AUTOR DE 'EL TERROR ENTRE NOSOTROS' (PENÍNSULA)

Gilles Kepel, el hombre que le tiene tomada la matrícula a la yihad francesa

El yihadismo ya no envía órdenes desde montañas lejanas sino que ahora delega en asesinos violentos y poco sofisticados

El problema no es el islam, pero sí quién controla su interpretación

En 2005 el experto francés en terrorismo yihadista Gilles Kepel lanzó aviso en El País que resultó premonitorio: «Ni en Londres, ni en París, Roma, Madrid, Bruselas o Amsterdam conviene ocultar la cabeza debajo del ala: el problema terrorista, aparte de medidas simbólicas como la erradicación de Londonistán, plantea la pregunta de qué queremos que sea la identidad europea, junto con nuestros conciudadanos de origen musulmán y de todas las confesiones o no religiones».

Lo hacía después de hacer una crítica letal de la utopía multiculturalista británica por solo pensar que los individuos están determinados por una «esencia» cultural inamovible, propia de cada «comunidad», y que el orden político, e incluso el jurídico, deben juzgarlos siempre a través del prisma comunitario al que pertenecen».

Una vez despertada Francia del sueño multiculturalista tras los atentados de 2015 y 2016 Gilles Kepel bucea en las causas que dieron lugar para el surgimiento de una yihad en en el corazón de Europa en su libro ‘El terror entre nosotros’ (Península), un impresionante ensayo que desmonta las ideas tópico sobre este tema.

«Antes de saber adónde vamos, debemos tratar de entender de dónde venimos», aconseja Kepel. Para eso marca un punto de partida: la primera fase del yihadismo (1979-1997): Estados Unidos abre una caja de Pandora apoyando a los talibanes que casi cuarenta años más tarde, mucho después de la desaparición de la URSS, todavía no se ha cerrado.

¿Por qué fracasó esta primera fase? Porque utilizaron como método en Argelia y Egipto las matanzas indiscriminadas de infieles o apóstatas apartándose de la población civil que no quería más baños de sangre. Su violencia se volvió contra ellos porque las masas musulmanas no querían enfrentarse a los Estados argelino o egipcio que contaban con el apoyo estadounidense. La organización tenía una debilidad: no contaba con un territorio y su base era frágil, sin un verdadero arraigo.

Segunda fase. Tras derrotar a la Unión Soviética, los yihadistas deciden ir a por el Bizancio contemporáneo: Estados Unidos. Ahí se origina la razia de Al Qaeda del 11-S, en Nueva York y Washington. Su impacto mediático será impresionante, a la altura del número de víctimas, pero se tratará de un gran fracaso político, ya que, una vez más, no logran movilizar a nadie. Por lo tanto había que asumir una segunda fase: infligir el máximo daño posible al adversario, aturdirlo, desmovilizarlo, tal lo pregonó su cerebro Al Zawahiri en su libro Caballeros bajo el estandarte del Profeta, que es el manifiesto de los yihadistas de Al Qaeda.

SEGUNDA FASE

Orientar el terrorismo hacia EEUU fue la segunda fase del terrorismo islamista (1998-2005). El ataque a las Torres Gemelas en 2001 pilló a Occidente por sorpresa: no estaban preparados militarmente para defenderse de un puñado de mártires yihadistas que se inmolaban buscando el premio del más allá. Y el campo de batalla será el mediático: los yihadistas necesitaban un gran espectáculo de factura hollywoodense y con un impacto extraordinario.

«El 11/9 fue el precio a pagar con intereses de demora por el 9 de noviembre de 1989 (la caída del muro de Berlín). El yihadismo tomaba el relevo del comunismo en una asombrosa coincidencia de la inversión de los números del día y del mes de cada uno de estos acontecimientos cruciales». Pero las masas islámicas no se movilizaron porque sus mártires no tenían ningún contacto con el musulmán de a pie.

Aquí es donde entra un protagonista fundamental del libro de Kepel: el sirio-español Abu Musab al-Suri, alias Mustafá Setmarian, hijo de la aristocracia suní de Alepo, formado en Irak y que actúa como relaciones públicas oficioso de Bin Laden en Europa, es el ideólogo de la tercera fase del terror yihadista con su documento llamado Llamamiento a la resistencia islámica en enero de 2005.

Este hombre pelirrojo de ojos azules -que vivió en España durante los ochenta y se casó con una española, Elena Moreno es quien decreta que el campo de batalla primordial de la Yihad será Europa. Y sus soldados serán los millones de jóvenes inmigrantes musulmanes que serán captado por la lógica de las redes, «potenciada por la existencia de grupos similares en ciertos barrios desfavorecidos, por el reclutamiento en las cárceles y por YouTube, creado un mes después del lanzamiento del documento de Suri.

