Cuando dos potencias nucleares se acusan mutuamente de jugar con fuego, el mundo vuelve a contener la respiración. Las palabras de Serguéi Lavrov no pasaron desapercibidas: Rusia, dijo el ministro de Exteriores, está dispuesta a hablar con Estados Unidos sobre las sospechas de pruebas nucleares subterráneas que el presidente Donald Trump denunció públicamente. Pero la oferta diplomática suena más a maniobra de imagen que a acto de transparencia.
Trump, tan directo como imprevisible, aseguró que Moscú había violado el espíritu del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, realizando detonaciones en secreto. No solo se refería a pruebas de lanzamiento, como las que todos los países con arsenal nuclear realizan de forma habitual, sino a auténticos ensayos de ojivas. Lavrov lo negó rotundamente y se refugió en la ciencia: si algo así hubiera ocurrido, dijo, los sismógrafos del planeta lo habrían detectado en segundos.
Sin embargo, más allá de las declaraciones cruzadas, el incidente refleja un deterioro diplomático que lleva meses gestándose. El presidente Trump suspendió la planeada cumbre con Vladimir Putin al considerar que, en el contexto actual, las conversaciones “no tendrían sentido”. Desde entonces, los mensajes entre Washington y Moscú han oscilado entre la amenaza y la insinuación.
Lavrov insiste en que el tema de las pruebas nucleares no debe mezclarse con la cumbre de Budapest, pero la realidad es que las líneas de comunicación entre ambas potencias se han enfriado peligrosamente. Trump, cada vez más frustrado por la negativa rusa a frenar su ofensiva en Ucrania, parece haber perdido la paciencia con un Kremlin que se muestra desafiante incluso ante las acusaciones más graves.
Hoy, cuando las doctrinas de “disuasión” y “equilibrio del terror” vuelven a oírse en los pasillos del poder, el mundo revive ecos de una época que se creía superada. Los misiles pueden ser los mismos, pero el escenario es otro: más complejo, más imprevisible, y quizá más propenso al error.

