MOSCÚ SIN BRÚJULA

Pilotos y marinos contra infantes (XV)

Pilotos y marinos contra infantes (XV)

La cadena de mando militar se resquebrajaba y con ella las posibilidades de los golpistas.

La reunión de generales convocada a las 07.00 de la mañana del miércoles en el Ministerio de Defensa, degeneró en un agrio intercambio de insultos y recriminaciones entre los partidarios de la «mano dura» y los que consideraban el golpe una insensatez.

La Marina se alineaba descaradamente con Shaposhnikov y su Fuerza Aérea, contra los «duros» del Ejército de Tierra. A punto de concluir la asamblea, Shaposhnikov presentó un ultimátum, exigiendo la retirada de las tropas y la disolución del Comité de Emergencia.

Yazov, con las venas hinchadas y el rostro amoratado de furia, explotó.

«¡¿Quién cree usted que soy yo?! ¿Un crío que no sabe lo que quiere? ¿Piensa que voy a cambiar de opinión?», gritó el ministro de Defensa.

«¡Yo soy el ministro y quíen manda en estas reuniones, no usted, general Shaposhnikov!»

Yazov pronunció las últimas palabras camino de la puerta y con ellas se despidió de sus subalternos. Salió de la sala dando un tremendo portazo.

Un minuto después, los generales aprobaban replegar las tropas a sus cuarteles. Eran exactamente las 08.10 del miércoles 21 de agosto de 1991.

El golpe neocomunista de Moscú había fracasado. En los naufragios, las ratas gordas son siempre las primeras en abandonar el barco y en el Kremlin muchos ya sólo pensaban en salvar la piel.

Los grandes generales del Ejército Rojo durante el golpe comunista de 1991.

Kriuchkov, el más entero, tomó como siempre las riendas. Decidió que lo menos malo era enviar una delegación a Crimea a negociar con Gorbachov y se encaró con Yanaev para saber su opinión.

«Usted ha trabajado con él, es su amigo; debe saber cómo reaccionará.»

El vicepresidente fijó sus ojos en el vaso de vodka, como si acabara de descubrir un mosquito sobrenadando el alcohol. En realidad, estaba pensando por dónde iniciar una respuesta coherente.

«El presidente sigue siendo secretario general de nuestro amado Partido Comunista y uno de los nuestros. Siempre lo ha sido…»

Yanaev sintió que una ola de calor le invadía la cara y optó por callarse. Kriuchkov le dedicó una despectiva mirada.

Volvió a telefonear personalmente a Yeltsin y le propuso en tono conciliador que viajaran juntos hasta la dacha de Foros.

El presidente ruso aceptó en un principio, pero se echó en seguida atrás aconsejado por sus ayudantes, que temían una nueva jugarreta del diabólico director del KGB.

Eran las 09.00 de la mañana y, pisoteando un barrillo pegajoso y negruzco, los «defensores» de la Casa Blanca se dedicaban en ese momento a dar buena cuenta de los últimos bocadillos de mortadela.

Una mujer depositó las primeras flores sobre el ensangrentado trozo de asfalto donde apenas unas horas antes habían muerto, por un estúpido error, un enfervorizado veterano de Afganistán, un buen samaritano y un nacionalista ruso demasiado lento.

Yanaev, todavía más borracho y tembloroso que el lunes, cuando juró ante los corresponsales que Gorbachov estaba enfermo, aprovechó que Kriuchkov seguía pendiente del teléfono para llamar a la Casa Blanca por otra línea y culpar del desastre al director del KGB.

Desde su cama hospitalaria, el primer ministro Pavlov declaró lagrimeando a un periodista amigo que le habían engañado y que nunca había creído en la legitimidad de la asonada.

Vladimir Kriuchkov, como buen jefe del KGB, fue el golpista que mejor aguantó el tipo en 1991.

Yeltsin convocó una sesión urgente del Parlamento ruso e hizo aprobar una orden de arresto contra los golpistas, pero cuando los agentes de policía llegaron al aeropuerto de Vnukovo, a primera hora de la tarde, el avión con Yazov, Kriuchkov, Baklanov y Tizyakov acababa de despegar rumbo a Crimea.

El director del KGB había salido con tanta prisa, que olvidó en el Kremlin la tschemodanschik, el maletín donde se guardaban las claves secretas que activaban el arsenal nuclear soviético.

