OPINIÓN / Jeff Jacoby

Brown y Warren, dos candidatos hipócritas con sus impuestos

Pese a 'ir de' humildes, les ha ido muy bien desde que empezaron en política

Brown y Warren, dos candidatos hipócritas con sus impuestos
Warren y Brown. Fotos de sus webs oficiales.

Hay un pasaje de Master and Commander, el primer libro de la afamada saga de novelas históricas de Patrick O’Brian, en el que Stephen Maturin alude de forma casual al patrimonio de James Dillon, uno de sus compañeros de a bordo.

Dillon: «Dios sabe que no soy lo que se dice rico».
Maturin: «He recorrido tus propiedades».
Dillon: «Tres cuartos son montañas y un cuarto maleza; y ni pagando por el resto es más de unos cientos al año, ni mil».
Maturin: «Lo lamento. No he conocido aún a un caballero que admita ser rico o estar dormido; a lo mejor los pobres y los insomnes disfrutan de cierta gran ventaja moral».

Las seis últimas declaraciones fiscales del senador estadounidense Scott Brown están a la vista en su sede de South Boston.

Me sorprendió ese escrito cuando lo leí por primera vez, y parecía todavía más propio cuando me lo volví a encontrar la pasada semana, el día en que salió a la luz la revelación —From humble roots to top of income ladder— en las declaraciones tributarias —Sen. Scott Brown and Elizabeth Warren’s tax returns shows wealth of both Senate candidates— facilitadas por el senador republicano Scott Brown y por su rival demócrata, Elizabeth Warren. Ningún candidato era rico cuando empezó, pero sus declaraciones confirman lo que todo el mundo ya sabe: a los dos les ha ido muy bien. Pero en lugar de explotar su éxito –y la inteligencia, el talento y el mérito que ello implica– los dos prefieren aprovechar la modestia de su pasado.

«La gente ha leído mi libro. Entiende de dónde vengo», decía Brown, cuyas memorias —Against All Odds: My Life or Hardship, Fast Breaks, and Second Chances— detallan una infancia dickensiana de hambre, violencia y abusos sexuales. Warren ponía el acento en que es «la hija de un empleado de mantenimiento que ha vivido el sueño americano». Cada candidato, sin embargo, se esforzaba por destacar el patrimonio del rival. El responsable de la campaña de Brown abría fuego contra «la millonaria Warren» por situarse «claramente entre el ‘1%’ de rentas altas contra las que se despacha» mientras los demócratas difundían un comunicado —What We Learned About Scott Brown Today: He’s A Millonaire & A Hypocrite— criticando a Scott Brown por ser «un millonario que simula ser ‘alguien de a pie’ mientras ataca por su éxito a Elizabeth Warren».

Desconozco el motivo de que los candidatos deban obtener alguna ventaja moral de señalar sus propios orígenes humildes al tiempo que critican la actual prosperidad de su rival. Es uno de los discursos más antiguos — Determining the Fracts. Reading 3: Log Cabin Politics— de la política norteamericana, no obstante. Y es inútil esperar que Warren y Brown lo pasen por alto –sobre todo cuando el numerito de Brown como tipo corriente que conduce una camioneta tuvo tanto éxito en el año 2010–.

Por supuesto, la verdadera posición moral no se alcanza a través de la suerte ni de trucos de imagen electoral. Hay que ganársela. Y a juzgar por su declaración, ni Brown ni Warren pierden ripio a la hora de mostrar públicamente la integridad moral que se desprende de ajustar lo que hacen a lo que dicen.

En el caso de Warren, que exige impuestos más altos a las rentas altas y critica al régimen fiscal por «conceder privilegios fiscales a los que ya son ricos» —End tax breaks tos tue already-rich and already-powerful–, pagar voluntariamente un tipo impositivo superior en su Massachusetts natal debería ser algo inmediato. Desde el año 2002, San Francisco ha dado a los contribuyentes la opción de tributar un 5,85 por ciento en lugar del 5,3. Es una oportunidad idónea para que una progre aburguesada como Warren, una apasionada del «contrato social» que obliga a las rentas altas a «desembolsar» una parte mayor de su riqueza en forma de impuestos, pusiera en práctica los valores que predica.

En lugar de eso, sigue guardándose dinero —Warren acknowledges she does not opt to pay higher state tax rate–. «Yo pago mis impuestos», dice Warren, «y no realizo donaciones de caridad al estado». Está en su derecho. ¿Pero alguien tan manifiesto en la materia de la justicia tributaria no debería de elegir ser ejemplo?

¿Y no debería Brown, que a menudo defiende al sector privado y condena las intromisiones del Estado, ser más generoso en sus donaciones?

Aunque los candidatos prefieran no verlo, la postura moral no se alcanza a través de la suerte ni de la imagen.

De 2006 a 2010, como demuestran las declaraciones de Brown —Summary of Scott Brown’s federal tax returns, 2006 to 2011 emuestran las declaraciones de Brown–, nunca donó más del 2,7 por ciento de su renta a la caridad. Sólo en 2011, con la campaña en puertas, soltó el 3,2% de sus ingresos en donación. No es una donación ridícula, claro. Pero innumerables estadounidenses que ganan mucho menos que Brown donan un porcentaje mayor de lo que ganan. De media, la familia estadounidense pobre dona del cuatro al cinco por ciento —The Poor Give More— de sus ingresos a la caridad.

Nadie espera que Brown done hasta la camisa, ni siquiera que done el diezmo —Tax Returns and Tithing: How Mitt Romney Gives Away 16% of His Income— (donar la décima parte que para muchos estadounidenses es algo automático). Pero un senador republicano de altos vuelos convencido de la eficacia de la intervención privada tendría desde luego que ser capaz de desembolsar la misma fracción de sus ingresos que el pobre medio.

Para Warren y para Brown –para la mayoría de nosotros– es más fácil criticar el rasero ajeno que comprobar religiosamente en nuestro. Es la búsqueda del voto, los políticos dirán lo que haga falta para convencernos de que son dignos. El camino a la integridad moral no está jalonado de ganchos electorales, sino de acciones admirables.

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