Jonah Goldberg y el fascismo progre

Jonah Goldberg y el fascismo progre

(PD).-El fascismo es normalmente contabilizado como movimiento de la derecha; pero, como observa Goldberg, muchos izquierdistas veían con simpatía a Mussolini.

Jonah Goldberg ha arruinado lo que podría haber sido un libro valioso. Cuenta David Gordon en el blog del Mises Institute que en el pasado Goldberg ha tratado a los libertarios con desprecio, pero aquí ofrece un análisis que los libertarios encontrarán familiar. Goldberg se ha visto influenciado por la comparación entre el New Deal de Roosevelt y el fascismo italiano por parte de John T. Flynn; y cita a Friedrich Hayek con respeto. Ha aprendido de Murray Rothbard acerca de los progresistas también. (En un momento comenta, «si el libertarismo pudiera valer para los hijos y la política exterior, sería la filosofía política ideal», página 344).

El fascismo es normalmente contabilizado como movimiento de la derecha; pero, como observa Goldberg, muchos izquierdistas veían con simpatía a Mussolini (aquí Goldberg sigue el importante trabajo de John Patrick Diggins, Mussolini and Fascism: The View from AmericaH.G. Wells, en un discurso en Oxford en 1932, pedía un «fascismo progresista»; y Rexford Tugwell, un importante miembro del Brain Trust de Roosevelt, decía en 1934 «encuentro que Italia está haciendo muchas de las cosas que me parecen necesarias… Mussolini ciertamente tiene en contra a la misma gente que Franklin Roosevelt. Pero tiene controlada la prensa, de manera que no puede gritar mentiras acerca suyo a diario», página 156.

¿Cómo es esto posible? Los izquierdistas quieren reconstruir la sociedad según líneas socialistas; los fascistas glorifican a la nación y el militarismo. ¿Cómo pueden preferir el fascismo los izquierdistas? Goldberg resuelve con disposición la dificultad. Precisamente al importar el espíritu bélico a los asuntos nacionales, los izquierdistas esperan reconstruir la sociedad. En la guerra, la gente se une para lograr la victoria; al hacerlo, sacrifica sus fines personales para lograr el objetivo común. Los fascistas adoptaron exactamente la misma opinión, y en consecuencia muchos izquierdistas se identifican con la afinidad.

Los progresistas fueron completamente conscientes de que la guerra les permitiría impulsar sus ambiciosos planes sociales, y defendieron la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial por este motivo. Herbert Croly, autor del enormemente influyente The Promise of American Life, «veía con complacencia muchas más guerras porque la guerra era la divisa del progreso… el New Republic de Croly era inflexible en su ánimo de guerra», (página 99, 107).

El régimen de tiempos de guerra de Woodrow Wilson cumplió las expectativas de los progresistas.

El socialismo bélico de Wilson fue un proyecto completamente progresista, y mucho después de la guerra mantuvo el ideal progre… si fuéramos a creer que el fascismo «clásico es sobre todo la elevación de los valores marciales y la militarización del gobierno y de la sociedad bajo el estandarte del nacionalismo, es muy difícil comprender el motivo de que la Era Progresista no fuera también la Era Fascista (página 119).

Goldberg llama acertadamente la atención sobre «el brillante, barroco y desfigurado genio de Randolph Bourne, que pareció comprender exactamente lo que estaba sucediendo» (página 108).

Teniendo en cuenta al presidente Wilsoniano, la afinidad entre el New Deal con el fascismo no es en absoluto sorprendente. Igual que los progresistas habían hecho bajo Wilson, los partidarios de Roosevelt exigieron acciones colectivas a través del gobierno para confrontar la emergencia económica. En la práctica, muchas de las medidas que apoyaron reinstituyeron programas públicos de los tiempos de guerra de Wilson. En su discusión del New Deal, Goldberg presta especial atención al cercano paralelismo entre la National Recovery Administration y el corporativismo de Mussolini, un hecho que no se perdió ni para los fascistas ni para los partidarios de Roosevelt.

Si Goldberg ha elaborado y extendido la opinión estándar libertaria del fascismo, ¿no se merece felicitaciones? ¿Por qué entonces afirmo que ha arruinado su libro? El fallo, tal como lo veo, no se encuentra en los contenciosos menos defendibles acerca del fascismo a los que respalda. Parece estar demasiado dispuesto a recurrir a «la política de identidad fascista»; y mientras que critica «el conservadurismo compasivo» de George Bush, no presta atención a los efectos de la belicosa política exterior de Bush en la escena nacional. El propio Goldberg apoya la guerra de Irak; cuando uno se enfrenta a una guerra «buena», aparentemente, el vínculo entre fascismo y guerra ya no necesita ser motivo de preocupación.

Al margen de lo cuestionable de las opiniones de Goldberg en esta materia, en el peor de los casos son cuestiones de opinión. En contraste, comete un gran número de errores directos en asuntos históricos.

