La vicepresidenta arremete contra familias y medios de comunicación

De la Vega se va a Argentina en plena crisis del «Alakrana»

Los piratas vuelven a llevar al barco a los tres marineros que bajaron a tierra

Para poner en libertad a los dos facinerosos detenidos en España se necesitaría un cínico ejercicio de justicia creativa que burlase nuestras propias leyes

No hay quien los entienda. O son bobos o se lo hacen, pero es difícil imaginar un despropósito mayor, con la que está cayendo. La vicepresidenta del Gobierno, encargada de presidir la «célula» de crisis del Ejecutivo para seguir el secuestro del «Alakrana», se ha ido a Argentina.

Y lo ha hecho María Teresa Fernández de la Vega en vuelo regular -sin el gabinete de comunicación de los aviones oficiales- para pasar unas horas casi festivas con Cristina Kirchner, olvidándose por unos días de las quejas y peticiones las mujeres e hijas de los pescadores españoles secuestrados en Somalia.

Antes, arremetió, en la conferencia de prensa posterior al Consejo de Ministros, contra la oposición y contra todos aquellos (ayuntamientos, familiares de los secuestrados, armadores, presidentes autonómicos, medios de comunicación…) que critican la desastrosa gestión del Gobierno Zapatero en el caso del «Alakrana».

Tal como se han puesto las cosas, cualquier solución significará el ridículo de un Gobierno que se ha equivocado en todas las decisiones posibles; se trata, pues, de escoger ahora la que mejor garantice la vida de los rehenes y posponer la discusión hasta que estén a salvo.

El ministro de Asuntos Exteriores ha anunciado que los tres marineros, desembarcados el jueves por los piratas y trasladados a Somalia, han vuelto al pesquero.

No ha dado Miguel Ángel Moratinos explicación alguna, pero fuentes de los servicios de Inteligencia españoles, aseguran que la medida ha estado precedida del pago de una importante cantidad y que en este asunto, el Gobierno Zapatero está decidido a «meter todo el dinero que haga falta».

LA MEJOR DE LAS SALIDAS

La mejor de las salidas es mala, porque significa pagar el rescate y dejar que los piratas chuleen a un Estado democrático, pero ya nos podríamos dar con un canto en los dientes si aceptan trincar la pasta y darse el piro.

Para poner en libertad a los dos facinerosos detenidos en España se necesitaría un cínico ejercicio de justicia creativa que burlase nuestras propias leyes; intervenir con un comando de asalto -a la vista de la torpeza que están demostrando nuestras autoridades y sobre todo la ministra Chacón- puede desencadenar un desastre irreparable.

La puesta en libertad de los piratas somalíes encarcelados por orden del Juzgado Central de Instrucción se ha convertido en el eje de la polémica sobre la deseada liberación de los tripulantes del buque español «Alakrana».

Esta concentración del interés público y de las demandas de los familiares en la situación de los dos piratas es comprensible, pero descarga en la Justicia española una responsabilidad que no es suya o, al menos, suya en exclusiva.

Desde este punto de vista, es lógico que en la Audiencia Nacional haya mar de fondo contra la Abogacía del Estado, que en su día avaló -siguiendo instrucciones políticas- el traslado a España de los dos piratas detenidos.

Tan razonable como la indignación de las familias con el Gobierno.

LOS JUECES Y LOS PIRATAS

Si los dos piratas detenidos por la Armada están presos en España no es por razones arbitrarias.

La primera reacción del Gobierno español tras el secuestro del «Alakrana» fue dejar claro que este buque estaba fuera del operativo de seguridad europeo «Atalanta», por lo que no podía aplicarse la cesión de jurisdicción a favor de Kenia, que sí se aplicó a los piratas apresados en mayo pasado.

Una vez a bordo de un buque de guerra español y con plena publicidad de la detención, la Justicia española reclamó a los detenidos.

Desde el momento en que los dos piratas somalíes están imputados ante la Justicia española, sólo se puede aplicar el sistema procesal previsto por las leyes.

Lo que ahora no puede hacerse es poner en libertad a los piratas encarcelados en España, salvo que el Gobierno esté dispuesto a repetir episodios como el de De Juana Chaos o el de Arnaldo Otegi.

La prioridad es el salvo retorno de los marineros, pero cuando vuelvan el Gobierno tendrá que asumir la responsabilidad de su cadena de errores y de su incompetencia superlativa.

Le espera un ajuste político de cuentas del que no va a salir indemne.

UN DESASTRE DE ACTUACIÓN

No se puede actuar peor ante una crisis. Primero por la negativa de Defensa a embarcar soldados en los pesqueros del Índico, como Francia, y la tardanza en autorizar la alternativa de mercenarios armados.

Después por la arrogante decisión de hacer pública la detención de dos piratas y dar pie a que Garzón tratara de lucirse reclamándolos sin lograr otra cosa que un sainete judicial y el agravamiento de las condiciones de rescate. Luego ha venido el trato displicente a los familiares de los secuestrados, denunciado por ellos mismos, y el empantanamiento de las negociaciones.

Y por último, hasta ahora, la sensación de caos y apocamiento en un apuro que ya no tiene salida política honrosa salvo la de apresar a posteriori a los asaltantes.
Capítulo aparte merece ese juez cuya intervención jactanciosa y precipitada ha bloqueado el problema.

LA TENTACIÓN DE GARZÓN

Un Garzón incapaz de resistir, pese a que estaba de suplente, la tentación de reclamar su cuota de protagonismo.

No le han ido a la zaga su compañero Pedraz y el resto de la Audiencia con el vodevil sobre la edad de ese piratita al que le han hecho más radiografías que a Cristiano Ronaldo.

Pero si Garzón reclamó a los detenidos fue porque el Gobierno anunció que los había apresado para sacar pecho y mostrar tardía energía sin calcular que, dispuesto como estaba a negociar, disponía de una eficaz moneda de canje.

Todo parte de unos escrúpulos prejuiciosos sobre el ejercicio de la legítima violencia defensiva, que han bloqueado durante meses la protección de los pesqueros y convertido a la Armada en espectadora de un delito flagrante.

El resultado de este cúmulo de desatinos es la humillación de un Estado democrático de hinojos ante un grupo de filibusteros desharrapados.

A estas alturas será mal menor si los rehenes salen ilesos, pero ese alacrán le va a picar al Gobierno y a su presidente. Vaya si les va a picar.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leido