El enigma Barack Obama y los judíos

El enigma Barack Obama y los judíos

(Isi Leibler).-El Senador Barack Obama es probablemente el candidato presidencial norteamericano más carismático desde John Kennedy. Es joven, encantador, apasionado y extremadamente brillante. Ha superado la barrera del prejuicio racial y derrotado a una poderosa contrincante considerado imbatible. Es adorado por muchos jóvenes idealistas, que ven en él la esperanza de un futuro mejor.

Sin embargo, pocos van a negar que hay aspectos altamente cuestionables en la candidatura de Obama que los electores sopesarán muy bien entre el hoy y el día de las elecciones.

Todos los candidatos han venido cortejando al reducido pero altamente influyente electorado judío. En consecuencia, Israel ha atraído una cobertura mediática exorbitante.

Bajo circunstancias normales, a duras penas los judíos iban a apoyar a un candidato conocido por haberse asociado a un racista como el Reverendo Jeremiah Wright, de la Iglesia de la Trinidad de Cristo, que hasta hace muy poco era el pastor de la familia Obama y su consejero espiritual. A lo largo de los años, Wright, promotor del «poder negro,» incitó al odio y la xenofobia. Acusaba a Israel del 11 de Septiembre, que describía como «una llamada de atención a la América blanca;» tenía relaciones próximas con Louis Farrakhan, el conocido antisemita y el líder de Nation of Islam, con el que viajó a Libia a reunirse con Muammar Gaddafi; promovía la propaganda de Hamas en su iglesia; y continuamente se despachaba contra, y maldecía a América.

Si Obama hubiera sido conservador, sin duda los judíos americanos se encontraría en primera línea de las iniciativas por descalificarle por haberse asociado con un racista de ese calibre.

Sin embargo, aún más desconcertante que la relación de Obama con el pastor racista es la postura política de sus amigos y consejeros con relación al conflicto árabe israelí.

Robert Malley, uno de los consejeros de Obama hasta hace muy poco, estaba relacionado con el multimillonario antiisraelí George Soros, célebre por su amarga hostilidad contra Israel. Samantha Power, otra consejera política que «dimitía» recientemente, instó previamente a Estados Unidos a proteger a los palestinos del «genocidio» israelí. Tony McPeak, co-presidente de la campaña de Obama, se quejaba de que la política exterior estaba indebidamente influenciada por «Miami y Nueva York.» Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero de seguridad nacional de Jimmy Carter que recientemente elogiaba el libro de Mearsheimer-Walt que demoniza a los grupos pro-israelíes, también estaba relacionado con Obama.

Otra relación problemática es la amistad personal de Obama con el académico de Columbia y activista de la OLP Rashid Khalidi y su esposa, que recaudaron fondos activamente cuando Obama se presentó al Congreso. Obama declaraba a Los Angeles Times que los agradables recuerdos del tiempo pasado con la familia Khalidi «me sirven de recordatorios constantes de mis propias carencias.»

Más recientemente, Obama nombraba al ex embajador norteamericano en Israel, Daniel Kurtzer, como importante consejero político para Oriente Medio. Las inocentes opiniones y creencias de Kurtzer en que Estados Unidos debe presionar a Israel para obtener más concesiones son de dominio público. Recientemente elogiaba al ex secretario de estado James Baker y al ex presidente George H.W. Bush por haber amenazado con suspender acuerdos de préstamo con el fin de obligar a los israelíes a pasar por el aro. Kurtzer criticaba tanto al Presidente Clinton como al Presidente G.W. Bush por no haber sido lo bastante duros con los israelíes. Acusaba a Dennis Ross, el enviado a Oriente Medio designado por Clinton, de mostrar parcialidad en favor de los israelíes. Culpaba a Clinton hasta de «acceder a la petición de Barak de culpar públicamente a Arafat del fracaso de la cumbre de Camp David.»

Teniendo en cuenta estos factores, se asumiría que los judíos dudarían en cierto sentido de apoyar a Obama. Pero la realidad es que al margen de los ortodoxos, el 50% del electorado Demócrata judío ha apoyado a Obama frente a Hillary Clinton, y los indicadores rezan que la mayoría de los judíos norteamericanos va a seguir respaldándole frente a un Republicano John McCain.

