Segundo `round´: McCain y Obama se acusan por sus vínculos con las firmas hipotecarias rescatadas

(PD).- Por una noche salieron del barro en el que se ha metido de pronto la campaña electoral. Los 500 puntos esfumados en la última jornada en Wall Street no daban para bromas ni repeticiones de los penosos argumentos cruzados en los últimos días a través de vídeos de propaganda para ensuciarse mutuamente.

Escribe Lluis Bassets en El País que, ante la escapada de Obama en las encuestas de la última semana, la campaña de McCain había desenterrado viejos argumentos ya usados sobre la biografía y el carácter de Obama y este último, en respuesta, apeló también a un viejo escándalo financiero en el que estuvo envuelto el veterano senador.

Ninguno de estos hilos argumentales tuvo seguimiento en el debate de esta madrugada, cuyo formato, parecido a Tengo una pregunta para usted, permitió un espectáculo aceptable sobre los dos temas centrales de la campaña: la situación económica y el papel de Estados Unidos en el mundo.

En el punto en que se encuentra la campaña, el debate clarificó al menos una cosa: Obama ofrece un creciente perfil presidencial y va saltando un obstáculo tras otro sin descomponer su figura ni dejar una arruga en su imagen, mientras que McCain no consigue añadir la punta de velocidad que necesita para alcanzar al corredor que va en cabeza y ha empezado a incurrir en fallos que pueden llegar a ser relevantes.

En todo caso, no ha habido grandes novedades respecto a los principales elementos que conforman el debate electoral. Nada de lo que se ha oído esta madrugada suena desconocido a oídos de los norteamericanos.

Incluso hay una especie de repetición como un sonsonete del temario y los argumentos del primer debate. Alrededor del estado maltrecho de la economía y de los desafíos del cambiante panorama internacional, las respuestas sólo variaron en intensidad, quizás incluso en dramatismo, a fin de cuentas obligado dada la persistencia de las turbulencias bursátiles.

Los intercambios fueron más vivos y contundentes, pero sin aportaciones sustanciales que permitan introducir nuevos factores desconocidos en la campaña. Buena parte de los golpes han sonado a estereotipados y conocidos, salidos directamente de los cuadernos de guiones de los equipos de campaña.

Los dos se han comportado como buenos actores para este tipo de espectáculo televisivo, pero Obama aparece como más natural y sincero frente a un McCain más forzado e incluso impostado en sus respuestas.

La gestualidad y el comportamiento de los candidatos sobre un escenario muy dinámico han tenido en algunos aspectos mayor interés que las propias palabras pronunciadas. La diferencia entre ambos candidatos no pudo ser más viva, acentuada por el braceo dificultoso de McCain al acompañar sus intervenciones.

La juventud y dinamismo de uno y la rigidez y la edad que se acerca a la ancianidad del otro es el principal contraste del desafío dialéctico entre las dos personalidades.

En el caso de McCain este contraste se ve acentuado por su insistencia en acudir al pasado y a su experiencia: el abuelo cebolleta que regresa siempre a sus batallitas levanta muchas simpatías y suscita respeto y afecto entre sus conciudadanos, pero difícilmente proporciona la seguridad y la autoridad que se requiere para conducir a Estados Unidos en una situación tan difícil.

McCain cometió además un error, que puede amplificarse en los próximos días, al hablar de forma despreciativa y descortés de su adversario, al que nombró como «ese de ahí», algo que fue inmediatamente percibido como muy negativo por todos los comentaristas.

El núcleo argumental de este debate, y probablemente del último tramo de campaña, es muy sencillo: el principal argumento de McCain se llama McCain y el de Obama trata sobre el desastre de Bush que obliga a un cambio radical.

Ante cualquier interrogante el veterano senador se ofrece a sí mismo, con su biografía de héroe militar y su currículo de maverick político (alguien a quien le gusta jugar por cuenta propia), como garantía de que habrá un cambio en la Casa Blanca y en Washington. Obama, por su parte, tiene en los ocho años desastrosos de Bush y en el apoyo recibido en gran parte de sus políticas por parte de McCain el argumento definitivo para presentarse como la auténtica opción de un giro drástico.

Esto es especialmente eficaz cuando se proyecta sobre el terremoto financiero, fácilmente identificable con la filosofía política antiregulación y antiintervencionista republicana.

El guión de McCain le ha conducido a insistir en los grandes temas económicos conservadores, como la reducción de impuestos, sin percibir que profundiza en la identificación con la política que ha conducido a la actual crisis y le cubre de un manto de insensibilidad ante las dificultades que atraviesan las clases medias norteamericanas.

La mejor oportunidad para Obama, aprovechada plenamente, se produjo al cierre del programa. «¿Qué es lo que usted no sabe y cómo lo va aprender?», preguntó Tom Brokaw, el experimentado periodista encargado de moderar el debate.

Obama respondió que su mujer Michelle respondería mejor a esta pregunta y evocó emotivamente los nuevos retos a los que se enfrentará el nuevo presidente para conseguir que el sueño americano prosiga en las nuevas generaciones.

McCain, en cambio, apelando de nuevo a su biografía y a su pasado, consiguió que los telespectadores mantuvieran la atención todavía en la frescura y la espontaneidad de Obama, vencedor del debate según las primeras encuestas y cada vez más cerca de alcanzar la presidencia del país más poderoso del planeta.

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