MOSCÚ SIN BRÚJULA

El Hombre de La Mancha (XVII)

El Hombre de La Mancha (XVII)

Al mediodía del jueves 22 de agosto de 1991, encerrado en su despacho, abrumado por las dudas y las sospechas, Gorbachov debió escuchar nítidamente los vítores que más de 100 000 personas dedicaban a Boris Yeltsin a menos de un kilómetro de distancia.

A la misma hora en la que al otro extremo de la avenida Kaliniski los asistentes al «Mitin de los Vencedores» aplaudían a rabiar al presidente ruso, sobre los adoquines de la inmensa Plaza Roja apenas había gente. Ni siquiera estaba abierto el mausoleo de Lenin.

A Gorbachov le bastaba asomarse a la ventana, situada sobre el muro de ladrillo rojo donde reposan los restos de Stalin, Kruschev, Breznev y todos sus predecesores, para comprobar su inmensa soledad.

Por la explanada deambulaba una decena de turistas despistados, pero no había pancartas, ni partidarios llegados en tropel para apoyar al presidente soviético.

El presidente George Bush le había llamado por teléfono. El británico John Major, el alemán Helmut Kohl, el francés Francois Mitterrand y el propio Felipe González enviaron calurosos telegramas de felicitación, pero en Moscú nadie parecía acordarse del aprendiz de brujo comunista que puso en marcha la perestroika.

A las 8 de la tarde, cuando finalizaba la desafortunada rueda de prensa en la que Gorbachov cometió el funesto error de afirmar que iba a luchar hasta el final de sus días para revitalizar el PCUS, comenzaron los fuegos artificiales.

La explosión de cohetes al anochecer y el eco lejano de los alaridos, que las ráfagas de viento acarreaban desde la plaza Lubianka, donde la turba acababa de derribar la estatua de Dzerzhinski, debieron encoger su corazón.

Jóvenes rusos derriban la estatua de Dzerzhinski en la Plaza Lubianka, el 22 de agosto de 1991.

A principios de los años cincuenta, el estudiante Mijail Gorbachov acostumbraba acudir a un baile que se celebraba sábados y domingos en la residencia donde se alojaba, en la calle Strominka de Moscú. El muchacho había llegado de la región de Stávropol con una condecoración por su labor en la cosecha de 1949.

Aquella medalla, que a los ojos de Stalin borraba el estigma de quienes habían vivido en los territorios soviéticos ocupados por el Ejército nazi, le había permitido ingresar en la Facultad de Derecho de la Universidad Estatal moscovita, algo reservado a estudiantes con un historial político ejemplar.

El de Gorbachov no era especialmente brillante. Había nacido el 2 de marzo de 1931 al sur de la república de Rusia, en tierras del Cáucaso, en el seno de una familia campesina que ni siquiera tenía dinero para comprarle zapatos.

A Mijail le daba vergüenza presentarse descalzo en la escuela, pero ya entonces pesaba más su ambición profesional que su acusado amor propio. Estudió las primeras letras en su tierra natal y el bachiller en Stávropol, la antigua Ekaterimburgo, capital de la provincia.

A los 19 años, con una mano delante y otra atrás, partió hacia Moscú, donde se matriculó en Derecho, gracias a un enchufe de sus padrinos en el PCUS local, y más tarde se hizo ingeniero agrónomo.

Se afilió al partido en 1952, cuando cursaba segundo año de Facultad. Mijail acudía siempre a las fiestas con la sonrisa en los labios, un traje sencillo de color café con leche y un mechón de pelo castaño con el que infructuosamente trataba de cubrir la llamativa mancha de nacimiento que portaba en la frente.

Fue en una de aquellas fiestas estudiantiles, donde se enamoró perdidamente de Raisa Titorenko, una estudiante de Filosofía con la que terminó casándose y a la que se llevó a Ekaterimburgo.

Mikhail Gorbachev y Raisa Gorbachova.

Allí inició su meteórica ascensión, primero en un modesto puesto del Komsomol, la organización juvenil, y después en la estructura del PCUS, e hizo amistad con un tipo gritón, violento e incansable que mucho tiempo después se convertiría en su verdugo: Boris Yeltsin.

Escaló la jerarquía peldaño a peldaño. A finales de los años 50 figura ya como secretario de las Juventudes Comunistas de la provincia.

