Aumentan los millonarios, pero hay cientos de millones de prodioseros

¿Por qué hay tantos pobres en la China del milagro económico?

Una cosa son las cifras y otra quién capitaliza los beneficios

¿Por qué hay tantos pobres en la China del milagro económico?
Dos trabajadores retiran productos lácteos en un supermercado en Wuhan, en la provincia china de Hubei. EFE/Archivo

Mientras los indicadores reflejan una economía sólida, la población del país asiático sufre una inflación desbocada, subidas de impuestos y pobres condiciones laborales.

Un recurso periodístico habitual para describir el proceso de apertura y reforma realizado por China durante los últimos 30 años ha sido etiquetarlo como «el milagro chino».

Explica Juan Pablo Cardenal en El Economista que el término hace referencia, obviamente, a la profunda transformación acontecida en el país asiático durante estas tres décadas, lo que ha permitido sacar de la pobreza a decenas de millones de personas, entre otros réditos.

Sin embargo, como apunta un analista de Singapur a este diario, el uso de dicha terminología no puede ser más inexacta.

«No existe el milagro chino. Nos referimos con frecuencia a él porque contemplamos únicamente sus logros, pero si incluimos en la ecuación sus costes y efectos secundarios, la realidad es otra: no hay tal milagro chino».

Los acontecimientos vividos a lo largo del pasado verano y en este otoño caliente en las calles de China, donde miles -¿millones?- de personas se manifiestan violentamente contra las fuerzas del orden por los efectos de la crisis y los abusos, parecen dar la razón al mencionado analista.

Una cosa son las portentosas cifras de la economía china, y otra bien distinta quién capitaliza los beneficios.

Cifras contradictorias

Y es que, mientras los indicadores reflejan una economía sólida que ha crecido al 9,4% en los tres primeros trimestres de 2011 y que, gracias a su robustez, emerge como tabla de salvación de la economía europea, la población china está siendo duramente castigada por una inflación desbocada (que asciende a 5,5% según las fuentes oficiales y a un 16% según algunos expertos) que menoscaba las economías domésticas, el incremento de la fiscalidad y de los precios inmobiliarios y las pobres condiciones laborales.

Ello ha incendiado las calles de China justo cuando, paradójicamente, el gigante asiático es visto como la gran esperanza para la recuperación económica mundial.

En noviembre de 2011, por ejemplo, cientos de empresarios del sector textil atacaron instalaciones públicas y quemaron vehículos policiales en Huzhou, en la provincia de Zhejiang, en protesta por el aumento de los impuestos locales.

En Pekín y Shanghai estallaron también incidentes violentos por la caída de entre un 20 y un 30% de los precios inmobiliarios, provocando la furia de miles de inversores que poco antes habían comprado más caro y que aspiraban a que el valor de sus inversiones siguiera subiendo.

Y en la ciudad de Wenzhou, considerada la cuna de los emprendedores chinos, una oleada de bancarrotas en pequeñas y medianas empresas por culpa de la crisis de crédito dejó a miles de trabajadores sin sus salarios, con las consiguientes tensiones.

En la provincia de Cantón, epicentro de la fábrica del mundo, se han sucedido las revueltas, los disturbios y las huelgas en las últimas semanas como consecuencia de las precarias condiciones laborales de los emigrantes, las expropiaciones arbitrarias de tierras y las subidas fiscales en un país cuyo coste de vida es cada vez más alto.

Por tanto, ¿cómo se explica que la segunda economía del mundo, que crece a un ritmo endiablado y que ha resistido la crisis como nadie, tenga a su población en pie de guerra?

¿Cómo es que, en un país donde las manifestaciones están prohibidas, hubiera el año pasado 180.000 manifestaciones violentas, según datos oficiales?

«China vive una situación tensa y volátil como consecuencia de que las desigualdades sociales están aumentando muy rápidamente», explica a elEconomista el director de comunicación de la ONG China Labour Bulletin de Hong Kong, Geoffrey Crothall.

Este experto añade que la inestabilidad estalla cuando «la gente del común ve el enriquecimiento de los funcionarios locales con métodos no siempre claros» mientras ellos sufren la inflación, los bajos salarios, los precios inmobiliarios y la ausencia de un sistema de protección social.

Todo ello, insiste Crothall, «prueba que el modelo chino es insostenible a largo plazo».

