MOSCÚ SIN BRÚJULA

Sangre en el asfalto (XIII)

Sangre en el asfalto (XIII)
Un tanquista ruso lee un panfleto contra el golpe de 1991 Gueorgui Pinkhassov

El oficial debía llevar la pistola Makarov en la mano y montada, porque en cuanto vio al hombre encaramarse al blindado y prender la mecha de tela del cóctel Molotov, le descerró un balazo en el pecho.

El civil, un veterano de la guerra de Afganistán, dio un traspié, se tambaleó y fue a caer de bruces, boqueando como un pez, sobre la chapa metálica. Fue entonces cuando se desato el pánico.

El comandante cerró apresuradamente la escotilla e hizo ademán de embestir con su vehículo la barrera de trolebuses que le cerraban el paso, mientras los otros nueve BMP del escuadrón giraban alocadamente intentando salir de la ratonera.

Las diez tanquetas de la división Tamanski habían estado aparcadas varias horas junto al amarillento edificio de la vieja embajada norteamericana.

Algo después de la medianoche, cuando los altos generales del Ejército Rojo acordaron tras una agónica discusión retirar su apoyo a los ocho golpistas, debieron recibir la orden de retornar a su acuartelamiento, en las afueras de Moscú.

Un pope ortodoxo exhortando a la resistencia ante el golpe comunista de 1991.

Arrancaron inopinadamente y enfilaron por la calle Chaikovski hacia la plaza Smolensko. Recorrieron estrepitosamente dos centenares de metros, se introdujeron en el paso subterráneo que cruza bajo la avenida Kaliniski y se detuvieron frente a la barrera.

Los militares empezaban a maniobrar para volver sobre sus pasos, cuando descubrieron consternados que al otro extremo del túnel les estaban cortando la retirada. Los muchachos habían planeado de antemano la maniobra, porque en segundos atravesaron sobre la calzada varios camiones.

Fue entonces cuando el veterano de Afganistán brincó como un gato sobre el primer blindado y el oficial lo mandó al otro mundo de un tiro.

Si el incidente hubiera ocurrido el día anterior, probablemente la gente habría huido despavorida, pero a esa hora los miles de jóvenes rusos armados de palos que protegían su Parlamento olían ya la victoria.

Varios asieron una lona y la arrojaron sobre el primer BMP, tapando todas sus mirillas. Cegado momentáneamente, el aterrado tanquista no tuvo otra ocurrencia que apretar a fondo el acelerador atropellando todo lo que se interponía a su paso. Uno de los desventurados ni siquiera tuvo tiempo de apartarse.

Tanques en la Plaza Roja de Moscú, durante el golpe comunista de 1991.

Las cadenas le pasaron por encima, partiéndolo en dos pedazos. El comandante consiguió cruzar la barrera, dejando un surco de chatarra entre los trolebuses y se alejó a toda máquina hacia su acuartelamiento seguido por un solo blindado.

Sobre el mojado pavimento quedaron esparcidos varios miembros humanos, un vehículo en llamas y siete BMP.

Atrapados en la terrible disyuntiva de abrirse camino a cañonazos sembrando la muerte entre sus propios compatriotas o arriesgarse a perecer incinerados bajo los cócteles Molotov, los soldados decidieron par-lamentar y pasarse al bando de los «demócratas».

Eran la viva imagen de la confusión. Dentro de la Casa Blanca, al final de un interminable pasillo y casi a oscuras, Mstislav Rostropovich rasgaba delicadamente a esa hora las cuerdas de su violoncelo.

El violoncelista Mstislav Rostropóvich.

Al enterarse del golpe, el maestro había abordado el martes en Londres un avión y se había plantado en Moscú. Superó sin tropiezos la aduana y se presentó como un recluta en el Parlamento.

Yeltsin le estampó dos besos en las mejillas y le asignó dos guardaespaldas. Rostropovich llevaba una hora tocando para ellos, cuando se dio cuenta que los dos hercúleos tipos, cubiertos de chalecos antibala y armados hasta los dientes, roncaban como dos benditos.

Rasputín, el 'Monje Loco' con una pene enorme y aparentes poderes sobrenaturales, que tanto influyó en la corte del último zar ruso.PD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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