El fracaso afgano

El fracaso afgano

En los noventa se habló de «injerencia humanitaria»; después, de cambio de régimen en viejas tiranías y de «alianza de democracias» con la bonita idea de que no hay mayor garantía para nuestra seguridad que la democratización universal, y de que un régimen abierto, con garantías, sin abusos de poder jamás sería santuario de Osama Bin Laden.

Afirma Alberto Sotillo en ABC que Afganistán, Irak, Somalia o el Congo son hoy sólo distintos escenarios de un mismo fracaso. Su democratización se ha perdido en un laberinto de fidelidades tribales, étnicas y religiosas mucho más potentes que cualquier juego ideológico.

La OTAN en Afganistán ni es una autoridad ni el instrumento de una revolución democrática, sino una tribu más de los varios cientos que se disputan el país.

Es absurdo creer que en una sociedad patriarcal va a instalarse de la noche a la mañana un partido liberal-conservador y otro socialdemócrata, con cultura del consenso y reparto de poderes. Las elecciones afganas no son una «fiesta de la democracia», sino días de sangre y violencia en los que cada quien deposita el voto en función de su adscripción étnica y tribal rezando para que esa peligrosa fiesta pase lo antes posible.

La democracia es una cultura que no se impone con un despliegue de tropas y cuatro optimistas oenegés.

Un cambio de cultura de esas dimensiones sólo fue posible en el arrollador choque de civilizaciones que llevó Hernán Cortés a México o tras arrojar la bomba atómica en Hiroshima. Y como ni la OTAN ni cualquier país civilizado está dispuesto a hacer nada parecido deberíamos empezar por reconocer nuestros límites: nunca convertiremos Afganistán en un país a nuestra imagen y semejanza.

Ese es el camino que ya condujo a la Unión Soviética al mayor de sus fracasos.

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