OPINIÓN / Michael Rubin

Irak, 10 años después: recordar sin reescribir ni manipular la historia

Irak, 10 años después: recordar sin reescribir ni manipular la historia
Unos soldados estadounidenses preparan sus equipos para abandonar la base militar Calso en Hila, al sur de Bagdad, Irak, el pasado 14 de noviembre. EFE/Archivo

Se cumple esta semana el décimo aniversario del inicio de la guerra de Irak. Docentes y tertulianos condenan de forma generalizada la decisión de liberar Irak. La historia demuestra que los críticos se equivocan.

Al anunciar el inicio de las operaciones militares, George W. Bush dijo:

«No tenemos ambiciones en Irak excepto eliminar una amenaza y devolver el control de ese país a su propia población».

Lo logró.

Acechando al conflicto, por supuesto, la errónea información del espionaje que aportaba cierta justificación. No sólo la CIA, sino también los británicos, los alemanes, los franceses, los rusos, las Naciones Unidas y hasta los subordinados más íntimos del presidente iraquí malinterpretaron la cuestión de las armas de destrucción masiva.

Examine las llamadas telefónicas entre Generales convencidos de disponer de material biológico o nuclear y no encontrará ninguna mentira. Saddam los había engañado a todos. Sin embargo, la decisión de liberar Irak fue correcta.

La información de espionaje anterior a las hostilidades pudo ser errónea, pero los documentos incautados a la caída de Saddam no dejan lugar a duda. En cuanto las sanciones se vinieron abajo — como garantizaba que se vendrían la avaricia francesa y rusa y la del personal de las Naciones Unidas — Saddam tenía planes de utilizar sus ingresos del crudo para adquirir el armamento biológico y nuclear que simulaba tener.

A las órdenes de Saddam Hussein, Irak había invadido dos países y atacado a muchos más con misiles SCUD. Permitirle reconfigurar sus programas de armamento habría equivalido a jugar a la ruleta rusa con vidas estadounidenses y la seguridad internacional. Y aunque los críticos restan importancia a la vinculación de Saddam con el terrorismo, no dicen la verdad.

Si bien la Comisión del 11 de Septiembre llegó a la conclusión de que Saddam no tenía vínculos activos con los atentados terroristas de Nueva York y Washington, negar los vínculos iraquíes con un amplio abanico de grupos terroristas antiamericanos es negar una realidad documentada a lo largo de años de informes Patrones del Terrorismo Global que elabora el Departamento de Estado. El 16 de marzo fue el 25 aniversario del bombardeo químico del municipio kurdo de Halabja por parte de Saddam. De haber subvencionado a los terroristas suicida durante los años anteriores a su caída presumía abiertamente.

Y presentar a Saddam Hussein como un gran secular — el menor de los dos males cuando América se enfrenta hoy a fundamentalistas islamistas — también es reescribir la historia. Saddam encontró la religión tras la liberación de Kuwait en 1991. Aláhu Ajbar, «Alá es grande», pasó a formar parte de todas las banderas iraquíes, con la tipografía de la propia mano de Saddam al parecer. Escuchar describir hoy el Irak de Saddam como el paraíso de la mujer liberada refleja una amnesia histórica.

Mientras que Saddam trabajó por desplazar a los fundamentalistas religiosos, las mujeres estaban en su punto de mira. Cuando estuve destacado en Irak antes de la guerra, las mujeres con educación superior vivían aterrorizadas: los fedayines de Saddam secuestraban a las mujeres que trabajaban, las acusaban de moral distraída, y las decapitaban de forma sumaria.

La Operación Libertad Iraquí no fue la crónica de una única decisión, sino de muchas. El Presidente se adelantó al comportamiento reflejo del Departamento de Estado, de la CIA y de muchos en el Pentágono al llegar a la conclusión de que cambiar a un dictador por otro simplemente no bastaba.

La democracia en lugar de la dictadura, adujo Bush, era el mejor garante de la seguridad nacional de América. Él se dio cuenta de que la cultura no era el problema. Después de todo, 1 de cada 6 iraquíes habían huido de la dictadura de Saddam. No habían tenido problemas en adaptarse a la democracia cuando se asentaban en Europa o América. Insinuar que los déspotas árabes mejoran la seguridad norteamericana es modificar la historia, olvidando intencionadamente 5 guerras árabe-israelíes, los conflictos que Gamal Abdul Nasser abría a distancia por toda la región y la invasión de Kuwait por parte de Saddam Hussein.