A mediados de la década siguiente aparece como responsable de la administración agrícola de Stávropol, de cuyo comité sería secretario general en 1970. Atrincherado en ese puesto aprovechó magníficamente los balnearios de la región para recibir, agasajar y conocer a altos dirigentes de la nación.

Así entabló amistad con las dos personas que en 1978 fue-ron decisivas para su retorno a la capital rusa y su elevación al Comité Central y al Politburó: el duro Suslov, el ideólogo conservador, y Andropov, el sempiterno y aperturista director del KGB.

Estos dos personajes pertenecían a clanes enfrentados. La genialidad del brillante camaleón Gorbachov fue ganarse la confianza de ambos. El depresivo Andropov estaba fascinado por las extraordinarias cualidades del joven y en cuanto lo tuvo en Moscú, bajo su protección, lo hizo nombrar secretario del Comité Central y responsable de Agricultura.

Después, cuando el sosegado director del KGB se convirtió en secretario general del PCUS, lo designó su «delfín». A la muerte de Andropov, la gerontocracia comunista se opuso a entregar a Gorbachov inmediatamente el poder, pero aceptó el compromiso de mantenerlo en reserva.

En 1985, cuando falleció el decrépito Chernenko, el «hombre de la mancha» fue elevado por fin a la sagrada categoría de secretario general del PCUS y máxima autoridad del Estado.

Nada en la carrera política de Mijail Gorbachov hacía prever que se convertiría en el artífice del desmontaje del sistema en el que había crecido y de cuya clase dirigente formaba parte. Seguramente tampoco él lo sospechaba.

En alguno de sus agudos análisis K. S. Karol ha escrito que a principios de los años 80 Gorbachov no destacaba por la audacia de sus pensamientos, sino por su empuje, su curiosidad intelectual, su apertura a las ideas de los demás y su fuerte voluntad de hombre de acción.

«Gorbachov brillaba por su dinamismo… No demostró su modernismo sino más tarde, y fue en con-tacto con los extranjeros, ante los occidentales. Todos aquellos que se entrevistaban con él en el Reino Unido, Francia o Italia notaban inmediatamente que no se parecía a los demás dirigentes soviéticos. Al principio no podían explicar su impresión y la atribuían al hecho de que hablaba sin consultar apuntes y se interesaba por todo, planteando preguntas no rituales. Más tarde se constató que, sin ser autoritario, tenía autoridad; que era alguien muy seguro de sí mismo, muy por encima de su entorno.»

En opinión del sovietólogo francés Alexandre Adler, en el fondo de Gorbachov hay un anticonformismo radical, un insondable desprecio hacia sus colegas, que le condujo a desestabilizar su propio régimen.

Su heroísmo no ha sido el del conquistador, el del descubridor genial o el del líder carismático que sus-cita la unanimidad y arrastra a su pueblo.

Pertenece, por el contrario, a la nómina de ese grupo singular de seres destinados al fracaso que, en un artículo memorable, el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger llamó «los héroes de la retirada»: seres cuyo destino consiste en destruir aquello de cuya supervivencia depende la suya propia: «personas que al abandonar sus propias posibilidades no sólo entregan un territorio objetivo sino también una parte de sí mismos».

Mijail Gorbachov y su hija Irina en el funeral de Raisa.

Se puede elucubrar interminablemente sobre la personalidad, las debilidades, las contradicciones y los recovecos del alma de Gorbachov, pero resulta incuestionable que cometió fatales errores de cálculo.

Algunos de ellos inexplicables en un leninista como él, que teóricamente debía conocer los mecanismos de la historia reciente y saber que los sistemas totalitarios sólo sobreviven intactos mientras se mantienen inconmovibles. Cuentan que, en los prolegómenos de la Revolución Francesa, el rey Luis XVI se despertó al oír un enorme tumulto en la calle y preguntó asustado si se trataba de una «revuelta».

El solícito ayuda de cámara le respondió que no, que en realidad estaba produciéndose una «revolución».

El monarca, cuyo intelecto no le permitía distinguir la diferencia semántica entre «revuelta» y «revolución», siguió durmiendo. Cinco años después perdió la cabeza en la guillotina.

Algo similar le ocurrió a Gorbachov el 22 de enero de 1991, cuando retornó de su arresto domiciliario en Crimea.

 

La re-estructuración impulsada por Gorbachov que se saldó con el colapaso del comunismo y la desintegración de la URSS. PD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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