«Fitna» de Geert Wilders: el palo y la zanahoria

"Fitna" de Geert Wilders: el palo y la zanahoria

(Robert Spencer / PD).-La película de Geert Wilders sobre el Corán, Fitna, que tuvo al mundo entero conteniendo su respiración antes de su difusión, salió a la luz hace más de una semana ya, y la tan anticipada explosión de ira musulmana mundial hasta la fecha no se ha materializado.

Esa rabia, sin embargo, está calentando motores: 25.000 personas se manifestaban contra la película en Karachi este domingo, y los manifestantes de Pakistán e Indonesia ya han pedido que Wilders sea ejecutado. Mientras que muchos siguen esperando que esto sea la cresta del enfado musulmán con respecto a la película, hay indicaciones de que estas manifestaciones son en realidad apenas una parte de una estrategia mayor.

La poderosa Organización de la Conferencia Islámica (OIC), de 57 naciones, ha condenado la película «en los términos más fuertes posibles» diciendo que es «un acto deliberado de discriminación contra los musulmanes» diseñado para «provocar malestar e intolerancia». Esta declaración acompaña de manera próxima a la reunión de marzo de la Conferencia en Senegal, donde desarrollaron lo que Associated Press llamó «un plan de batalla» para defender al islam «de los racistas y los viñetistas políticos». La película de Wilders es obviamente exactamente el tipo de cosas que tenían en mente.

En la conferencia de Senegal, Ekmeleddin Ihsanoglu, secretario general de la Conferencia Islámica, declaraba: «Los musulmanes están siendo objeto de una campaña de difamación, denigración, estereotipos, intolerancia y discriminación». Associated Press informaba de que «a los delegados de la Conferencia les ha sido entregado un voluminoso informe de la misma que registra el discurso y las acciones anti islámicas procedentes de todo el mundo. El informe concluye que el Islam está bajo ataque y que tiene que establecerse una defensa». Ihsanoglu afirmaba que «la islamofobia no puede ser tratada solamente a través de actividades culturales, sino a través de una implicación política robusta».

¿Qué tipo de implicación política robusta? Nada menos que restricciones a la libertad de expresión, por supuesto. Abdulaye Wade, presidente de Senegal y presidente de la Conferencia Islámica, declaraba: «yo no creo que libertad de expresión deba significar libertad para blasfemar. No puede haber ninguna libertad sin límite”.

Estas palabras, y «el instrumento legal» de la Organización de la Conferencia Islámica en general, manifiestan el motivo de que los cimientos de una sociedad libre no puedan prosperar allí donde prevalece la ley islámica.

Una vez que usted declara a un colectivo exento del examen crítico o declara que estas personas no deben ser ofendidas bajo ningún concepto, o que si lo son tienen todo el derecho a lapidar, dar latigazos, encarcelar o asesinar al que ofende, entonces usted ha destruido la libertad de expresión. En una sociedad libre, las personas con opiniones diferentes viven juntas en armonía, accediendo a no matarse entre sí si las opiniones del vecino les ofenden. Cuando quiera que la expresión ofensiva sea prohibida, cristaliza el poder del tirano. No menos en este caso, aunque el tirano en cuestión pertenezca a una clase diferente.

Ese es el motivo de que todas las personas libres deban oponerse a la iniciativa legal de la Organización de la Conferencia Islámica. No solamente amenaza los fundamentos de la sociedad occidental, sino que la haría incapaz de analizar, es una tentativa por dejarnos indefensos frente a la amenaza de la yihad.

Pero en Naciones Unidas, los funcionarios parecen impacientes por utilizar Fitna de excusa para decretar leyes que restrinjan la libertad de expresión. El Secretario General de la ONU Ban Ki-moon llamaba a la película «ofensivamente anti islámica» y declaraba que «no hay ninguna justificación para el discurso de odio o la incitación a la violencia. El derecho a la libertad de expresión no está en juego aquí». O tal vez lo esté: la Alto Comisario de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Louise Arbour, invitaba a aquellos enfurecidos por la película a trabajar para limitar el derecho a la libertad de expresión. «Existe un marco legal protector», observaba, «y la resolución de la controversia que generará esta película debería situarse en él». Explicaba que los legisladores «deberían ofrecer firmes medidas protectoras a todas las formas de libertad de expresión, mientras al mismo tiempo implementan las restricciones oportunas, según sea necesario, para proteger los derechos de los demás». Y la semana pasada, el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas aprobaba de manera unánime una resolución propuesta por Egipto y Pakistán que pide la vigilancia de los particulares y las informaciones de los medios en busca de comentarios negativos sobre el islam.

¿Pronto será ilegal hablar del uso que hacen los jihadistas islámicos de los textos y las enseñanzas islámicas para justificar la violencia y la supremacía? Si lo es, los únicos que se benefician son los propios jihadistas — impulsando la agenda jihadista de manera mucho más eficaz de lo que los disturbios pudieron hacerlo nunca. Las manifestaciones por una parte y los llamamientos a limitar la libertad de expresión por la otra coinciden con precisión en una estrategia de palo y zanahoria. El mensaje para Occidente es que el discurso acerca del islam que desagrade al mundo islámico puede conducir a represalias violentas — pero si Occidente presta atención a la voz de la razón y pone fin a la libertad de expresión y la libre investigación, la violencia desaparecerá. Es un mensaje que demasiados líderes izquierdistas americanos y europeos de mentalidad apaciguadora encontrarán bastante tentador. Y esa podría ser la amenaza más seria de todas a nuestra supervivencia como personas libres.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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