Cavaco y Sócrates obligados otra vez a cohabitar en su peor momento

Cavaco y Sócrates obligados otra vez a cohabitar en su peor momento
. EFE/Archivo

La reelección del conservador Aníbal Cavaco Silva como presidente de Portugal ha abierto otra etapa de obligada cohabitación con el primer ministro socialista, José Sócrates, cuando sus relaciones atraviesan el peor momento.

Juntos en el poder desde 2006, cuando Cavaco ganó por primera vez la presidencia, ambos políticos deben en principio convivir otros tres años más a pesar de la brecha política que los separa y el desgaste de haber cruzado muy duras acusaciones durante la agria campaña electoral de las presidenciales.

Líderes de los respectivos partidos del jefe del Estado y el de Gobierno, se mostraron hoy confiados en que el triunfo de Cavaco no amenazará la estabilidad política de Portugal, aunque hace pocos días dirigentes socialistas expresaban su temor a que el presidente propicie la caída de Sócrates y unas elecciones anticipadas.

Miguel Relvas, secretario general del partido de Cavaco, el Social Demócrata (PSD, centroderecha) aseguró hoy que su organización, principal de la oposición, no busca la «crisis por la crisis» pero dudó, al mismo tiempo, de que el Gobierno concluya la legislatura en 2014.

Para el dirigente socialdemócrata el desafío del Gobierno es cumplir el actual programa de ajustes económicos, el más duro de la historia de Portugal, y demostrar que los sacrificios valen la pena.

Desde las filas socialistas el ministro de Asuntos Parlamentarios, Jorge Lacao, recordó que un presidente de la República no es un jefe de Gobierno y se espera de él cooperación institucional.

Pero en relación a la posibilidad de unas elecciones anticipadas el ministro se mostró confiado en las declaraciones conciliatorias del presidente del PSD, Pedro Passos Coelho, que nada más conocerse el triunfo de Cavaco, negó que vaya a «apostar» por la caída de Sócrates.

El propio primer ministro fue de los primeros en felicitar al jefe de Estado electo y ofrecerle su «leal» cooperación, aunque tras dejar claro que no considera su victoria una derrota para el Gobierno por tratarse de escenarios institucionales diferentes.

Con todo, frente al 52,9 obtenido por Cavaco, el candidato del PS a la presidencia, el poeta Manuel Alegre, apenas obtuvo el domingo un 19,7 por ciento de los sufragios, algo menos que cuando compitió también por la presidencia en 2006 como independiente.

Una encuesta difundida hoy por medios lusos señaló que si las elecciones legislativas fueran ahora, el PSD vencería con un 37,4% a los socialistas, que sólo obtienen un 30,3%.

En las elecciones de 2009 el partido de Sócrates tuvo ya una fuerte caída que le hizo perder la mayoría absoluta ganada en 2005, pero tanto en esos comicios como en los municipales que se celebraron el mismo año, logró vencer al PSD.

Las campañas electorales de aquel año, cuando se celebraron además comicios para el Parlamento Europeo que sí ganaron los conservadores, abrieron la primera brecha entre Cavaco y Sócrates, que hasta entonces habían hecho gala de muy buena sintonía.

Un supuesto caso de espionaje gubernamental al jefe de Estado, luego desmentido, hizo que el Presidente y el Ejecutivo se acusaran mutuamente de manipulación electoral en solemnes declaraciones transmitidas por televisión a todo el país.

La grave crisis económica que sufre Portugal y la oposición de Cavaco a las grandes inversiones planeadas por el Gobierno socialista, entre ellas el tren de alta velocidad con España, agriaron aún más su relación.

Las frecuentes quejas de Cavaco sobre el endeudamiento luso, el aumento del desempleo y la precariedad en la que viven millones de portugueses, ofendieron al Gobierno, que criticó a su vez al jefe de Estado por inmiscuirse en su labor, sembrar la desconfianza e intentar beneficiar a su partido.

En la pasada campaña presidencial los reproches y acusaciones superaron todas las cotas y mientras Cavaco censuró la responsabilidad socialista en la crítica situación de Portugal, el Ejecutivo advirtió que no aceptará intromisiones de un presidente, que ahora es obligado compañero en el timón institucional.

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