Remonta el fascismo a la filosofía de Rousseau, «que apropiadamente merece ser llamado el padre del fascismo moderno» (página 38). Ver a Rousseau como precursor del totalitarismo es ciertamente una posición defendible; Jacob Talmon argumentaba clásicamente su opinión en The Origins of Totalitarian Democracy. Pero en su relato de Rousseau, Goldberg realiza una afirmación sorprendente: «Se dedujo, además, que si el pueblo era el nuevo Dios, no había espacio para Dios en persona… la lealtad al estado y la lealtad a lo divino de defenderse de la misma manera» (página 39).

¿Ha examinado Goldberg alguna vez la «religión civil» de Rousseau, la cual afirma se implementa «a través del todopoderoso Dios-estado» (página 40)? Rousseau da los dogmas de la religión civil en el Libro IV del The Social Contract . El primero de ellos es «la existencia de una divinidad poderosa, inteligente y benévola, poseedora de la providencia y la previsión». Goldberg también podría consultar Profession of Faith of the Savoyard Vicar en el libro cuarto del Emile .Expresión de la opinión de que Dios puede ser conocido a partir del orden natural, no identifica a Dios con el estado.

Goldberg no sale mejor parado cuando recurre al gran liberal clásico Lord Acton. Nos dice,

La célebre observación de Lord Acton de que «el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente» ha sido malinterpretada desde hace tiempo. Acton no estaba argumentando que el poder hace que los líderes poderosos se vuelvan corruptos (aunque probablemente también creyera eso). En su lugar, estaba observando que los historiadores tienden a perdonar al poderoso por transgresiones que nunca condonarían al débil (página 84).

Los comentarios de Acton llegaban en una carta al obispo Mandell Creighton en abril de 1887:

No puedo aceptar su canon de que vayamos a juzgar al Papa y al Rey de manera diferente al resto de los hombres, con la presunción favorable de que no hicieron nada malo. Si existe alguna presunción es en el sentido contrario a los que ostentan el poder, proporcionalmente al poder… el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Acton, es obvio, está diciendo lo que Goldberg afirma que no dice: esta refutando que la posesión del poder vuelva corruptos a los líderes. En una columna el 23 de octubre de 2002 en National Review Online, «Might vs. Right,» el propio Goldberg cita este pasaje y defiende su extraña interpretación de él[3]. Goldberg no puede comprender unas cuantas oraciones simples. ¿Vamos a interpretar que Acton afirma que el espectáculo del poder absoluto corrompe al historiador que escribe acerca suyo?

Goldberg no ha llegado aún a ese extremo. El libro incluye una sección, «El culto Nazi a lo orgánico» que discute asuntos tales como el vegetarianismo, la sanidad y los derechos de los animales. En él, aparece este pasaje:

El historicismo germano había sido pionero en la concepción orgánica de la sociedad y el estado vinculados. El estado, escribía Johann Droysen, es «la suma, el organismo unido, de todas las relaciones morales, su sede y el receptáculo común, y hasta la fecha su fin». Estas ideas tampoco eran exclusivamente germanas. Droysen fue el mentor de Herbert Baxter Adams, y Adams fue el de Woodrow Wilson. El trabajo de Droysen es citado a lo largo de todo el trabajo de Wilson. La ley que estableció nuestro sistema de parques nacionales fue denominada «Ley orgánica de 1916» (página 385).

¿Piensa Goldberg en serio que el concepto orgánico del estado, es decir, la opinión de que al igual que un organismo, el estado debe interpretarse como partes que funcionan juntas para un fin común, tiene algo que ver con el movimiento «de retorno a la naturaleza»? No es sorprendente en absoluto, a propósito, que Wilson cite con frecuencia a Droysen. Fue uno de los historiadores alemanes más célebres del XIX.

Nuestro autor no descuida a los filósofos americanos. Nos da una cruda caricatura de William James a propósito de «la voluntad de creer»:

[James] fue pionero en la noción de que todo lo que necesita uno es la «voluntad de creer». Fue la benigna esperanza de James de dar espacio a la religión en una era burguesa de ciencias, argumentando que cualquier religión que funcionara para el creyente no era simplemente valida, sino «cierta» (página 37).

Goldberg nunca ha leído el ensayo de James «La voluntad de creer» o lo ha leído con las mismas habilidades interpretativas que muestra en sus comentarios sobre Acton. James argumentaba que en un número reducido de casos, uno tiene derecho a creer algo que va más allá de las pruebas. Las pruebas de lo que prefiere creer uno no han de ser peores que las de las opiniones que lo contradicen; y uno debe encontrarse en una situación en la que no se puede evitar la elección. Las opciones que enfrenta uno tienen que ser residentes, momentáneas y obligatorias. Así James observaba ciertos casos en los que creer algo pueda redundar en que sea cierto, por ejemplo, un paciente cuya esperanza en recuperarse tienen efectos beneficiosos que pueden ayudarle a curarse, sin defender la extraña postura que Goldberg le atribuye aquí (no creo que valga la pena profundizar en lo que tiene presente Goldberg como distinción entre «válido» y «cierto»).