¿Por qué?

Algunos atribuyen su apoyo a la adoración del progresismo compartida por la mayoría de los judíos americanos, que les liga emocionalmente a Obama, quien disfruta de un estatus virtualmente mesiánico entre los progres de la extrema izquierda.

Adicionalmente, para la mayoría de los judíos no ortodoxos más jóvenes, la preocupación por Israel ya no les mueve de la misma manera que a sus padres. Esto quedaba reflejado en una encuesta reciente de Stephen Cohen, que mostraba que más del 50% de los judíos no ortodoxos menores de 35 años no considera que la destrucción de Israel represente «una tragedia personal» para ellos.

Sin embargo, Obama ataba todos los cabos para no perder a los partidarios judíos e iniciaba una campaña exclusivamente dedicada a ganarse el respaldo de los activistas pro-Israel, en el proceso de la cual se distanciaba rápidamente de sus anteriores posturas inocentonas. Al hacerlo, también se lanzaba a la cabeza del apoyo norteamericano a Israel.

Esto alcanzaba su clímax en la conferencia del AIPAC en la que todos los candidatos presidenciales compiten por mostrar admiración a Israel. En unas declaraciones anteriores, Obama insinuaba que apoyar a Israel no se refleja necesariamente en un enfoque del Likud. Pero el discurso que pronunciaba ante 7.500 personas en el AIPAC bien podría haberle servido para presentarse a unas primarias del Likud.

Además de oponerse a tener relaciones con Hamas, se refería a la necesidad por parte de Israel de «fronteras seguras, reconocibles y defendibles,» una formulación mucho más explícita que la vaga prescripción de Bush de «realidades demográficas sobre el terreno.» Obama no se ha retractado de esas declaraciones, y con suerte los activistas judíos americanos concentrarán sus energías en intentar convencerle de que reconocer fronteras defendibles es en sí mismo un elemento crucial de los requisitos de Israel en materia de seguridad de cara a un acuerdo final.

A la hora de apoyar que Jerusalén siga siendo la capital indivisible de Israel, Obama iba mucho más allá de lo que dice el gobierno israelí actual, enfureciendo a los árabes y gran parte de su electorado de la izquierda radical, incluyendo a sus partidarios judíos de Paz Ahora. Uri Avnery le criticaba por «romper todos los precedentes de generosidad y halagos,» y por «arrastrarse a los pies de AIPAC.» Como era de esperar, en menos de un día su portavoz empezaba a recular, diciendo que el futuro de Jerusalén habría de determinarse directamente entre las propias partes.

De manera que nos quedamos dudando. ¿Se puede confiar en que Obama cumpla las promesas electorales? Los progres de toda la vida sin duda responderán que sí, pero muchos judíos que tradicionalmente votan Demócrata se lo van a pensar dos veces antes de depositar sus votos.

Pero siendo justos, debe observarse que entre los partidarios de Obama también se pueden encontrar partidarios inflexibles de Israel como Marty Peretz, el editor de The New Republic, el tesorero del AIPAC Lee Rosenberg y otros que no son pacifistas por cuenta ajena y que no pueden ser engañados por un candidato fundamentalmente hostil a Israel.

Obama también puede haber cambiado sinceramente de opinión al sumergirse en el debate.

Pero residiendo aquí en Israel como israelí y no como ciudadano americano, me preocuparía un hombre que se ha asociado durante períodos de tiempo tan largos con personas que en el mejor de los casos son ambivalentes y en el peor oscilan entre ser contrarios a lo que consideramos nuestros intereses vitales y ser furibundos racistas.

Habiendo dicho eso, sigo siendo bastante optimista en que al margen de a quien elija su próximo presidente el pueblo americano, la amistad con Israel permanecerá intacta.

La buena noticia es que el apoyo civil a Israel en los Estados Unidos es aplastantemente manifiesto y genuinamente bipartidista, garantizando que incluso un líder que no fuera muy partidario de nosotros dudaría seriamente antes de adoptar posturas abiertamente antiisraelíes. Además, ¿quién de nosotros soñó alguna vez con que George W. Bush iba a estar del lado de los buenos?

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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