Los protomártires del nacionalismo periférico

(PD).- Sin llegar al delirio de orate racista de Sabino Arana, la mayoría de los «padres fundadores» de los distintos nacionalismos y regionalismos españoles, los Castelao, Cambó, Infante y otros, no resisten una lectura actual intelectualmente serena.

Subraya Ignacio Camacho en ABC que merecen respeto de pioneros, hijos de su tiempo y de su historia, pero sus doctrinas oscilan a menudo entre el iluminismo y la extravagancia, cuando no mueven, como el aranismo, a desacomplejado y cachondo descojone.

La clase política emergida del Estado de las autonomías se siente deudora de sus encomiendas y ha construido sobre ellas un rentable modo de vida, pero a nadie se le escapa el desfase del legado doctrinal en que se han basado. Así que en la mayoría de los casos se ha solventado la contradicción colocando a los «padres de la patria» autonómica en una hornacina simbólica de protomártires de causa, santificados de oficio para sacar rédito de su evocación retórica.

Quizá el que más haya sufrido el manoseo histórico de los posteriores beneficiarios de su legado sea el bueno de Blas Infante, cuyo bienintencionado pensamiento redentorista ha caducado en buena parte a la misma velocidad que han evolucionado las condiciones sociopolíticas en que fue concebido.

El régimen autonómico de Chaves se proclama heredero del ideario infantiano, probablemente insostenible en la Andalucía del turismo y las subvenciones europeas, mientras en la práctica se lo pasa por el forro sin atreverse a cuestionarlo públicamente para continuar utilizando el martirologio de su memoria.

Incómodo ante la obligación de tener que rendirle en pleno agosto homenaje ritual por su inicuo fusilamiento, el virrey andaluz lleva unos años haciendo desplantes a la efeméride, con un pasotismo displicente que provoca una pintoresca pelea a muertazos en la escena política regional.

Sucede que, lejos de desmarcarse del infantismo, ni siquiera para referenciarlo en sus precisas coordenadas históricas, es el propio PSOE el que ha situado al «padre de la patria andaluza» en el frontispicio de su fachada ideológica. Como todo régimen hegemónico, pretende estar al plato y a las tajadas: reivindica la herencia fundacional para que nadie se la arrebate, y al tiempo la desprecia con arrogancia gestual para sentar sus propias bases de supremacía.

A diferencia de Cataluña, Galicia o el País Vasco, donde el nacionalismo gobierna o conserva amplias cuotas de influencia, en Andalucía ha desaparecido del mapa la opción política directamente inspirada en la doctrina infantista, lo que ocasiona la paradoja de que tres proyectos nacionales como PSOE, PP e IU disputen de boquilla un contradictorio reclamo ideológico que no les cuadra. Disparate sobre disparate.

Al ilustre don Blas hay que reconocerle su esfuerzo de pionero regionalista, honrando moralmente su sacrificio y respetando su obra en el ámbito del estudio histórico, en vez de porfiar a garrotazos por la atribución de su primogenitura.

El problema de la Andalucía actual no es la supervivencia de un andalucismo de pata negra, sino la degradación de su sociedad civil, la persistencia del retraso socioeconómico y la transformación de la autonomía en un rígido e hipertrofiado sistema clientelar, en el que los nuevos caciques viven, como camisas viejas, instalados en el usufructo oficial de una memoria de conveniencia.

VÍA ABC

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