Llegamos ahora a mi pasaje favorito:

En su infame discurso doctrinal, [Martin] Heidegger se adelantó al tiempo — precipitado por los esfuerzos de Hitler — «en el que la fortaleza espiritual de Occidente flaquea y sus pilares se rompen, en el que la moribunda semblanza de cultura cede y arrastra a todas las fuerzas a la confusión y las deja morir en la locura» (páginas 174-75).

¿Cómo puedo acusar de distorsión plausiblemente a Goldberg? ¿Ha hecho algo más que discutir un pasaje de un discurso doctrinario? Bien, echemos un vistazo. En «La consolidación de la Universidad alemana», el discurso en cuestión, Heidegger pide a profesores y estudiantes la voluntad de la esencia de la Universidad alemana: esta esencia es «el deseo de crear ciencia como misión espiritual del pueblo alemán, como pueblo que se conoce en ese estado» (cito de la misma traducción que utiliza Goldberg, que aparece en las ediciones de Günther Neske y Emil Kettering, Martin Heidegger and National Socialism: Questions and Answers [New York: Paragon House, 1990], p. 6.)

Esta voluntad de crear ciencia se ha de lograr en gran medida reevaluando los inicios de la filosofía griega. Depende de nosotros: «¿creemos nosotros o no la esencia de la Universidad alemana?» (Neske, p. 13). Heidegger afirma a continuación, «Pero nadie nos preguntará nunca cuando…» acompañando lo cual se encuentra el pasaje que cita Goldberg (Neske, p. 13). Goldberg ha invertido por completo lo que está diciendo Heidegger. Heidegger no se adelanta al colapso espiritual de Occidente. En su lugar, advierte que podríamos retrasar demasiado nuestra misión de acaparar la esencia de la Universidad. Si nuestra cultura «cede», lo que hagamos es irrelevante. Además, aunque Heidegger criticaba la noción filosófica de «valores», discutía que «el bien y el mal son nociones infantiles» (página 174).

Goldberg no confina sus errores a la historia intelectual. Se refiere en un pasaje al «comunismo jacobino, que expropiaba las propiedades y desmantelaba las instituciones con el fin de rehacer la sociedad desde cero» (página 296). Los Jacobinos no eran comunistas. Aunque abandonaron los pilares originales laissez-faire del Jacobin Club en favor del intervencionismo, siguieron siendo implacables defensores de la propiedad privada.

La cosa sigue. No es cierto que en el célebre experimento de la sífilis de Tuskegee, «pobres hombres negros fueron presuntamente infectados de sífilis sin su conocimiento» (página 231). En su lugar, hombres que ya estaban enfermos de sífilis fueron engañados pensando que estaban siendo tratados de su enfermedad. Unity Mitford no «tuvo que abandonar el país, sabiendo que Gran Bretaña combatiría a un líder tan progresista como Hitler» (página 460, línea 15). En el momento en que fue declarada la guerra, ella se encontraba en Alemania. Estaba tan destrozada que se disparó a la cabeza, pero su tentativa de suicidio fracasó. Fue entonces enviada a Inglaterra, donde vivió durante la guerra como una inválida. Con demasiada frecuencia, Goldberg explica las cosas al revés.

He dejado lo mejor para el final. Dice que «las victorias de Napoleón contra el imperio austrohúngaro incitaron las nociones de los Habsburgo de recibirle como «el gran liberador». Rompió la autoridad de la Iglesia Católica, coronándose como Sagrado Emperador Romano…» (página 41). No, no, Goldberg. El emperador Francisco II, que mientras tanto se había convertido en Emperador Francisco I de Austria, disolvió en 1806 el Sagrado Imperio Romano. El Imperio Austrohúngaro no nació hasta 1867, aunque por supuesto los Habsburgo gobernaron tanto Austria como Hungría durante todo el siglo XIX. Goldberg lo hace algo mejor en el índice. Hay una entrada para «Napoleón I, Emperador de Francia» (página 479); pero también está equivocada. Napoleón fue emperador de los franceses: el título es importante porque Napoleón afirmaba que su poder procedía del pueblo francés. No era sucesor de los reyes territoriales franceses, como sugeriría el título de Emperador de Francia.

Aunque Fascismo progresista contiene gran cantidad de información importante, sus muchos errores exigen que se utilice con extrema cautela. Jonah Goldberg debería adquirir un conocimiento más preciso de la historia antes de atreverse a enseñar a otros.

David Gordon se encarga de los libros nuevos de economía, política, filosofía y derecho para The Mises Review , la publicación trimestral de literatura en las ciencias sociales difundida desde 1995 por el Mises Institute. Es autor de The Essential Rothbard, disponible en la Mises Store.

Fascismo progre: la historia secreta de la izquierda americana de Mussolini a la filosofía política, por Jonah Goldberg. Doubleday, 2007. 487 páginas.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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