Irán: la revolución Twitter quiere libertad ya

Irán: la revolución Twitter quiere libertad ya

(Michael Gerson).- Los presidentes que tratan con levantamientos populares en el extranjero están atormentados por dos precedentes históricos. El primero es Hungría en 1956, en el que Radio Free Europe alentó una sublevación armada contra la ocupación soviética — una rebelión que América no tenía ni la capacidad ni la intención material de apoyar. En el enfrentamiento entre cócteles molotov contra tanques, murieron cerca de 2.500 revolucionarios; 1.200 fueron ejecutados más adelante.

El segundo precedente es Ucrania en 1991, donde se congregaban las fuerzas que destruyeron eventualmente la Unión Soviética. El Presidente George H.W. Bush visitó esa república soviética un mes antes de sus comicios programados sobre la independencia. En vez de alinearse con las aspiraciones ucranianas, pronunció un discurso que advertía contra “el nacionalismo suicida” y un “rumbo desesperado de aislamiento.” William Safire la denominó el discurso «de la gallina de Kiev”, lo que le iba a las mil maravillas. La primera administración Bush tenía tanto miedo a la inestabilidad geopolítica que logró quitar importancia a los ideales americanos al tiempo que perdía una oportunidad estratégica. La independencia ucraniana fue aprobada de forma aplastante.

En la respuesta a lo correo postal del Presidente Obama a la revolución Twitter de Irán, se ha escorado hacia el modelo de la gallina de Kiev. Lo que no debería sorprender a nadie. Durante la campaña presidencial, Obama resumía su orientación en asuntos exteriores: «Es un debate entre ideología y realismo exterior. Tengo una enorme simpatía por la política exterior de George H.W. Bush.” Tal “realismo” se ha traducido en críticas al régimen iraní que empezaron siendo patéticas y progresaron hasta llegar a tibias. La intención parece evidente — criticar lo justo para evitar aparentar ser cínico, pero no tanto como para minar la posibilidad de diálogo con Mahmoud Ahmadinejad y los mulás.

La justificación práctica de este enfoque es que la «intromisión» estadounidense desacreditaría a la oposición iraní. Pero esta explicación demuestra lo simplista que «el realismo» acaba siendo a menudo. No es necesario ni aconsejable que un presidente estadounidense critique directamente el proceso electoral de Irán ni que apoye activamente a la oposición. Obama podría haber criticado con dureza en su lugar a los criminales motorizados del régimen por abrir la cabeza a las mujeres y los jóvenes durante las protestas, y encabezar al mundo a la hora de condenar la censura a la prensa y la red y la detención de los disidentes. En lugar de criticar el proceso político de Irán, podría haberse pronunciado en favor de los derechos humanos con firmeza y claridad.

Los argumentos en favor de este enfoque no son simplemente morales. Revierte de manera directa y terca en interés de los Estados Unidos estimular el espacio social suficiente en Irán para poner a prueba lo lejos que pueden llegar estas protestas. Si Obama no está dispuesto a emplear su credibilidad moral en esta causa, tendría que explicar cuál es la otra causa tan urgente.

Algunos todavía insisten en que el diálogo con Irán sigue siendo más urgente que la improbable esperanza de cambio fundamental en su régimen. Pero la fe en el diálogo parece ya cada vez más ingenua, ideológica y desconectada de la realidad. Si la represión en Irán funciona — y ha funcionado antes — el contexto estratégico de las conversaciones es mucho peor. El líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, ha decidido claramente que el electorado político que tiene Ahmadinejad es también su propio electorado político — la fuente civil de la legitimidad patente del régimen. Esto significa, en esencia, que el ayatolá depende ya de Ahmadinejad en lugar de ser al revés — o puede que codependiente sea el término apropiado. El apocalíptico presidente de Irán saldrá reforzado si finalmente el régimen sobrevive. En el asunto de las armas nucleares, en el asunto del antisemitismo, en el asunto del apoyo al terrorismo, Ahmadinejad se sentirá reivindicado, no castigado.

¿Qué aspecto tendría una reunión estadounidense con un Ahmadinejad triunfante? Hasta algunos de los partidarios más firmes del diálogo se están preguntando: «Teniendo en cuenta la práctica certeza de que las elecciones de Irán estaban amañadas,» escribe Fred Kaplan en Slate, «y el hecho documentado de que los manifestantes están siendo machacados, no hay forma de que Obama o la Secretario de Estado Hillary Clinton puedan acudir a Teherán a estrechar la mano del Presidente Mahmoud Ahmadinejad, y mucho menos esperar que cualquier diálogo vaya a dar frutos.”

Pero la ficción de un diálogo rápido con un régimen sigue siendo atractiva para la administración porque las alternativas son pocas y tienen defectos. El mundo podría intentar socavar la capacidad nuclear iraní directamente — como la administración anterior (se tiene constancia) intentó hacer a través de la acción encubierta, y como Israel podría intentar hacer a través de bombardeos. En el mejor de los casos, esto sólo retrasaría el programa nuclear iraní con la esperanza de futuros cambios políticos. O el mundo podría endurecer las sanciones iraníes e incrementar su aislamiento — intentando crear una atmósfera mejor y diferente de cara a un futuro acuerdo. Pero esto supone el apoyo de unos socios europeos vacilantes y una Rusia profundamente irresponsable.

Teniendo en cuenta estas opciones, puede que la alternativa más realista en Irán sea también la más idealista: libertad ya.

© 2009, Washington Post Writers Group

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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