Los que cuestionan la eficacia de la democracia deberían de prestar atención al noreste de Asia. El Presidente Harry S. Truman se enfrentó a los mismos dilemas en Corea que Bush en Irak. Los críticos acusaban a Truman de meter a América en un conflicto sin fin, de ignorar el consejo tanto de estatistas como de militares, y de haber perdido el contacto con la realidad. Decían que la democracia era un concepto ajeno a la cultura coreana.

El tiempo demostró que se equivocaban. Claro que la democracia no llegó al momento a Corea del Sur, pero los coreanos acabaron por tumbar el ánimo dictatorial de su clase política. La yuxtaposición hoy de la Corea del Norte nuclear con la Corea del Sur democrática pone de relieve el valor de la política de Truman. Corea del Sur no patrocina el terrorismo ni amenaza a Estados Unidos con un apocalipsis atómico.

Ciertamente se cometieron errores, pero la libertad no fue uno de ellos. La transformación iraquí se vio minada por la fe ingenua no en la democracia, sino en la diplomacia. El Departamento de Estado se prestó a creer las mentiras sirias e iraníes de no interferir. Hasta el General David Petraeus, al frente entonces de la 101 Aerotransportada destacada en Mosul, tenía su fe puesta en la voluntad siria al presumir delante de las autoridades norteamericanas de visita del incremento de la actividad comercial fronteriza que él había catalizado. Demasiados funcionarios norteamericanos se creyeron el bulo de que los vecinos de Irak aspiraban a tener un Irak estable y seguro.

Bush también cometió errores al cortejar a las Naciones Unidas. Con el fin de obtener el efímero apoyo de la ONU, la Casa Blanca accedió a definir a las fuerzas estadounidenses destacadas como potencia ocupante en lugar de potencia liberadora. De la noche a la mañana, los demócratas iraquíes pasaban a ser colaboradores. Para apaciguar a París, a Berlín, a Moscú y a Pekín, el equipo Bush justificó la retórica insurgente.

La influencia de la ONU demostró ser cáustica en otros sentidos: la Casa Blanca aceptó la recomendación de la ONU de apoyar los comicios en nichos electorales en lugar de electorados. Que todavía haya diplomáticos estadounidenses que se nieguen a reconocer la importancia del enfoque electoral de nuestros Padres Fundadores sigue siendo un misterio. Al imponer en su lugar a Irak un sistema en el que los políticos rinden cuentas a los secretarios de las formaciones más que a los electores, la Autoridad Provisional de la Coalición fomentó el nacionalismo étnico y el populismo sectario.

El error más grave fue quizá la reconstrucción: demasiados funcionarios no sólo en Washington, sino también en Bruselas y la ONU, aceptaron de manos a boca la noción de que el desarrollo era una responsabilidad, y de que la ayuda humanitaria iba a crear seguridad. El contribuyente estadounidense gastó miles de millones de dólares en reconstruir Irak (y a estos efectos, Afganistán). La Agencia Internacional de Desarrollo de los Estados Unidos (USAID) no mide el éxito, sino los fondos gastados. Contados programas tuvieron éxito, pero USAID triunfó a la hora de gastar miles de millones de dólares. El Kurdistán y el sur de Irak hoy prosperan, pero su éxito no es resultado de las agencias norteamericanas de ayuda ni de la Autoridad Provisional de la Coalición.

Estuve destacado en Irak por primera vez en septiembre de 2000 — dos años y medio antes del conflicto — para impartir historia en universidades iraquíes kurdas. Volví en julio de 2003 como asesor político enviado por el Pentágono. Desde entonces he pasado por Irak cada seis meses por lo menos, el pasado otoño la última vez. Hay rascacielos en las ciudades kurdas en las que hace 13 años había refugiados convencidos de que Saddam les iba a invadir en cualquier momento.

A la caída de la tarde hay camiones circulando por autopistas que pasan por donde hace una década nadie se atrevía a circular. Los postes de telefonía móvil jalonan un paisaje marcado en tiempos por postes de horca y fosas comunes. Se cometieron errores, pero elegir la libertad no fue uno de ellos. La libertad no es algo de lo que disculparse ni de lo que avergonzarse.

Michael Rubin es miembro del American Enterprise Institute y profesor de la Escuela Naval. Imparte Historia de Afganistán a las unidades militares estadounidenses desplegadas. Entre 2002 y 2004 fue el director de la Oficina del Secretario de Defensa para Irán e Irak, de donde pasó a la Autoridad Provisional de la Coalición en Irak. Es exfuncionario del Pentágono.

 

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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