MOSCÚ SIN BRÚJULA

La Noche de los Generales (XIV)

La Noche de los Generales (XIV)
El General Boris Gromov, Héroe de la Unión Soviética. EP

Los dos «ángeles guardianes» de Rostropovich no hubieran dormido tan apaciblemente de haber sabido lo que se cocía desde hacía veinticuatro horas en el Kremlin.

A pesar de las llamadas a la cordura de los golpistas «moderados», Kriuchkov había conseguido imponer su criterio al resto del Comité de Emergencia.

«¡Basta ya de contemplaciones!», concluyó rotundo el director del KGB, entre los gestos de aprobación del ministro Yazov.

 «Es imprescindible que acabemos de una vez con el circo que ha montado Yeltsin y ocupar ese maldito edificio. Camaradas, sólo hace falta dar carta blanca a los Alpha y el problema se soluciona en unos minutos. ¿De acuerdo, camarada Yanaev?»

El vicepresidente soviético parecía muy pálido, pero no podía saberse si la palidez se debía al miedo que empezaba a atenazarle las tripas o a la luz mortecina de la lámpara del despacho.

Al oír su nombre, levantó bruscamente la vista, como si le hubiera so-prendido que se dirigieran a él. Se sentía a merced de los ojos de búho de Kriuchkov.

Tragó saliva y musitó: «De acuerdo.»

Si los golpistas decidían asaltar la Casa Blanca, los candidatos más evidentes para ejecutar la operación eran los 200 profesionales de una misteriosa unidad antiterrorista del KGB llamada Alpha.

En enero de 1991 habían sido ellos los que se encargaron de «limpiar» los estudios de televisión en Vilna, la capital de Lituania, y prueba de su letal eficacia fueron la docena de nacionalistas a los que mataron a culatazos.

Cuando Kriuchkov convocó a los comandantes de Alpha, los tres militares coincidieron en estimar que el asalto del Parlamento, del que tenían detallados planos, y la captura de Yeltsin y su Estado Mayor no les llevaría más de media hora.

Lo que no garantizaron fue que aceptasen el sangriento encargo. El director del KGB arqueó estupefacto las pobladas cejas.

Estaba acostumbrado a que los subalternos se cuadrasen como estatuas cuando él hablaba y reiteró la orden silabeando cada palabra.

«Los hombres no quieren realizar la operación», comenzó a explicar el más veterano.

 «Muchos tememos que todo pueda derivar en una guerra civil entre rusos.»

Kriuchkov dio un bufido. Apuntó al oficial con el índice y el pulgar como si fuera una imaginaria pistola. Su gesto tenía una clara intención amenazante.

«¡¿Quién le ha preguntado lo que temen?! ¡¿Quién?!»

Kriuchkov hizo una larga pausa y después, tras pasear desafiante la vista por los rostros de los militares, dijo:

«La operación comenzará a las tres en punto de la madrugada.»

Los tres se incorporaron al unísono, saludaron marcialmente y abandonaron el despacho con sendos taconazos.

Los comandos Alpha no fueron los únicos que desobedecieron abiertamente las órdenes del Comité de Emergencia. Tropas procedentes de una división de élite con base en Tula, al sur de Moscú, se habían detenido el martes a las afueras de la capital negándose a avanzar sobre el Parlamento.

El general Pavel Gratchev, comandante en jefe de los paracaidistas, llevaba horas eludiendo el ataque a la Casa Blanca.

Cada vez que llamaba el general Varennikov, el petreo Gratchev se excusaba argumentando que sus hombres todavía no estaban listos.

El presidente ruso Boris Yeltsin con el poderoso general Pavel Gratchev.

El general y viceministro del Interior, Boris Gromov, el último militar soviético en retirarse de Afganistán, que el 23 de julio había estampado su firma al pie de un manifiesto exigiendo un golpe de timón conservador, desoyó reiteradamente las instrucciones de su inmediato superior, el ministro Boris Pugo.

La división Dzerzhinsky, controlada por el visceral Gromov, ni siquiera se desplegó en Moscú.

Todas estas insubordinaciones fueron una travesura infantil comparadas con la abierta rebelión del general Shaposhnikov y los pilotos de la Fuerza Aérea.

Shaposhnikov no ocultaba su aversión hacia los gol-pistas y ordenó a sus cazabombarderos interceptar cualquier helicóptero militar en ruta hacia la «fortaleza» de Yeltsin.

El general llegó a insinuar la posibilidad de bombardear el Kremlin, «en caso de violencia generalizada».

A las tres de la madrugada del miércoles 21 de agosto de 1991, la hora en la que supuestamente Alpha debía estar asaltando el edificio del Parlamento, el desvelado Yeltsin recibió una llamada del propio Kriuchkov.

El director del KGB garantizó personalmente que no habría ataque esa noche.

«Puede usted dormir tranquilo, camarada Yeltsin», concluyó jocoso el golpista, ignorando quizá que faltaba muy poco para que fueran él y sus arterioscleróticos cómplices los que no pudieran conciliar el sueño.

 

Los terroristas del ISIS atacan un avión ruso y este los caza como conejos.PD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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