Un pedazo de hojalata, la nueva maravilla de la factoría Pixar

Un pedazo de hojalata, la nueva maravilla de la factoría Pixar

(Michael Gerson).- Para ser una película infantil, “WALL-E” comienza con una soledad deprimente: paisajes épicos de la Tierra enterrados bajo los desperdicios del incesante deseo humano. Así es como termina el mundo – no con una explosión nuclear, sino con una liquidación por cierre en «Buy n Large,» un híbrido cinematográfico entre la Corporación Target y el totalitarismo. El único monumento de la humanidad es el mega-centro y montañas de basura descartada.

Uno se pregunta lo que saca un niño de 6 años en una tarde de verano de este apocalipsis post-consumidor. Pero esta siniestra grandeza responde al propósito cinematográfico de destacar un parpadeo de humilde rebelión – un robot solitario llamado WALL-E, comprimiendo sin sentido la basura en cubos cuidadosamente apilados. Durante estas excavaciones, rescata artículos brillantes — luces de la Navidad, cubos de Rubik, encendedores — que (como las colecciones al azar hechas por los niños) se convierten en muestras de personalidad, incluso de humanidad. WALL-E dedica su tiempo libre a ver incesantemente un video de «¡Hello, Dolly!» — un resto veteado metálico de romance y belleza en un mundo desprovisto de ambas cosas.

Los seres humanos hace mucho tiempo que han evacuado la Tierra para entregarse al incesante placer de los cruceros por el espacio. Una pared que muestra imágenes de los capitanes de naves anteriores recoge 700 años de regresión evolutiva — de valientes exploradores del espacio a corpulentos niños adultos, incapaces de caminar sin ayuda. Los seres humanos se desplazan por el transporte espacial en sillas adaptadas flotantes, consumen alimento de vasos gigantes y toman parte en comunicaciones constantes de estilo Facebook mientras comunican poco aparte de quejas y aburrimiento.

Aunque WALL-E solamente dice unas cuantas palabras en la película, su compasión, vulnerabilidad y torpeza simpática despiertan la humanidad dormida de todo el mundo que se encuentra, robot y humano. Hacer creíble esto es un logro cinematográfico de importancia, combinando la intensidad emocional del cine mudo con los extraordinarios paisajes de la ciencia ficción.

Pero hay un propósito más profundo en «WALL-E.» Sin revelar demasiado de la trama, el embrujo del consumo egocéntrico es roto eventualmente por una mezcla de música, belleza natural, manitas y baile (el ballet espacial de WALL-E y su enamoramiento letal resulta elegante y memorable). Al contrario que algunas películas de miedo, este «marciano» propaga el humanismo contagioso. Al contrario que las pesimistas imágenes de «Westworld» o «2001: Una odisea del espacio,» los robots se rebelan a favor de la humanidad.

Algunos conservadores han rechazado «WALL-E» como una cruda crítica a la empresa y el capitalismo. Esto es cierto solamente si el capitalismo es igual a consumismo sin límites – una convicción que Adam Smith no parecía compartir. Smith defendió que la prosperidad humana precisa de «buen temperamento y moderación.» El autocontrol y el uso prudente de la libertad son centrales para su teoría moral. Y éstas son exactamente las virtudes celebradas en “WALL-E.” Los créditos del final — dignos de quedarse a verse – son un hermoso tributo al arte y el trabajo, la destreza y el refinamiento.

«WALL-E» es en parte una parábola ambiental, pero su idea principal es moral. La película sostiene que los seres humanos, ayudados por la tecnología, pueden convertirse en prisioneros de su consumo. La búsqueda de lo último conduce al conformismo. La búsqueda del placer desplaza las alegrías del afecto y la amistad. La búsqueda de nuestros deseos de cartón piedra logra eclipsar nuestra visión de las estrellas.

Si el mega-centro es el símbolo de decadencia en «WALL-E,» el símbolo de renovación es el musical «¡Hello, Dolly!» Y no es una elección tan extraña. El musical es la gran expresión artística americana, que es probable que dure siglos. En su edad dorada en particular, los musicales de Broadway representaron la fe en el triunfo del amor, la esperanza y la coreografía. «WALL-E» logra reconstruir un mundo entero a imagen moral del musical – recorriendo sus reliquias culturales de dulzura, anhelo emocional y tolerancia. Es un tributo a «WALL-E» – y a los genios de Pixar que lo crearon – que esta película, en algún futuro desesperado y distante, podría servir al mismo propósito cultural.

Lo que quizá sea lo más asombroso de todo de “WALL-E” es su atrevimiento. No el falso atrevimiento que transgrede los límites de la brutalidad o el gusto. Más bien la audacia de satirizar salvajemente a la gente postrada es sillas mullidas de salón consumiendo bebidas de tamaño familiar – que se asemejan sospechosamente a la audiencia (incluyéndome a mí) de un cine de lujo. El atrevimiento de atacar a una cultura de consumo que va a determinar si “WALL-E” es un éxito comercial o un fracaso.

Y más allá de estas paradojas intelectuales, esta película animada de verano se atreve a plantear un principio central para nuestra humanidad. La gente – los niños y los demás – precisa del recordatorio constante de que es más que la suma de sus deseos. Y en esta tarea, un pequeño robot va a guiarla.

© 2008, The Washington Post Writers Group

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído