Pedro Sánchez ha vuelto a utilizar la política exterior como altavoz de su guerra ideológica, esta vez a costa de Israel y de la propia Iglesia católica. Tras conocer que la policía israelí había restringido el acceso al Santo Sepulcro por motivos de seguridad, el presidente no dudó en acusar en X a Benjamin Netanyahu de haber impedido a los católicos celebrar el Domingo de Ramos “sin explicación alguna, sin razones ni motivos”, calificando lo ocurrido de “ataque injustificado a la libertad religiosa”.
Desde Israel, la respuesta no se hizo esperar. El ministro de Exteriores, Gideon Saar, denunció que Sánchez “nunca pierde la oportunidad de incitar al odio contra Israel” y recordó su silencio cuando un misil iraní cayó cerca de la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén. “Cuando un misil iraní impactó cerca de la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, Pedro Sánchez no dijo nada”, escribió Saar, adjuntando la imagen de un fragmento del proyectil interceptado la semana pasada en las inmediaciones del templo.
Cuando un misil iraní impactó cerca de la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, @sanchezcastejon no dijo nada.
Sánchez, que ni siquiera desea a los ciudadanos españoles «Feliz Navidad», nunca pierde la oportunidad de incitar al odio contra Israel.
Israel está comprometido con… https://t.co/z6MLo0DKp9 pic.twitter.com/5fSux7Xywh— Gideon Sa’ar | גדעון סער (@gidonsaar) March 29, 2026
Lejos de quedarse ahí, Saar señaló también la hipocresía del discurso laicista de Moncloa: “Sánchez, que ni siquiera desea a los ciudadanos españoles ‘Feliz Navidad’, nunca pierde la oportunidad de incitar al odio contra Israel”. Al mismo tiempo, subrayó que Israel “está comprometido con la libertad de religión y de culto” y que seguirá defendiéndola, “a diferencia del régimen iraní, que apoya públicamente a Sánchez”. Es decir, el jefe del Ejecutivo español se alinea en el relato con quienes apuntan sus misiles a los Lugares Santos y no con quienes los protegen.
El golpe más demoledor para el relato de Sánchez, sin embargo, no vino de Tel Aviv, sino de Jerusalén. El propio patriarca latino, Pierbattista Pizzaballa, a quien el presidente pretendía erigir en víctima de Netanyahu, desmintió la versión catastrofista de Moncloa. Reconoció que conocía las restricciones, que obedecían a instrucciones internas de seguridad, y que “no hubo enfrentamientos” y “todo se desarrolló de manera muy cortés”. Lejos de hablar de “ataque injustificado”, el patriarca subrayó que el objetivo es “respetar la seguridad de todos, pero también el derecho a la oración”.
Mientras el máximo responsable católico en Tierra Santa pedía calma y diálogo, Sánchez prefería explotar el incidente para alimentar su discurso contra Israel, ignorando tanto el contexto de seguridad como las explicaciones de la propia Iglesia. El resultado es otro episodio de diplomacia improvisada, en el que el presidente se precipita a condenar a un socio democrático, calla ante las agresiones de Irán y termina siendo corregido públicamente por el Patriarca de Jerusalén. Una combinación de oportunismo, sectarismo y temeridad que vuelve a dejar a España en una posición incómoda en la escena internacional.