Los que sí salen ganando

El modelo chino al que se refiere Crothall es el llamado capitalismo de Estado, que fortalece sobre todo a ese engranaje conocido como China S.A. -que incluye al Partido Comunista (PCCh), las empresas estatales y los bancos públicos- mientras buena parte de la población no sólo no logra apenas lucrarse con el (mal llamado) milagro chino, sino que además tienen que pagar la factura.

Ejemplo incontestable de lo anterior es la represión financiera que sufren los ahorradores chinos con sus depósitos, a quienes de facto se les paga intereses cero por la intervención de los tipos de interés (que siempre están fijados por debajo de la inflación), al tiempo que los estrictos controles de capitales impiden que dichos depósitos huyan a opciones inversores más rentables en el extranjero.

De esta forma, los bancos estatales pueden ofrecer financiación muy barata a las empresas públicas para que acometan sus proyectos, a la vez que registran grandes beneficios en sus cuentas de resultados, todo a costa de los ahorradores chinos.

«Los recursos financieros casi ilimitados se explican mientras el sistema financiero siga cerrado. Este modelo encaja con las necesidades del PCCh y es eficiente en el sentido de que sirve a sus intereses y puede ser controlado por ellos, pero no es en absoluto eficiente para los depositarios», explica a este diario Fraser Howie, analista de la consultora CLSA Asia-Pacific Markets. No es ésta, sin embargo, la única represión que sufre el pueblo chino.

En la fábrica del mundo, por ejemplo, uno de los motores de la economía china durante las tres últimas décadas, acontece otro tanto. El PIB de ese periodo dibuja una curva claramente ascendente, mientras la curva de salarios es prácticamente plana.

Lo que ello ha ocasionado en la práctica es que los trabajadores emigrantes no han ido enriqueciéndose a medida que lo hacía el país, porque la fábrica del mundo seguirá siendo competitiva mientras sus costes -laborales y de otra índole- permanezcan bajos.

En otras palabras: apenas se ha producido un derrame de riqueza -vía mayores salarios- hacia la población.

Prósperas empresas estatales

Por tanto, a la vista de lo expuesto, la pregunta es obligada: ¿quién está realmente capitalizando el (mal llamado) milagro chino? La respuesta se encuentra en un reciente informe de la U.S.-China Economic and Security Review Comission del Congreso estadounidense.

En él, se apunta que el 50% del PIB chino es atribuible a las empresas estatales del país asiático. Eswar Prasad, de Brookings Institute, apunta que «el control efectivo del Estado en la economía» es probablemente superior al 50%.

La necesidad de consumidores

Los economistas estiman que para que China pueda erigirse en un motor de la economía mundial deberá cultivar una clase consumidora con capacidad de comprar productos y servicios al resto del mundo.

Nicholas Lardy, economista del Peterson Institute for International Economics, calcula que sólo en 2008 las políticas gubernamentales arrancaron alrededor de 36.000 millones de dólares de los ahorradores chinos por «impuestos encubiertos», cifra que se habría multiplicado exponencialmente en la última década.

Lo que quiere decir es que un auténtico dineral ha sido usurpado de los bolsillos de los consumidores chinos y en dirección a China S.A.

Casualmente, el consumo ha caído en esa década en China como porcentaje del total del PIB: de representar el 45%, al 35%, el más bajo porcentaje de consumo de las grandes economías del planeta. Michael Pettis, profesor de finanzas de la Universidad de Pekín, declaró recientemente a The New York Times que si el gigante quiere seguir creciendo, el sistema tendrá que cambiar.

«Tienen que dejar de penalizar a las familias. Para que el consumo se dispare es necesario que dejen de llevarse el dinero de los hogares».

Ello implicaría, desde luego, desmantelar al menos en parte ese «capitalismo de Estado» que ha permitido al país asiático llegar tan lejos durante tres décadas.

En medio de las tensiones sociales provocadas por las desigualdades y por la percepción de que los beneficios de la locomotora china están llegando sólo a unos pocos, la pregunta es obligada: ¿cómo puede el régimen abrirse para que los beneficios alcancen a todos y, a la vez, seguir teniendo el control de la economía? ¿Seguirá siendo China tan competitiva sin su «capitalismo de Estado»?

En otras palabras: ¿cómo transformar a China en un país moderno, plural y participativo y, al mismo tiempo, proteger la dictadura comunista para siempre?

 

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