Caos en Pakistán

Caos en Pakistán

(David Ignatius).- Pakistán parece un cóctel molotov a la espera de ser prendido. Su élite gobernante discute de política, mientras a pie de calle los insurgentes Talibanes intensifican sus atentados suicida. Su ejército desempeña el papel de conciliador nacional al mismo tiempo incluso que teme a los revolucionarios musulmanes entre sus propias filas.

Mientras tanto, Estados Unidos, aliado y benefactor histórico de Pakistán, es simbolizado en la consciencia popular por los vehículos no tripulados que circulan sobre la frontera occidental matando insurgentes Talibanes por control remoto.

Lo que constituye el motivo de que dos representantes de la administración Obama, el embajador Richard Holbrooke y el Almirante Mike Mullen, realizaran una visita de urgencia la semana pasada para explicar la nueva estrategia de la administración para Afganistán-Pakistán. Durante una breve gira, reunieron pruebas de la crisis de Pakistán, y exploraron formas de ayudar al país a volver al camino de la estabilidad.

Una muestra indirecta de los problemas de Pakistán surgía poco después de la llegada de Holbrooke y Mullen la noche del lunes. Anne Patterson, embajadora estadounidense de buena fama, había convocado a parte de la élite política de la nación para recibir a los americanos que llegaban.

Durante una sesión de ruegos y preguntas informal, estalló la polémica entre un prominente partidario del Presidente Asif Ali Zardari y un partidario del juez disidente que preside el Supremo Iftikhar Mohammed Chaudhry. El conflicto, divulgado después por la prensa paquistaní, fue la imagen de un país tan ocupado peleándose que no está solucionando sus problemas.

El día siguiente trajo nuevas pruebas de los peligros a los que se enfrenta Pakistán. Holbrooke y Mullen se reunieron con un grupo de líderes tribales jóvenes que habían viajado, poniendo sus vidas en considerable peligro, desde Waziristán y otras zonas fronterizas. Algunos vestían los coloristas turbantes propios de la frontera; otros llevaban ropa occidental. Si los líderes Talibanes de sus regiones supieran que iban a reunirse con el enviado especial de Obama y el presidente del alto mando, podrían perder la vida.

«Todos somos Talibanes,» decía un joven, aludiendo a que los habitantes de su región apoyan la causa, si bien no las tácticas terroristas. Explicaba que la insurgencia se está extendiendo por Pakistán, no a causa del proselitismo de líderes como Baitullah Mehsud sino motivada por la rabia popular. Por cada militante abatido por un vehículo Predator estadounidense, dice, 10 más se unirán a la causa de los insurgentes.

«No se pueden acercar a la gente porque les odian,» advertía. Escuchándoles hablar a través del traductor, uno se da cuenta de que «ataque teledirigido» se ha convertido en una fórmula vernácula del Urdu.

En realidad, se escucha más claridad a los miembros jóvenes de las tribus que de la élite presente en la recepción de la embajada. Los jóvenes aconsejaban que América canalice su ayuda a través de los jefes tribales, conocidos como maliks, en lugar del corrupto gobierno paquistaní. Debería ayudar a entrenar al cuerpo de vigilancia de fronteras, una policía tribal cogida con alfileres, en lugar de confiar en las tropas del ejército paquistaní que son percibidas como forasteros. Para contener el avance de las madrazas islámicas militantes, Estados Unidos debería ayudar a mejorar los pésimos centros públicos de la región.

Más avanzado el día, Zardari se reunía con nosotros en su palacio con vistas a la ciudad. Era convincente al hablar del legado de su difunta esposa Benazir Bhutto, asesinada en diciembre de 2007 a manos de lo que él llama «el cáncer» del terrorismo musulmán. Pero en ciertos asuntos de seguridad e Inteligencia de cierta importancia, decía no tener conocimiento ni pretender culpar a los demás, y la impresión general fue la de un presidente por accidente que todavía tiene un grado de control incierto de las riendas del poder.

Zardari sí ofreció una intrigante oferta para dar uso a los vehículos teledirigidos Predator. “Apreciaríamos que la tecnología fuera transferida,» decía, para que los Predator se convirtieran» en nuestra maza contra la amenaza (terrorista). Entonces podríamos justificarla.” Los funcionarios estadounidenses decían más tarde que el comentario de Zardari podría suponer un paso adelante.

Como sucede con tanta frecuencia en los países proamericanos al borde del abismo, parte del problema es el vacío entre lo que dicen los funcionarios en privado y lo que pueden admitir abiertamente. Los líderes paquistaníes saben que los ataques con Predator ayudan a combatir a los Talibanes en el remoto Waziristán, pero no quieren parecer lacayos estadounidenses. De manera que en público expresan su protesta por la misma estrategia a la que ellos han dado su apoyo en privado. El vacío debe cerrarse de una forma u otra.

Si hay una señal positiva en todo este caos, es que el ejército paquistaní no está interviniendo para limpiar el desastre. El General Ashfaq Kiyani, el Jefe del Estado Mayor, viene diciendo a los políticos feudales que hay que organizarse. Pero él parece entender que la ruta a la estabilidad no empieza por otro golpe de estado del ejército sino haciendo que esta democracia ingobernable funcione antes de que sea demasiado tarde.

© 2009, Washington Post Writers Group

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