La crisis política, con el proceso de «impeachment» contra la presidenta Rousseff como máximo –pero no único– exponente

La brutal recesión económica, los escándalos y la corrupción de Rousseff dejan a Brasil en caída libre

La catastrófica deriva económica amenaza al gigante latinoamericano con una década perdida

La brutal recesión económica, los escándalos y la corrupción de Rousseff dejan a Brasil en caída libre
Dilma Rousseff. EP

La popularidad de Rousseff ronda el 9%, con una oleada de deserciones y una caída de afiliados en el PT

Brasil es un país que vive hoy instalado en un perpetuo estado de sobresalto. No pasa una semana sin que nefastas noticias inunden las páginas de los periódicos, en un ambiente de profunda decadencia política que se manifiesta en tres vertientes: corrupción endémica en la élite política, carencia de liderazgo y supeditación de los intereses partidistas o personales a los de la nación, que vive su mayor crisis en décadas.

Una crisis agudizada tras la dimisión del ministro de Economía, Joaquim Levy. El año 2016 se presenta de una profunda inestabilidad en todos los frentes.

Como explica Heriberto Aráujo en ‘La Razón’ este 20 de diciembre de 2015, los decibelios aumentaron este mes con la apertura del proceso de juicio político -el llamado «impeachment»- contra la presidenta Dilma Rousseff.

Se trata de un proceso complejo y farragoso -debe ser aprobado por una comisión y por dos tercios de Congreso y Senado antes de que la mandataria sea apartada del cargo- que la oposición no está segura de ganar, pero en cualquier caso revela el escaso apoyo político que el Ejecutivo de Rousseff tiene para gobernar.

En lo que va de año, Rousseff no ha podido sacar adelante medidas relevantes en el Legislativo, que ha paralizado cualquier iniciativa.

No deja de ser sorprendente que el principal protagonista en este boicot gubernamental sea el líder del Congreso de los Diputados, el conservador y evangélico Eduardo Cunha. Enemigo acérrimo de Rousseff desde mediados de año, pese a formar parte del PMDB -el mayor partido político de la coalición gubernamental-, Cunha hace todo cuanto está en su mano para hacer caer a Rousseff, en un intento desesperado de salvarse a sí mismo.

La fiscalía general le acusa de corrupción en la «trama Petrobras» -la célebre «operación Lava Jato»- y ha pedido al Supremo que le cese del cargo por utilizar sus extensas prerrogativas como líder de la Cámara Baja para «intimidar a parlamentarios, reos, colaboradores, abogados y agentes públicos con el objetivo de complicar y retrasar investigaciones contra él».

Esta semana la Policía federal registró dos de los domicilios de Cunha e incluso su oficina en el Congreso en busca de pruebas que le incriminen en la recepción de propinas en el marco del «caso Petrobras».

Si Cunha cae, es probable que el «impeachment» pierda fuelle; pero si se mantiene, Rousseff seguirá maniatada a la hora de aprobar reformas, al tiempo que su credibilidad nacional e internacional se erosiona mientras el proceso de juicio político esté latente. El veredicto se conocerá en el primer trimestre de 2016.

En paralelo a todo este guirigay -que no le hace ningún favor a un país que vive una aguda recesión- avanza la «operación Lava Jato», que no cesa de salpicar al estamento político.

La magnitud del destape alcanza cotas de inusitadas -ya son 60 políticos investigados o imputados, entre ellos, ministros, el ex presidente Luis Inacio Lula da Silva o el tesorero del gobernante Partido de los Trabajadores-, y afecta a cada vez más altos estamentos del Estado.

El pasado 25 de noviembre todas las alarmas sonaron en el Palacio del Planalto -sede de la presidencia brasileña- cuando su líder en el Senado, el parlamentario Delcídio do Amaral, político de gran cercanía a la presidenta, era detenido y encarcelado junto al influyente banquero André Esteves, dueño del banco de inversión BTG Pactual y uno de los hombres más ricos del país.

La Policía detenía por primera vez en la historia del país a un senador en activo, después de que una grabación le implicara en la tentativa de orquestar la evasión hacia España vía Paraguay de Néstor Cerveró, uno de los directores de Petrobras imputado.

¿El objetivo? Desactivar a toda costa una bomba de relojería: impedir que Cerveró -imputado también por corrupción y bajo custodia policial- sellara un acuerdo con la Justicia para explicar todo cuanto sabe de la trama Petrobras -nombres, fechas, valores y modus operandi- a cambio de una remisión de la pena.«No es solo Dilma o Cunha, el Partido de los Trabajadores o los otros, la izquierda ni la derecha, el Ejecutivo o el Legislativo.

Es todo», asegura el profesor Marco Aurelio Nogueira. «Una lava corrosiva está esparciéndose por el país hasta amenazar el futuro. Hay algo podrido en el reino. La política simplemente no funciona», agrega este enseñante de Teoría Política en la Universidad Estadual Paulista (Unesp).

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