MOSCU SIN BRÚJULA

Pánico en las barricadas (XI)

Pánico en las barricadas (XI)
Ciudadanos esperan delante de una barricada hecha con tranvías en Moscú, donde se habían producidos enfrentamientos entre partidarios y opositores del golpe, el 21 de agosto de 1991. EP

El rumor recorría como un soplo helado los pasillos de la Casa Blanca y saltaba en susurros de una a otra barricada.

«¡A las cuatro de la tarde van a asaltar el Parlamento!»

La gente juraba haber visto detener a unos agentes del KGB vestidos de civil, que intentaban introducirse subrepticiamente en la «fortaleza».

Era falso, pero estalló la histeria contagiando hasta a los más estoicos. El propio Yeltsin, que hablaba por teléfono con John Major, colgó abruptamente el auricular asegurando al primer ministro británico que se aproximaban los tanques.

A las seis de la tarde, Eco de Moscú, la pequeña emisora de radio emplazada en el Parlamento ruso, anunció a bombo y platillo que venían los carros blindados de los golpistas.

 «¡Se prepara un ataque inminente! ¡Las mujeres y los niños deben abandonar rápidamente la zona!»

El vicepresidente Rutskói detrás de Gorbachov, el 21 de agosto de 1991.

En ese momento, mientras los altavoces colocados en el exterior del edificio difundían una y otra vez el acuciante aviso, los transportes de tropas y algunos de los tanques apostados enfrente encendieron sus motores y emprendieron la marcha.

«¡Se van! ¡Se van los soldados que defendían el Parlamento! ¡Nos dejan solos!»

En la mañana, algunos soldados de la división Tamanski habían proclamado su lealtad a la Federación Rusa y la gente creía sinceramente que estaban allí protegiendo a Yeltsin.

Entre lágrimas, desesperados, algunos jóvenes se interpusieron en el camino de los vehículos. Todo fue inútil.

Los militares rusos partieron con rumbo des-conocido. Sobre la explanada sólo quedaron diez grandes carros T-72 cubiertos de flores y carteles.

Los únicos diez blindados que, según el vicepresidente Rutskoi, obedecían las órdenes de Boris Yeltsin. Hubo unos instantes en que dio la impresión de que se avecinaba la gran estampida. Algunas mujeres apresuraban asustadas el paso sobre el ancho puente que cruza el río Moscova, en dirección a la avenida Kutusov.

Por la megafonía se volvió a oír la voz del locutor anunciando la «inminente llegada de los tanques golpistas» y la multitud formó corros, apiñándose y aguzando el oído, para escuchar las confusas noticias que vomitaban los pequeños transistores.

Un joven tanquista del Ejército Rojo fgrente al Parlamento, en agosto de 1991.

Boris Yeltsin, personalmente, lanzó un patético mensaje por radio. Pidió a la población que acudiera al Parlamento. El noticiero de las nueve de la noche trajo «buenas noticias».

El primer ministro Pavlov había sido hospitaliza-do con signos de sufrir un ataque cardíaco. Cuando el locutor dijo que Dimitri Yazov, el ministro de Defensa golpista, y Kriuchkov pueden haber dimitido, un alarido de júbilo recorrió de un extremo a otro el lugar.

Dos minutos después, cuando informó que los golpistas implantarían esa noche el toque de queda, el ruido se hinchó un poco y luego fue extinguiéndose hasta que volvió a reinar un completo silencio.

El mecanismo utilizado por Stalin para llevar a cabo su política y acallar las voces disidentes, fue el régimen de terror.PD

Te puede interesar

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leido