Inmediatamente se organizó otro vuelo. Rutskoi, con su pistola en la sobaquera, el primer ministro de Rusia, Iván Silayev, dos docenas de hombres armados, unos cuantos funcionarios soviéticos que habían permanecido fieles a Gorbachov y cinco periodistas extranjeros que tuvieron la inmensa fortuna de colarse en el aparato, partieron también hacia el sur.

En Foros, con la oreja pegada a un transistor de onda corta para escuchar los boletines de la BBC, Gorbachov se negó a recibir a los arrepentidos golpistas.

Se sentía de nuevo al mando y ordenó que los enviaran de vuelta a Moscú, en el mismo avión, pero como prisioneros. Todos menos Kriuchkov.

El director del KGB retornó a la capital en el aparato del presidente soviético. Hizo todo el viaje sentado en silencio en la última fila de asientos, con la cabeza reclinada y los ojos cerrados.

Un poco después de las dos de la madrugada, vestido con una fina cazadora de tela, despeinado, sin corbata y con aspecto agotado, Gorbachov tomó tierra en el aeropuerto de Vnukovo. Normalmente sonríe, habla rápido y domina la situación. La madrugada del 22 de agosto no lo hizo.

Sobre el cemento de la pista, donde charló unos instantes con nosotros, hubo momentos en que dio la impresión de estar levemente drogado, como si le hubieran estado atiborrando de medicinas para debilitar su voluntad.

Raisa, habitualmente tan dicharachera y deslumbrante, no dijo nada. Se mantuvo discretamente en un segundo plano, apretando con fuerza la mano de su pequeña nieta.

Gorbachov aterriza en M;oscú, tras pasar varios días retenido en Crimea por los golpistas comunistas de agosto de 1991.

Gorbachov se quejó amargamente del trato que le dispensaron los golpistas durante las jornadas de arresto domiciliario y agradeció públicamente a Yeltsin su enorme valor. Parecía profundamente afectado.

Todo el mundo sabía por la radio que el presidente soviético volvía a Moscú, pero la gente no acudió a recibirle. Los únicos que nos acercamos a Vnukovo fuimos los corresponsales -yo lo hice guiado por Igor Mihalev que parecía no necesitar dormir- y un puñado de altos funcionarios apremiados por los remordimientos y la necesidad de rendir pleitesía al resucitado «máximo líder».

Alexander Besmertnij, el ministro de Exteriores, que durante tres días ni siquiera se atrevió a abrir la boca para condenar el golpe, pasó la noche lanzando babosas sonrisas a las cámaras de televisión.

El general Moiseev, jefe de Estado Mayor, que ni siquiera mostró su desaprobación cuando los carros blindados se adueñaban del centro de la capital, se pavoneaba en una esquina, sacando pecho como si fuera un campeón olímpico.

A las dos y media de la madrugada, Gorbachov prometió revelar muy pronto, «mañana o pasado mañana», los turbios detalles de la conjura.

Tras esta declaración, se dejó caer en el mullido asiento de su larga limusina negra y partió en dirección a su casa. Durmió cuatro horas y salió como un rayo, envuelto en una nube de guardaespaldas y sirenas, hacia el Kremlin, donde consumió la triste jornada repasando con dolor la lista de sus «fieles», escuchando balbuceantes explicaciones, llorosas «confesiones» y marcando con tinta negra los nombres de los que iban a ser eliminados políticamente o sentados en el banquillo de los acusados.

Yanaev fue detenido a media mañana en el Kremlin. Le localizaron roncando, embriagado y apestando a alcohol y miedo, bajo la mesa de su propio despacho.

A Pavlov se le permitió seguir en el hospital, pero vigilado día y noche. Starodubtsev y Baklanov se entregaron sin resistencia. El más escurridizo fue Pugo.

Cuando los policías forzaron la puerta de su apartamento, al mediodía del jueves, encontraron al ministro del Interior tendido en su lecho, con un balazo en el cráneo.

Su mujer, también con un tiro en la cabeza, falleció en el hospital. Oficialmente se dijo que ambos se habían suicidado, pero en Moscú casi nadie cree esa versión.

Son dos filmaciones, una de 1943 y otra muy reciente, en las que aparece vivo y moviéndose un mamut lanudo.PD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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