Tanto los afganos como los iraquíes luchan a diario y matan a terroristas islamistas; ninguno lo hacía antes del 11 de Septiembre. Siria e Irán nunca han estado más aisladas; ninguna estuvo aislada cuando Bill Clinton elogiaba la «democracia» de Teherán o cuando un Secretario de Estado americano se sentaba en el tarmac de Damasco durante horas para rendir tributo a los gángsteres de Siria.

Israel recibe por fin la oportunidad de eliminar a los terroristas; eso era imposible durante el fraude Arafat que salió de la debacle de Oslo. Europa despierta ante los peligros del islamismo radical; en el pasado, se jactó de su ayuda y sus ventas de armas a gobiernos terroristas desde el West Bank hasta Bagdad.

Algunas observaciones finales acerca de Hezbolá y Hamas. Ya no existe un disuasorio soviético que rescate una ofensiva árabe fracasada. Ya no existe empatía con los pobres «guerreros de la libertad» islamistas. La verdad es que cuál régimen es el mayor parias internacional — Irán o Siria — es una cuestión abierta.

Tras un reciente viaje a Oriente Medio, observé que las desafortunadas muestras de prejuicios mostradas hacia un pasajero con pasaporte iraní solamente eran sobrepasadas por aquellos que se toparon con otro camino de Damasco.

De modo que después del 11 de Septiembre, los atentados de Londres, los atentados de Madrid, los disturbios franceses, las atrocidades de Beslán, los asesinatos de la India, la debacle de las viñetas danesas, Theo Van Gogh, y las detenciones cotidianas de terroristas islámicos intentando volar por los aires, decapitar o disparar a gente inocente en todo el mundo, el mundo está cansado de la tribu jihadista.

Y a pesar de todos los esfuerzos de la BBC, Reuters, los académicos occidentales y la horda de apaciguadores y practicantes de la apología que normalmente excusan a estos asesinos terroristas cuando su retórica finalmente da paso a su fuerza, esta vez no pueden hacerlo.

En lugar de eso, un mundo cabreado desea en secreto que estos terroristas reciban lo que merecen. Y quién sabe: esta vez puede que sea así.

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