El silencio de los carneros

El silencio de los carneros

(ALFONSO ROJO).- Lo más indignante es su silencio. No mientras los llevan en rebaño al matadero, sino ante las masacres que invocando a Alá perpetran los facinerosos.
¿Han visto ustedes fotos de multitudes marchando por las calles de Peshawar, Karachi, Hebrón o Teherán en protesta por los crímenes de Bombay?.

¿No han echado en falta que los telediarios no nos estén sirviendo diariamente imágenes de legiones de musulmanes encolerizados contra los fanáticos que asesinaron a un rabino y a su esposa, mientras la mujer acunaba a un niño de dos años?

¿No les choca no tener constancia de que se hayan producido concentraciones de repulsa contra los malvados, al menos en uno de los países de ese arco que va desde Mauritania a Indonesia y cuya característica común es la fe en el Corán?

Uno casi comprende que no haya movilizaciones en España, donde los islámicos son más de un millón, pero alguna declaración -de esas que no arreglan nada pero tranquilizan conciencias- podían haber emitido ya. Ni siquiera los miembros de la ilusoria Alianza de Civilizaciones, que promociona el presidente Zapatero, han dicho esta boca es mía.

Es un sarcasmo que los mismos que lanzaron amenazas por doquier y se alzaron furibundos, jugándose la vida propia y ajena, irritados por unos dibujitos, ni pestañeen ante el sacrificio brutal de 175 inocentes. Y los asesinos no son seres anónimos sin filiación: salieron de Pakistán, se consideraban piadosos musulmanes y perpetraron su masivo crimen en aras del Islam.

Una sociedad medianamente sana no puede tolerar en su seno ese tipo de monstruos. Debería aislarnos, convertirlos en proscritos, condenar y denunciar públicamente sus actividades y teorías, en lugar de ignorar, amplificar, justificar o explicar su perversa conducta.

A la espera de eso, que tardará probablemente generaciones, lo que nos resta es exigir a nuestros gobiernos más vigilancia, mejores servicios de inteligencia y mucho coraje. En tiempos como estos y a la vista de lo ocurrido en Bombay, habrá que aferrarse al viejo lema: «Al terrorista y al pichón… perdigón».

Publicado en ABC

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