Los retos de Obama: la recesión global y el rearme nuclear de Irán

Los retos de Obama: la recesión global y el rearme nuclear de Irán

(MICHAEL GERSON).-Los primeros años de Barack Obama bien podrían estar dominados por la recesión y un Irán que se está dotando de armamento a marchas forzadas. Algunos conservadores se verán tentados de alegrarse de su inevitable lucha; otros de propagar exageradas teorías de conspiración a partir de sus orígenes y relaciones. Será fácil achacar la culpa de cada problema emergente a los errores y fallos de un joven presidente inexperto. Pero en mi caso será más difícil.

Finalizo este momento de trascendencia nacional con profunda preocupación por el próximo presidente. Su victoria es probable que desate a un Congreso Demócrata ideológico y vengativo. En la prueba de una campaña larga, Barack Obama ha aparentado ser cuidadoso, pero en ocasiones se ha mostrado dubitativo e inseguro de su orientación. Promete diálogo y cierre de heridas, pero se aferra a un progresismo que no ve ninguna necesidad de innovación. Y como resultado de un episodio de pánico financiero que socavó injustamente a todos los Republicanos, Obama se ha encontrado con el tipo de victoria más peligroso. Un mandato para el cambio pero sin ideas. Un mandato sin significado claro.

Pero unas elecciones presidenciales son algo más que una elección política; son una frontera moral. No solamente implican el triunfo de la mayoría sino la transferencia de la legitimidad que también ata a la minoría. Este es un rasgo del debate político moderno que en gran medida no se debate: la legitimidad. Es una especie de magia democrática que convierte en autoridad a los electores. No exige ningún acuerdo político. Implica el respeto patriótico a los procesos de gobierno y la determinación de honrar al presidente en representación del título que ostenta.

En las últimas décadas, la magia de la legitimidad ha parecido esfumarse. Los detractores del Presidente Bill Clinton convirtieron sus discrepancias (y los propios errores humanos de Clinton) en un ataque a su poder. Algunos recurrieron a demenciales teorías conspiratorias, incluyendo la acusación de delito políticamente motivado. Tras la reelección del Presidente George W. Bush, determinados elementos de la extrema izquierda iniciaron su propio ataque contra su legitimidad, hablando de derogación presidencial al tiempo que repetían sus propias teorías demenciales de delitos y engaño.

Tras un merecido período de gracia, es probable que el nuevo presidente descubra que la intensidad de esta amargura no ha hecho sino concentrarse. Debido al partidismo ideológico de los informativos del cable, el debate radiofónico e Internet, los estadounidenses son ahora capaces de recibir su información a través de fuentes totalmente partidistas. Si lo eligen así, pueden vivir en un mundo totalmente ideológico de su propia creación, percibiendo a cualquiera ajeno a ese mundo como un imbécil o un delincuente, y encontrando a muchos que van a animar su intolerancia. Los progres han perfeccionado esta maquinaria de desprecio a lo largo de los últimos años. Teniendo en cuenta la provocación, es probable que el mismo enfoque se vuelva contra el presidente nuevo también por parte de la derecha.

Los primeros años de Barack Obama bien podrían estar dominados por la recesión y un Irán que se está dotando de armamento a marchas forzadas. Algunos conservadores se verán tentados de alegrarse de su inevitable lucha; otros de propagar exageradas teorías de conspiración a partir de sus orígenes y relaciones. Será fácil achacar la culpa de cada problema emergente a los errores y fallos de un joven presidente inexperto. Pero en mi caso será más difícil.

Recuerdo los vivos días de posibilidad abierta que siguen a una victoria presidencial. Me encontraba casualmente en el Salón Roosevelt en enero de 2001 justo cuando el retrato de Teddy Roosevelt, a caballo con pose de héroe, era desplazado sobre la chimenea, de donde cuelga durante las administraciones Republicanas. Y sé que alguien estará mirando cuando Franklin Roosevelt vuelva al lugar de honor, sintiendo la misma esperanza y responsabilidad que yo sentí.

Hay una colosal sensación de trascendencia y responsabilidad que conlleva ocupar un puesto administrativo en la Casa Blanca. Se llega a apreciar las elecciones contrarias que han realizado otros — y el papel rebelde de la historia a la hora de frustrar los mejores planes. Comprender los desafíos de un presidente se vuelve más fácil, y más difícil cuestionar sus motivaciones. En última instancia, pienso que cada presidente, y la plantilla que contrata, sienten el deber de servir a un único interés nacional. Y en última instancia necesitamos que nuestros presidentes tengan éxito, lo que fracasen para nuestra propia satisfacción o justificación.

Esta presidencia en particular debería ser fuente de orgullo hasta entre aquellos que no comparten sus prioridades. Un afroamericano realizará el juramento de investidura a unas manzanas de donde en tiempos los esclavos eran hacinados en corrales y vendidos por dinero. Dormirá dentro de un inmueble construido en parte por mano de obra esclava, cerca del salón donde Lincoln convirtió en ley con pulso firme la Emancipación. Ofrecerá cenas donde en 1901 Teddy Roosevelt hizo de anfitrión a su primer huésped afroamericano, el mando de un ejército que no se integró oficialmente hasta 1948. Cada acontecimiento, cada acto, pondrá fin a un ciclo de la historia. Será la demostración más palpable de que la promesa de América — tanto tiempo pospuesto — no es una mentira.

Sospecho que voy a tener muchas críticas fundamentadas a la nueva administración, empezando enseguida. Hoy tengo un único mensaje para Barack Obama, que será nuestro presidente, mi presidente: aclamemos al Comandante en Jefe.

© 2008, The Washington Post Writers Group

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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