La sombra de Bin Laden reconstruye Al Qaeda

Parecían desarbolados, en franca huída, pero cada día se multiplican los indicios de que los epígonos de Bin Laden se reagrupan, extienden sus redes y aumentan su campo de acción. Mientras los talibanes recuperan los territorios perdidos en Afganistán tras el 11-S, la organización terrorista de Osama Bin Laden campa a sus anchas por Pakistán, se extiende por diversos países -desde Somalia al Magreb- y recluta en Europa, para su ejército mundial, a jóvenes musulmanes no integrados en los países de acogida.

Afirma Angeles Espinosa en El País que su gran baza es el estrepitoso fracaso de la política de EEUU en Oriente Próximo y Afganistán, que incluye desde la invasión de Irak y la conversión de este país en un campo de entrenamiento de terroristas suicidas a la incapacidad estadounidense para reconstruir tanto Irak como Afganistán.

Pakistán está en el punto de mira de EEUU. A pesar de tratarse de un aliado clave en su «guerra contra el terrorismo», declaraciones públicas y filtraciones oficiosas han empezado a cuestionar, si no su cooperación, sí su estrategia antiterrorista. La incapacidad del Gobierno de Pervez Musharraf para controlar las regiones tribales fronterizas con Afganistán y el efecto rebote desencadenado en Irak están permitiendo el resurgimiento de Al Qaeda.

El grupo de Bin Laden está organizándose en Pakistán, luchando en Irak y reclutando en Europa.

¿No se había debilitado a Al Qaeda hasta casi anularla?
Oficialmente, era el único logro indiscutible de la campaña que Estados Unidos lanzó a raíz el 11-S, tras el fiasco de Irak y la falta de avances en Afganistán.

Sin embargo, en los últimos meses, han aumentado los indicios de un resurgir del grupo terrorista. Investigaciones policiales y judiciales han encontrado sus huellas en, entre otros, la trama de los atentados contra el metro de Londres de julio de 2005 y el compló para hacer estallar 10 aviones con explosivos líquidos desmantelado el verano pasado. Todas las pistas llevan a Pakistán, o más concretamente a las regiones tribales de su frontera con Afganistán.

«Bin Laden está reconstruyendo Al Qaeda», titulaba llamativamente el pasado domingo una información de The New York Times.

La novedad es sin duda el cambio de actitud de Washington. En contraste con el triunfalismo del presidente Bush el pasado octubre («Estamos ganando. Al Qaeda está en fuga»), John Negroponte reconoció el pasado enero que persiste la amenaza.

En su evaluación anual de riesgos aún como jefe de todas las agencias de inteligencia, hizo oficial lo que ya era un secreto a voces en Islamabad y Kabul, que esa organización ha encontrado escondites «seguros» en Pakistán y «está cultivando conexiones y relaciones» en Oriente Próximo, norte de África y Europa. Esa inusitada crítica a su aliado revelaba la frustración estadounidense por la falta de resultados.

El problema de fondo es la peculiar cultura yihadista que se ha instalado en Pakistán durante las últimas décadas.

Después de años de utilizar a los grupos radicales islámicos para avanzar sus objetivos en Cachemira o en Afganistán, esa ideología ha penetrado amplias capas de la sociedad paquistaní. Pero, además, algunos observadores interpretan que el Ejército no termina de pacificar la zona fronteriza porque quiere guardarse una carta en la manga frente a su vecino del oeste.

En cualquier caso, el enfoque puramente militar del problema no da frutos. Antes al contrario, está alentando el extremismo. Las decisiones unilaterales del Ejército ignoran a la población local, predominantemente pastún.

Mientras Islamabad no aclare sus relaciones con esa comunidad que se divide a ambos lados de la Línea Durand (la frontera internacional que Afganistán nunca ha reconocido) y por ende con Kabul, cualquier solución será transitoria. Y ocho años después del golpe de Estado de Musharraf, muchos dudan de que un Gobierno militar pueda conseguirlo.

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