Un proselitismo y reclutamiento de base que pilló dormida a la inteligencia europea después de diez años sin grandes sustos. El quinquenio Sarkozy fue incapaz de anticipar la fusión entre una ideología islamista extranjera divulgada por las redes y la nueva sociología política del salafismo radicalizado que se predicaba en las cárceles, los parques y las mezquitas.

Y Francois Hollande, beneficiado por los errores de Sarkozy en el debate del velo –que agitaron la bandera victimista de la islamofobia– capitalizando el voto musulmán en 2012, lo perderá rápidamente a causa de la ley de matrimonio homosexual que desencadenó una manifestación que unió paradójicamente a católicos e ‘islámicos’ desfilando conjuntamente por los valores conservadores pero también por la agravación de la crisis económica que golpeaba duramente los barrios periféricos. Este fue el ‘humus’ para la irrupción de una yihad francesa.

RECLUTANDO A LOS ASESINOS

El desmoronamiento de países árabes como Libia o Siria será el campo de entrenamiento militar propicio para educar en la muerte a estos descarriados y frustrados musulmanes europeos. Los asesinos de Charlie Hebdo o Bruselas serán marroquíes y argelinos nacidos y educados en Francia, productos puros de los barrios populares belga y franceses cuyas familias creyeron en la integración y en el ascenso social.

Fácilmente adoctrinables, poco identificables, movilizados a través de las redes por millares y con un campo de batalla al que se llega con un vuelo de bajo costo vía Estambul. Otros asesinos se colaron entre los refugiados que abandonaron Siria camino a Europa.

¿Qué factor novedoso intervienen en los atentados de Francia? La indiferenciación de las víctimas. El yihadismo ya no envía órdenes desde montañas lejanas sino que utiliza una red reticular que delega la ejecución de atentados a una red de activistas violentos y poco sofisticados, a diferencia del terrorismo de Al Qaeda, cuidadosamente organizado y planificado por una organización central. Es decir, que Daesh establece una hoja de ruta global, pero sus seguidores tienen autonomía para actuar.

De ahí surgirán nombres como Mohamed Merah [que atentó contra una escuela judía de Toulouse en 2012], los hermanos Kouachi [los terroristas de Charlie Hebdo] o Abdelhamid Abaaoud [presunto cerebro del 13-N]. Este terror llevado a cabo por maleantes de poco monta como Adaaoud y Abdesman o el atracador Coulibaly o los reincidentes Morah, Nemmouche y Kouachi, está destinado a «enfurecer» a la sociedad impía para sumergirla en una guerra civil de enclaves gracias al reclutamiento de víctimas de la islamofobia.

¿A quien compete combatirlos? En primer lugar a la policía. Kepel entiende que esto es básicamente una batalla de inteligencia y coordinación. Batalla en la que Daesh ha golpeado primero gracias a la miopía de la clase dirigente francesa y que los electores sancionan otorgando sus votos de manera creciente a la extrema derecha.

2005, AÑO CLAVE

2005 es el año clave, el año de las revueltas en los que decenas de manifestantes, muchos musulmanes, incendiaron entre 500 y 600 vehículos durante varios días acorralando al primer ministro Dominique de Villepin. La mayoría de ellos habían nacido en Francia y estaban defraudados por las promesas oficiales incumplidas de libertad, igualdad y fraternidad.

El hecho esencial fue para Kepel el ‘gaseado de la mezquita’ producto del aterrizaje de una bomba lacrimógena en una mezquita abarrotada, lo que dio la excusa perfecta a los jóvenes de la inmigración de erigirse en los defensores del honor ultrajado de sus hermanos mayores. «Un musulmán solo cuenta en las elecciones», dijeron. Y esto despertó la ‘islamofobia’, un invento de los Hermanos Musulmanes «para criminalizar las más mínima crítica del dogma religioso, con lo que al mismo tiempo construyeron una simetría engañosa con el antisemitismo a fin de beneficiarse de los dividendos morales de la victimización».

¿El problema es el islam? «El problema no es el islam, pero sí quién controla su interpretación. Los que no logran verlo es solo porque son ignorantes o porque tienen miedo de hacerse preguntas que pueden molestar», responde Kepel. Y ojo a las viñetas: «en el mundo árabe estas caricaturas son el símbolo de la hostilidad de Occidente hacia el islam. Incluso para los no radicales. Creo que los daneses no entendieron lo que ocurría cuando decidieron publicarlas. Pensaban denunciar el uso de la violencia en nombre de la religión, pero la representación del Profeta -para los musulmanes, encarnación suprema de la virtud- con una bomba en la cabeza fue un insulto no sólo a su religión, sino también a su dignidad y humanidad», advirtió en el 2010.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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