¿El fracaso de Olmert abrirá la puerta a un nuevo liderazgo en Israel?

(PD).-En los últimos años, Israel se haya visto afectado por una cosecha desastrosa de políticos fracasados y sin éxito que hasta la fecha siguen siendo reticentes a aceptar la responsabilidad de sus fracasos. Precisamente es el caso el Primer Ministro Ehud Olmert qeu ha anunciado públicamente que no tiene intención de dimitir a pesar de estar en sus horas más bajas.

Con la publicación inminente del Informe Winograd, la mayor parte de los israelíes sopesará el futuro de su actual directiva. Aquéllos lo bastante mayores recordarán con nostalgia la extraordinaria madera de los israelíes que lideraron al país desde su creación hasta el asesinato de Yitzhak Rabin en 1995.

En el pasado, los líderes excepcionales que alteraron el curso de la historia – para mejor o peor – normalmente fueron personas consumidas por una visión o una causa. Sostenían opiniones que con frecuencia eran inaceptables para la opinión pública inicialmente y se veían obligados a sufrir periodos de condena al ostracismo. Con frecuencia, antes de obtener el apoyo del público, eran marginados, despreciados como profetas fuera de lugar y en ocasiones incluso condenados como extremistas peligrosos.

Isi Leibler pide tomar el ejemplo a Winston Churchill. Solamente mucho después de Múnich, cuando las políticas de apaciguamiento de Neville Charberlain habían quedado totalmente desacreditadas, los británicos dejaron de calificar a Churchill de belicista irresponsable.

Lo mismo se aplica a los primeros líderes sionistas y los padres fundadores de Israel.

Theodor Herzl era calificado por la mayor parte de los judíos occidentales y con educación como un excéntrico que promovía ideas utópicas completamente irrealizables. Incluso dentro del propio movimiento sionista, David Ben-Gurión se enfrentaba a una enorme oposición mientras luchaba con firmeza por la autodeterminación judía, surgiendo como el líder dominante inmediatamente después del Holocausto.

Lo mismo se aplica también a aquellos que le sucedieron. El ejemplo más extremo fue el de Menachem Begin. En siete ocasiones perdió las elecciones y durante casi 30 años no estuvo sino condenado a la irrelevancia, vergonzosamente difamado, y hasta condenado por fascista hasta su extraordinaria victoria electoral de 1977. Hoy es reconocido como uno de nuestros mayores líderes nacionales.

¿Qué comparten todas estas personas de orientaciones políticas diferentes? Todas tenían visiones y estrategias en las que creían genuinamente y estaban convencidos de que servirían mejor a los intereses de la nación. Permanecieron firmes y rehusaron ser disuadidos incluso cuando la opinión pública se opuso a sus ideas. Raramente permitieron que una agenda personal interfiriese o influenciase la formulación política.

En muchos casos, cuando reconocían haber llegado a un callejón sin salida y no podían seguir sus objetivos, o concluían que habían fracasado, dimitían de manera voluntaria. Eso se aplicó a Ben -Gurión, Golda Meir y Begin.

En otras palabras, hasta hace muy poco, la motivación subyacente de la mayor parte de los líderes israelíes de todas las franjas era una disposición infranqueable a anteponer los intereses de la nación a cualquier agenda personal. Por supuesto cometieron errores y en ocasiones estaban completamente equivocados. Pero ni la opinión pública ni el ansia de conservar el poder pudieron conducirles de manera plausible a subordinar a otras cuestiones lo que percibieron como el interés prioritario de la nación.

Eso fue tan cierto de Rabin como del resto. En el curso del tiempo, incluso después de que Shimon Peres y Yossi Beilin le hubieran arrastrado contra su voluntad a aprobar la debacle de Oslo, se convenció a sí mismo de que con el fin de prevenir la inminente nuclearización de Irak y de Irán, el interés nacional exigía que hiciera la paz con los vecinos inmediatos de Israel incluso si ello exigía una maniobra arriesgada. Que la maniobra demostrase posteriormente ser un desastre no resta sinceridad a su objetivo. A pesar de sus fracasos, nadie podría concluir que los fallos de Rabin se derivaron de un deseo claro de ganarse el apoyo popular conservar el poder.

Fue a lo largo de la dirección de Ehud Barak que los intereses estratégicos a largo plazo de la nación pasaron a ser relegados a una posición de segundo plano y quedaron subordinados a una agenda personal. Los altibajos políticos de Barak alcanzaron su clímax hacia el final de su mandato, momento para el que estaba ya haciendo declaraciones por la tarde que contradecían a las que había realizado por la mañana. Sus políticas estaban cada vez menos determinadas por lo que percibía el interés del público, y más determinadas por la opinión pública. Desde ese momento, las encuestas de opinión y no los principios determinaron el interés nacional.

Ariel Sharon refinó este enfoque en una forma de arte, utilizando los servicios de encuestadores y expertos en relaciones públicas como nunca antes. Todo esto ha alcanzado ya su punto álgido más cínico bajo Olmert, cuya agenda entera da la impresión de estar dominada por su obsesión predominante completamente pública de conservar el poder. Para promover esto ha estado ajustando sus políticas para encajar con la voz popular según lo reflejado en las encuestas de opinión. Pero hasta esto ha fracasado a la hora de mejorar sus cifras de popularidad.

Olmert también ha utilizado la Oficina de Gobierno e instado a socios como Haim Ramon a sondear las aguas en cada tema importante con el fin de preparar a la opinión pública antes de presentar políticas nuevas. Cuando había una respuesta negativa fuerte por parte de la opinión pública (como cuando Ramon sugería entregar la jurisdicción del Monte del Templo a los palestinos) Olmert simplemente retrocedía.

No hace falta decir que es completamente legítimo y hasta obligatorio que los políticos utilicen los servicios de las encuestas para comprobar el ánimo de la nación.

Pero lo largo de los últimos años esto se ha ido de las manos. Israel se ha convertido en el paraíso de los expertos en relaciones públicas y las firmas de cuestación. En la práctica, es justo decir que hoy, la mayor parte de las políticas potencialmente delicadas no están siendo determinadas por lo que se considera el interés nacional. Solamente son resueltas tras ser aprobadas superficialmente por el voluble público a través de los sondeos telefónicos de opinión.

Lo mismo se aplica también a la mayor parte de los partidos políticos, con la probable excepción de los de motivación ideológicamente religiosa, la extrema izquierda y la ultraderecha.

Por tanto, una gran proporción del estamento político hoy también formula su política principalmente basándose en la cifra de votos que estima ganará: el ánimo nacional dirigido por los expertos en relaciones públicas y no los intereses nacionales se ha convertido en el pan nuestro de cada día. Nos hemos convertido en un barco sin timón.

Hoy, el fracaso de Olmert como líder ha quedado en evidencia. Pero existe el peligro de que sin renovado reconocimiento del papel que los líderes responsables tienen que asumir, los problemas subyacentes de la dirección se puedan institucionalizar incluso después de abandonar el cargo.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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