Hiroo Onoda asesinó a 30 civiles

Muere el soldado japonés que seguía ‘luchando’ 30 años después del fin de la II Guerra Mundial

Su jefe tuvo que desplazarse hasta la isla de Lubang para convencerle de que EEUU había aplastado a Japón

Se alimentaba de plátanos y cocos, escondido en la selva de Filipinas durante tres décadas sin saber que la II Guerra Mundial había terminado

Era un fanático, participó en atrocidades y ha acabado como un héroe. El ex teniente japonés Hiroo Onoda, que vivió escondido en la selva de Filipinas durante tres décadas sin saber que la II Guerra Mundial había terminado, falleció este jueves en Tokio a los 91 años.

Onoda, que llevaba hospitalizado desde principios de mes y falleció este 17 de enero de 2014, sorprendió a Japón con su inesperada aparición en 1974, cuando finalmente decidió abandonar su misión en la jungla y volver a su país.

El ex teniente del Ejército Imperial nipón fue enviado en 1944 como oficial de inteligencia a la isla filipina de Lubang, donde permaneció escondido los 29 años posteriores sin saber que el conflicto bélico había terminado y que Japón se había rendido.

Onada llegó a los 22 años a esa isla de Filipinas con la misión de introducirse en las líneas enemigas, llevar a cabo operaciones de vigilancia y sobrevivir de manera independiente hasta que recibiera nuevas órdenes, lo que hizo exactamente durante tres décadas.

Tras la rendición de Japón en 1945, el soldado siguió sirviendo a su país en la jungla, convencido de la guerra se seguía luchando.

Durante sus largos años en la selva de Lubang vivió de plátanos, mangos y el ganado que conseguía matar, escondiéndose de la Policía filipina y de las expediciones de japoneses que fueron en su busca, a los que confundía con espías enemigos.

En marzo de 1974, Onoda, que entonces tenía 52 años, recibió finalmente de un antiguo superior que se desplazó hasta la isla las instrucciones de que quedaba liberado de todas sus responsabilidades.

Un año después de su vuelta a Japón se mudó a Brasil, donde gestionó con éxito una granja, y en 1989, de vuelta en Japón, puso en marcha un campamento itinerante para jóvenes en los que impartía cursos sobre la vida en la naturaleza.

‘Mi guerra de 30 años’

El dedicado y leal exteniente relató su increíble aventura en el libro «No rendición: mi guerra de 30 años».

Según reveló hoy su familia, Onoda falleció en un hospital de la capital nipona por un problema de corazón, tras llevar enfermo desde finales del año pasado.Hiroo Onoda tenía 20 años cuando se alistó. Fue instruido como oficial de Inteligencia (lo que desde luego no le sirvió para enterarse luego de que la guerra había acabado) y en diciembre de 1944 enviado a la isla de Lubang, en las Filipinas, con la orden de hacer todo lo posible para impedir su caída en manos del enemigo. Onoda no debía bajo ninguna circunstancia rendirse ni quitarse la vida.

Cuando los aliados desembarcaron, el teniente Onoda y otros tres soldados se refugiaron en las colinas e iniciaron su personal resistencia.

Parte de las simpatías que puede despertar el recalcitrante nipón se disipan cuando se tiene en cuenta que en su particular guerra de guerrilla él y su mini ejército mataron a 30 habitantes de la isla -cosa que el teniente no consideró necesario explicar en su autobiografía (No surrender: my thirty year war, 1974)-. Onoda y sus tres irreductibles tuvieron varias veces noticia de que la guerra había acabado, pero no lo creyeron.

Leyeron y releyeron octavillas en la que se informaba de la rendición japonesa, y acabaron concluyendo que se trataba de falsedades de la propaganda enemiga.

Uno de los soldados se rindió en 1950 y los otros dos murieron en encontronazos con locales o con la policía filipina.

En 1972, Onoda se quedó solo. Había sido declarado muerto en 1959. En febrero de 1974, el teniente tuvo un sorprendente encuentro: se topó con un viajero japonés que tenía en su agenda encontrarlo a él, un panda y al yeti, por este orden.

Onoda le dijo que no se rendiría hasta que se lo ordenara su oficial superior. Así que el Gobierno japonés localizó al mayor Taniguchi y lo envió a Lubang donde, el 9 de marzo de 1974, Onoda por fin se rindió, deponiendo su espada y su rifle de cerrojo Arisaka, el arma estándar del ejército japonés, que conservaba en perfecto estado de revista.

Enjuto, marcial y orgulloso, Onoda regresó al Japón siendo recibido como un héroe (¡y recibiendo todos los atrasos de la paga!).

 

 

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