Cuando Occidente se tapa la nariz

Cuando Occidente se tapa la nariz

(PD).- En 1978, justo hace treinta años, la dictadura militar argentina utilizó el Mundial de Fútbol para maquillar su sangrienta represión ante una comunidad internacional que miraba para otro lado con el mismo argumento que ahora sirve para justificar la sumisa participación en los Juegos Olímpicos de Pekín: el deporte aúna voluntades.

Subraya Ignacio Camacho en ABC que, al menos en Argentina el Campeonato fue concedido a una democracia que luego mutó en feroz tiranía mediante un golpe de Estado, pero en China ni siquiera existe esa coartada; el cerrado sistema político que obtuvo la Olimpíada es el mismo siniestro represor ante cuyo ominoso despotismo cierra los ojos el mundo occidental por la sencilla razón de que en estos momentos es su mejor cliente.

El deporte aunará voluntades, pero no rescata democracias secuestradas. Al contrario, permite a los verdugos de la libertad la exhibición ostentosa de una eficacia ficticia lograda mediante el aplastamiento de los derechos humanos, de la iniciativa individual y de la razón de la persona.

Todo el esplendor que Pekín mostró ayer en su fastuoso despliegue no es más que el escaparate de una gigantesca dictadura capaz de prohibir hasta el uso de calcetines blancos para proyectar su imagen mejor perfilada.

Aplastando el piadoso argumento de que los Juegos servirán para incrementar el progreso y el bienestar de los chinos y abrir su sociedad al contacto exterior, el régimen comunista ha barrido disidentes, uniformado ciudadanos y despejado a punta de fusil sus calles para crear un artificial espacio de prestigio en el que la comunidad olímpica pueda desentenderse de su propia conciencia haciendo abstracción del lúgubre escenario en el que se ha dejado invitar por pura conveniencia.

Pero nada de lo que allí se ve es verdad; esa fachada de perfecta normalidad aparencial es fruto de un maquillaje tan concienzudo como perverso que sólo adquiere carta de naturaleza a través de la complicidad interesada de unos participantes a los que la suerte de los chinos se la trae al pairo mientras las pistas reluzcan para mejor lucimiento de los atletas.

Sólo el irrespirable y contaminado medioambiente pequinés, del todo incompatible con la salud deportiva, bastaría para desenmascarar ese tinglado inaceptable por países nominalmente comprometidos con el desarrollo sostenible.

Empero, ni siquiera ese flagrante agujero negro de la organización ha sido cuestionado más allá de una fatalidad lastimera; las naciones civilizadas humillan la cerviz y tragan el humo negro que tizna sus entrañas democráticas de una vergonzosa connivencia con el triunfal esplendor forzado de la autocracia anfitriona.

Y el metal brillante de las medallas de Pekín quedará oscurecido para siempre por esta oscura, mercantil conchabanza universal con la uniformidad arbitraria y criminal de un régimen impermeable a la libertad que, cuando se apague la llama del pebetero olímpico, bajará de nuevo su amenazador telón de silencio sobre una enorme nación yugulada.

VÍA ABC

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