Asi es la bella esposa del nuevo presidente de EEUU

El sueño americano de Melania Trump: de un pueblo de Eslovenia a primera dama

El sueño americano de Melania Trump: de un pueblo de Eslovenia a primera dama
Melania Trump. PD

Diríase que la entera biografía de Melania Trump (Novo Mesto, Eslovenia, entonces parte de Yugoslavia, 26 de abril de 1970) se resume en la colección inabarcable de fotografías que circulan por la red, en las portadas de ‘Harper’s Bazaar’, ‘Vanity Fair’, ‘New York Magazine’, ‘Vogue’, ‘Sports Illustrated’ y en tantos otros papeles ‘couché’.

No es posible saber qué puede aportar a la historia de las primeras damas de Estados Unidos esa centroeuropea crecida en el mundo de la moda, que recurre a frases no demasiado largas para formular sus ideas, así sea cuando improvisa o cuando lee, que forjó su carrera en Milán, París y Nueva York y que un día de septiembre de 1998 conoció a Donald Trump como integrante de la ‘troupe’ Trump Model Management.

En la historia de Melanija Knavs, después Trump sin j en el nombre, todo resulta bastante convencional y previsible. Empezó en las pasarelas y los estudios fotográficos a los 16 años, estudió un año en la Universidad de Liubliana, tuvo éxito bajo los neones de Park Avenue, conoció a Donald Trump, participaron juntos en el ‘reality show’ ‘The Apprentice’ (2004), se casaron -tercera boda para él (2005)-, tuvieron un hijo, Barron (2006), y aquel mismo año Melania obtuvo la ciudadanía estadounidense.

Nada demasiado reseñable salvo el revoltijo de invitados que coincidieron en la boda, aquellas fotos de los Trump con Rudolph Giuliani (exalcalde de Nueva York), con Shaquille O’Neal (estrella del baloncesto), con Barbara Walters (periodista de la televisión), con Heidi Klum (modelo) y con tantas otras celebridades, incluidos… los Clinton (ella, senadora; él, expresidente). Y poco más se comentó desde entonces hasta que empezó la carrera hacia la Casa Blanca.

CONSTRUIR UN RELATO

De pronto, Melania hubo de opinar, de construir un relato. «Estoy con Donald desde hace 18 años, y estoy convencida de su amor por este país desde nuestro primer encuentro», dijo un día, no sin sorprender al auditorio, muy inclinado a suponer que las primeras citas no son el mejor momento para los discursos patrióticos.

«Donald es intensamente leal».

«En toda su carrera, Donald ha trabajado con éxito con gente de muchas religiones y naciones», proclamó en otra ocasión para borrar la imagen del político que la tiene tomada con los hispanos, los musulmanes y otras minorías con las que no congenia.

Y así hasta anunciar ‘urbi et orbi’ que ser ciudadana estadounidense es «el mayor privilegio sobre el planeta Tierra».

Otra vez, todo muy convencional.

Melania Trump solo se salió del guion en su discurrir durante el último año cuando se arrancó a leer el 18 de julio, en la convención republicana, el discurso escrito por un redactor disparatado o poco escrupuloso que plagió pasajes enteros de la intervención de Michelle Obama en la convención demócrata del 2008.

En realidad, se salió de su convencional papel de ‘first lady’ en potencia sin quererse salir; fue víctima de un colaborador, o tal es la versión oficial. Su marido dijo simplemente:

«Todos cometemos errores».

Ella no fue más allá de una sonrisa de circunstancias, o eso se vio en los noticiarios, sin que sus ojos grises -entre azules y verdes, quizá- delataran mayor incomodidad o azoramiento.

CONSPIRACIÓN DE LOS MEDIOS

Una reacción bastante diferente, y por lo demás del todo previsible, cuando el 16 de octubre declaró a la CNN que las acusaciones de acoso dirigidas contra Trump por varias mujeres eran fruto de una conspiración de los medios y de la campaña de Hillary Clinton.

«No pueden comprobar el pasado de estas mujeres. No tienen ninguna prueba», dijo Melania con irritación apenas contenida.

En este caso, tampoco se salió del guion, su contrataque figura en el libro de estilo de todas las campañas. ¿Qué otra cosa cabía esperar de un personaje tan convencional en una campaña que lo fue tan poco?

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