¿Cuál es la verdadera ideología política de Obama?

¿Cuál es la verdadera ideología política de Obama?

Michael Gerson.-A menos de dos semanas de su probable elección como presidente, prosigue el debate acerca de la naturaleza de las ideas políticas más profundas de Barack Obama. ¿Es como discretamente esperan muchos progres y acusan de manera contundente muchos conservadores un radical encubierto? ¿O es una figura más sutil y moderada que apoyó, y a continuación desechó, el izquierdismo del sur de Chicago en aras de una implacable ambición? Hay pruebas de ambos puntos de vista.

Para aquellos en el primer grupo, Obama es el socio de Ayers, el acólito de Alinsky, el amigo de Pfleger, el discípulo de Wright. ACORN, siguiendo este argumento, no le queda lejos.

Es indudable que la trayectoria de Obama en la legislatura de Illinois fue convencionalmente progresista en delincuencia y gasto, y radical en el aborto. Durante su breve carrera en el Senado estadounidense, ha evitado escrupulosamente ofender a los electorados progres. Como candidato
presidencial, Obama ha intuido que no hay necesidad de desarrollar una tercera vía alternativa a la agenda Gore-Kerry; su discurso de convención, por el contrario, fue la forma Platónica de ese enfoque. Y a juzgar por el testimonio que prestan sus momentos con la guardia baja, Obama siente un desprecio elitista hacia los conservadores amargados que se aferran a Dios, y pretende «distribuir la riqueza.»

De manera que ¿no queda el asunto zanjado? Realmente no. Desde sus días en la Facultad de Derecho de Harvard, Obama ha mezclado opiniones políticas progresistas con tendencias a la reconciliación. Siendo legislador del estado, sus propuestas de bienestar social fueron con frecuencia pequeñas y lo bastante faltas de controversia para ganar el apoyo Republicano. Nunca se unió a la cultura bélica anti-religión del progresismo secular. Hasta en el discurso de anuncio de su oposición a la Guerra de Irak, Obama tuvo
cuidado en señalar que no es un pacifista.

Llegado el momento de apoyar la posesión de armas, las escuchas a terroristas y la pena capital, Obama se adaptó sin gran esfuerzo aparente. Cuando llegó el momento de tirar por la borda a sus socios de Chicago, no se detuvo en sentimentalismos.

Esto podría parecer cinismo, pero Obama no parece percibirse como un radical en dique seco. Se ve a sí mismo como un reconciliador de contrarios, observador de los méritos de ambas partes, el trascendente de
los debates sin salida. Es el sanador racial que comprende el odio racial.
El candidato de la paz que prefiere una guerra más agresiva en Afganistán y Pakistán. El novato que se rodea de figuras tranquilizadoras del estamento gubernamental.

Durante los debates presidenciales, Obama reforzó esta imagen como analista, no como ideólogo, el profesor de la Universidad de Chicago, no el organizador izquierdista de la comunidad. Sus formas extinguen las acusaciones inflamatorias de extremismo.

De forma que a los conservadores les queda lo que podría llamarse la esperanza Niebuhriana. Uno de los filósofos favoritos de Obama es Reinhold Niebuhr (aunque imagino que el filósofo favorito de Niebuhr podría haber sido el mismo que el de George W. Bush). El pensamiento de Niebuhr es complejo, pero es conocido adecuadamente como el teólogo de la humildad conflictiva — a causa de su creencia en que la naturaleza humana es defectuosa y falible hasta, o especialmente, en la búsqueda de buenas causas. El hombre, decía Niebuhr, es «una criatura irónica» porque «olvida que no es simplemente un creador, sino también una criatura.»

En igualdad de condiciones, los conservadores prefieren que los progresistas sean irónicos y autocríticos antes que mesiánicos y llenos de intensidad radiante. En el caso de Obama, esta tesitura se podría traducir en una administración centrada en objetivos alcanzables, dirigida por
profesionales razonables y templados (como Tom Daschle y Dennis Ross), que se esfuerzan por llegar a los Republicanos en el nuevo gabinete, y evitan las batallas culturales siempre que es posible.

Pero existe un motivo de que en general no elogiemos a los soldados Niebuhrianos, los policías Niebuhrianos o los presidentes Niebuhrianos.
En ocasiones la realidad exige valor y claridad, no aires de ironía. Y el valor puede ser imprescindible para confrontar a un Congreso Demócrata apasionado y genuinamente radical.

Tras una victoria electoral, es probable que Obama se enfrente a un desafío masivo: la institución política menos responsable, menos respetada y menos popular de América, el Congreso de orientación Demócrata también sería la que saldría más reforzada. Los líderes Demócratas con grandes mayorías
se verían empujados por la convicción y la arrogancia, y presionados por electorados Demócratas, hacia medidas más divisorias que castiguen y alienen a las empresas, que busquen ajustar cuentas políticas e imponer el progresismo cultural. Esta predecible historia de reacción exagerada, contraataque y amargura podría destruir con facilidad la presidencia Obama, antes incluso de sus primeros logros a menos que sepa encontrar de pronto la capacidad para modelar, tamizar y hasta luchar contra las
tendencias autodestructivas de su propio partido.

Un radical encubierto ni siquiera se resistiría. Un Niebuhriano, en conflicto, con ambiciones de reconciliación, haría la tentativa. Pero tal vez sólo un moderado apasionado, comprometido y valiente podría tener éxito.

¿No es irónico?

© 2008, The Washington Post Writers Group

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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