El futuro de un país devastado y sin gobierno

Haití, o la reconstrucción de un Estado

Sorprende el malestar e incluso indignación de la Europa decadente

A la mayoría de la población de muchos países de América y sobre todo de África probablemente les convendría un protectorado o fidecomiso internacional, fundamentalmente controlado por EEUU

Paradojas de la historia, Haiti, un producto de la indigestión del enciclopedismo y la revolución francesa cuando el nivel de educación y competencia institucional no permitía su aplicación, la primera colonia americana que después de EEUU se independizó de su metrópoli europea dando lugar entonces a la caza inmisericorde del blanco, ahora tras dos siglos de independencia adornada con tiranía, barbarie, crímenes, miseria, analfabetismo y enfermedades, ha de recurrir a la beneficencia internacional y a una especie de fidecomiso o protectorado de facto estadounidense para que su población superviviente tenga alguna posibilidad de salir adelante o no se extermine entre sí.

Acaso el tremendo terremoto de Haiti represente el final del sueño inicial de libertad e independencia trasformado en pesadilla. El retorno a alguna esperanza de “reintegración” a una sociedad más civilizada o menos feroz.

Curiosamente, en Puerto Príncipe desapareció misteriosamente unos años antes de la independencia haitiana, Martinez de Pascual un gran cabalista cristiano, místico y enciclopedista español, autor del “Tratado de reintegración de los seres” que dio la base al Martinismo moderno y al Rito escocés rectificado que aún se practican especialmente en Francia.

Aunque María Teresa Fernández de la Vega tenga mucha experiencia adquirida en zonas devastadas y vaya a la isla a arreglar lo de Haiti, y pese al malestar e incluso indignación de la Europa decadente, unos por convencimientos ideológicos y otros por simple ataque de celos, parece ser que tiene razón EEUU cuando lo primero que hace es intentar volver a crear un mínimo de orden público y disciplina, siquiera sea manu militari que evite el pillaje y posibilite que la ayuda internacional, que empieza a amontonarse en el aeropuerto de Puerto Príncipe, pueda ser distribuida entre la gente que la necesita en vez de saqueada por los dirigentes o las hordas.

El caso haitiano mueve a una reflexión sobre los orígenes del Estado moderno, sobre sus cometidos elementales, básicos, que justifican su existencia, previos incluso a la difusión del bienestar. No hay estado sin derecho, ni derecho sin fuerza que lo ampare.

También sobre legalidad y eficacia, así como del papel de la superpotencia americana como último garante del derecho internacional con preeminencia sobre unas desacreditadas ONU o UE, cuyo papel habitual nos recuerda alguna de las aventuras del primer Quijote novato, el que pretendía ingenuamente que su amo iba a dejar de azotar al desvalido Andresillo una vez que él se alejara, con tal de mentar el ideal de la caballería andante y el respeto a la palabra dada.

“Contra malicia, milicia” sostiene el antiguo aserto y tal aventura parece ser que va ser abordada por el presidente Obama, sin esperar los logros de las escasas mañas benefactoras de nuestra bizarra Vice ni de su orondo escudero Moratinos.

Deseamos que la frase del presidente de EEUU “no os vamos a abandonar a vuestra suerte” sea sincera y que esta complicada aventura americana se vea coronada por el éxito.

No es políticamente correcto decirlo, pero siendo pragmáticos, y visto lo visto mucho tiempo después de su descolonización más o menos pacífica, calamidades naturales aparte y políticas incluidas, a la mayoría de la población de muchos países de América y sobre todo de África probablemente les convendría un protectorado o fidecomiso internacional, fundamentalmente controlado por EEUU, que les defendiera de sus propios dirigentes y paliara los estragos naturales que les amenacen. Tras la independencia haitiana, la parte de la isla antiguamente llamada La Española que hoy es territorio de la República Dominicana y que se fiaba muy poco de sus vecinos haitianos, buscó la protección de la entonces llamada Gran Colombia, e incluso luego de la Corona española que estaba a sus cosas, por no variar una tradición manifiestamente mejorable.

Pero esa idea del fidecomiso o protectorado que intente poner orden y mejorar las condiciones de vida de la población en sus propios países de origen, sería beneficiosa también a los más pobres de muchos países ricos, en la medida que pudiera contribuir a contener la emigración masiva clandestina e ilegal y en consecuencia, la competencia por unos recursos públicos cada vez más escasos, que pueden terminar en déficit públicos insostenibles o arrasando los ya menguados beneficios del estado de bienestar.

Y a quienes les parezca que exagero, acaso no harían mal en ser más previsores y en poner las propias barbas a remojar.

Alfonso De la Vega es escritor.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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