La guerra de Irak y la seguridad

La tormenta que dio inicio al gran derrumbe republicano de 2006 se encuentra perdida entre el tsunami Foley y el huracán Woodward. Escribe Charles Krauthammer que, apenas han pasado unas semanas desde que los republicanos retomaran con brío la batalla por las elecciones de noviembre, de que sus perspectivas recobraran vigor con los enérgicos discursos del presidente sobre el terrorismo a propósito del aniversario del 11-S, de la histórica legislación relacionada con el trato debido a y la captura de terroristas, y de un descenso de los precios del petróleo como caído del cielo.

Luego vino la parada en seco, con ese National Intelligence Estimate (NIE) filtrado y pregonado como la prueba definitiva de que la guerra de Irak ha agravado el problema del terrorismo. La locura de Foley y la historia de Woodward han eclipsado ya esa información, que seguirá sin ser refutada mucho después de que Foley caiga en el olvido y de que el libro de Woodward se venda en los puestos de saldos. Pero es preciso someterlo a prueba.

La cuestión planteada –la guerra de Irak, ¿incrementa o disminuye el número de yihadistas en el mundo?– es como ponerse a discutir cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler. Toda respuesta exigiría un complejo cálculo que debería tener en cuenta docenas de factores inconmensurables, así como la construcción de una historia alternativa del mundo para el caso de que no se hubiera producido la invasión norteamericana de 2003.

Ah, pero esos visionarios de la «comunidad de inteligencia» norteamericana que han hablado mediante un National Intelligence Estimate filtrado –por si no lo sabía: hasta ahora, el más famoso NIE era aquél que concluía que Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva– se han asomado a lo más profundo del pasado hipotético y encontrado la respuesta. Tal como proclaman los críticos de la guerra, la conclusión es que Irak nos ha hecho menos seguros porque se ha convertido en una «causa célebre» y fortalecido los llamamientos a la yihad.

¿Convertido? Todo el mundo parece haber olvidado que Irak ya era una «causa célebre» islamista mucho antes de 2003. Cuando Osama ben Laden dio cuenta de su declaración de guerra contra América, en 1998, los dos mayores casus belli para la yihad que se nos vino encima el 11-S estaban centrados en Irak: el supuesto asesinato, a manos de América, de más de un millón de iraquíes como consecuencia de las sanciones que siguieron a la Guerra del Golfo y, más grave aún, la profanación de las ciudades más sagradas del Islam: La Meca y Medina, por la presencia de infieles soldados estadounidenses en Arabia Saudí (que estaban allí como protección ante las continuas amenazas de invasión por parte de Sadam).

Irónicamente, el derrocamiento de Saddam puso fin a estos dos factores de aglutinamiento: las sanciones fueron suspendidas y las tropas norteamericanas salieron de una Arabia Saudí ya no sujeta a amenazas. No obstante, la lista de agravios se renovó con facilidad. Los yihadistas no tardaron en buscar nuevas excusas para su furia, y en insuflar vida a otras esgrimidas en el pasado. La lista no tiene fin: las viñetas danesas, las declaraciones del Papa, la liberación de la mujer, la existencia de Israel, la licenciosa cultura occidental, la guerra de Afganistán; y, por supuesto, Irak. Otra vez.

¿Hasta qué punto es importante Irak en ese cálculo? El tan cacareado NIE ofrece un verdadero lugar común a la hora de calibrar la relación entre terrorismo e Irak. Por un lado, la presencia americana alienta a algunos a unirse a la yihad global; por el otro, el éxito en la empresa iraquí podría debilitar la mejor herramienta para el reclutamiento de terroristas: la opresión política en el mundo árabe, que los dictadores cínicos y los imanes radicales convierten en odio criminal hacia Occidente. Por eso el proyecto democrático de Bush representa la mayor esperanza para conseguir que disminuya el terrorismo, y por eso el propio NIE concluye que si los yihadistas fracasasen en Irak sus filas se verían muy mermadas.

Veremos qué sucede con el paso del tiempo. Puede que el bombardeo de las islas japonesas del Pacífico incrementase, en el corto plazo, la lista de pilotos kamikazes, pero el éxito en la Guerra del Pacífico puso punto final a toda la cuestión.

Por otra parte, ¿es que alguien piensa que si los yihadistas se hubieran quedado en sus casitas y no hubieran pisado Irak estarían ahora cultivando petunias, y no planeando ataques terroristas? Omar Faruk, líder de Al Qaeda en el sudeste asiático, huyó hace un año de una presión norteamericana en Afganistán, y al parecer fue arrastrado a la «causa célebre» de Irak. El mes pasado era abatido por tropas británicas durante un tiroteo registrado en Basora. En una cinta difundida el 28 de septiembre, el líder de Al Qaeda en Irak decía que 4.000 de sus reclutas habían muerto desde que se produjo la invasión americana. Como Omar Faruk y Abú Musab al Zarqaui, fueron a Irak a morir en Irak.

Está claro que una de las razones por las que llevamos un período asombroso de cinco años sin un segundo ataque en territorio norteamericano es que los yihadistas más volcados y virulentos han acudido a luchar contra nosotros a Irak; «allí», como se decía en tiempos de la Primera Guerra Mundial.

La guerra de Irak, ¿nos hace más o menos seguros? ¿Y qué hay del día de mañana? La verdad es que no es posible dar una respuesta definitiva, salvo esta perogrullada: por definición, durante una guerra estamos menos seguros; y la ruta más segura para recuperar la seguridad es la victoria.

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