Tibet continúa sometido a represión, a la prensa extranjera le impiden investigar

(PD).- Reporteros sin Fronteras deplora la falta de buena voluntad de las autoridades chinas para que la prensa extranjera pueda acceder al Tibet. La organización denuncia la represión a que están sometidos los tibetanos que se atreven a hablar de su suerte.

Por ejemplo, recientemente han detenido a un monje tibetano por grabar un vídeo a cara descubierta y responder a las preguntas de un periodista extranjero, sobre la tortura que padeció en la cárcel.

«El simple hecho de que en Tibet no se aplique la libertad de movimiento y de entrevistar, concedida a los periodistas extranjeros, evidencia que la provincia himalaya continúa en estado de excepción.

Los diferentes testimonios de periodistas extranjeros que han conseguido ir a la provincia confirman que la fuerte presencia militar y policial ha instalado un clima de temor entre la mayoría de los tibetanos. Ese black-out informativo va destinado a impedir que los periodistas puedan hacer, de manera independiente, un balance de los acontecimientos de marzo», ha manifestado la organización.

«En primer lugar pedimos a las autoridades de Pekín que dejen que los periodistas extranjeros puedan ir al Tibet, sin obstáculos. Por otra parte es urgente que pongan en libertad a todos los tibetanos detenidos por delitos de opinión, entre ellos el de dar testimonio de la situación», ha pedido Reporteros sin Fronteras.

El 4 de noviembre de 2008, medio centenar de policías y militares detuvieron a Jigme Gurí, monje del monasterio de Labrang (provincia de Gansu), después de que grabara, a cara descubierta, un vídeo contando las torturas padecidas tras su detención el pasado marzo. El mencionado monje también respondió en septiembre a las preguntas de un periodista de la agencia Associated Press, explicando que le colgaron de los brazos y le estuvieron pegando para que confesara que era el líder de las manifestaciones de marzo en Labrang. Desde que le detuvieron, las autoridades no han facilitado ninguna información acerca de la suerte que ha corrido.

El 17 de octubre las autoridades chinas anunciaron que se mantenían en vigor las reglas que permiten a los periodistas extranjeros disfrutar de libertad de circulación, y para entrevistar. Pero dichas reglas no se aplican en la región del Tibet, donde la prensa solo puede ir con el consentimiento de las autoridades locales; unos permisos que se reparten con cuentagotas entre los corresponsales extranjeros.

En agosto, unos periodistas de la Agencia France-Presse intentaron ir a la región tibetana de Garze, provincia de Sichuan, donde poco antes el ejército había disparado contra unos manifestantes. Consiguieron llegar a Kangding, pero les resultó imposible ir hasta Garze. Por instrucción de las autoridades, no encontraron ningún chofer que aceptara llevar extranjeros allí. Los periodistas pudieron constatar una importante presencia militar, tanto en las ciudades como en los campos, y un estricto control policial en torno a los templos.

Hay numerosos controles policías en torno al Tibet y las provincias de población tibetana, así como en torno a Lhasa, donde es necesario conseguir un permiso para ir hasta Shigatse o Gyantse.

Ningún periodista extranjero ha podido cubrir los procesos de los tibetanos acusados de participar en las revueltas del pasado marzo. Según la reciente declaración de un oficial chino, al menos han condenado a 55 personas a penas de cárcel.

Preguntados por Reporteros sin Fronteras, varios periodistas extranjeros han explicado que, desde las revueltas, han aumentado las dificultades para trabajar en Tibet. «Cada vez son menos las personas que se atreven a hacer declaraciones. Y es un calvario investigar los acontecimientos de marzo. El miedo puede leerse en todas las caras», asegura una periodista europea que fue al Tibet en agosto. Como el resto de las personas preguntadas, viajó a la provincia provistade un visado turístico. «La presencia masiva del ejército y la policía, y también las cámaras colocadas en muchos puntos de la ciudad, crean un sentimiento general de desconfianza y paranoia. Los tibetanos saben muy bien que si hablan con un extranjero se arriesgan mucho», ha explicado, por su parte, un reportero europeo.

«Muchos habitantes de Lhasa están persuadidos que de hay micrófonos y cámaras en las esquinas de las calles, en las tiendas y en los taxis. Cualquiera puede ser sospechoso de confidente. Por eso evitan las preguntas. En las zonas rurales, la gente tiene menos miedo», ha asegurado también una periodista que ha regresado de Lhasa.

«Hay monasterios que están casi vacíos. Es fácil notar que algunos monjes y guardianes están allí para vigilar. Intentan impedir las conversaciones directas con los extranjeros», añade. Por su parte, la escritora y blogger tibetana Woeser ya habló, desde Lhasa, del clima de terror, antes de que la detuvieran y obligaran a marcharse del Tibet, en el pasado agosto.

Aunque los extranjeros pueden entrar en algunos cafés de Internet de Lhasa, a veces se encuentran con sitios, como Facebook, inaccesibles. Y según una especialista del Tibet, que reside en Francia, los foros de discusión en tibetano están muchos menos activos que antes de los acontecimientos de marzo.

Por otra parte, el 28 de octubre condenaron al monje Ludrup Phuntsok a trece años de cárcel, por haber participado en la redacción del libro «Mahseng Zhedra». De 23 años de edad, vivía en el monasterio de Achog Tsenyi, en Ngaba. A otros monjes de ese monasterio les han condenado por motivos que se desconocen. Y siguen detenidos sin juicio el realizador de documentales Dhondup Wangchen y Washu Rangjong, presentador de una televisión local.

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