Se llama Omran Daqneesh, tiene cinco años, es sirio y espera la ambulancia

El horror de la guerra en Siria en el gesto de un niño

Se llama Omran Daqneesh, tiene cinco años, es sirio y anoche vio cómo su vivienda era bombardeada en el barrio de Al Qatergui, en la ciudad de Alepo, una de las más devastadas por la guerra en Siria.

Es sólo un niño, otro rostro del drama que sufren los civiles -miles de ellos menores de edad- en un conflicto que dura desde el año 2011.

Al igual que pasó con el pequeño Aylan, ahogado en una playa turca en el intento de llegar a Europa huyendo e la guerra, la imagen de Omran sentado en la ambulancia tras ser rescatado y mirando desubicado a su alrededor cubierto de polvo y sangre, se ha vuelto viral y va camino de convertirse en otro icono del horror de la guerra.

Uno de los montajes que ya se pueden ver por las redes sociales es el siguiente. En él aparecen Barack Obama y Vladimir Putin en lo que parece una conversación de relevancia internacional.

Quizá fuese aquella en la que acordaron una tregua en Siria el pasado mes de febrero que finalmente no se cumplió.

Entre ellos, en la mesa que separa a los dos líderes internacionales, alguien ha colocado a Omran, que parece a la espera de algo que está tardando demasiado en llegar.

LAS CIFRAS DEL ESPANTO

Más de 250.000 personas han muerto y al menos 11 millones se han visto obligadas a dejar sus hogares tras cinco años de guerra en Siria, según la ONU. Detrás de estas cifras hay nombres propios, vidas rotas, testimonios desgarradores, que se han convertido en meros datos de efecto narcótico sobre la sociedad.

Son pocos, cada vez menos, los que de verdad son conscientes de la gravedad del conflicto. Sin embargo, entre toda esta vorágine de información sobre la guerra, a veces una historia, un informe o una foto, tienen la capacidad de agitar conciencias.

Este 18 de agosto DE 2016 ha sido uno de esos días en los que una imagen ha tenido la terrible virtud de atraer la atención de la práctica totalidad de la comunidad internacional sobre el conflicto en Siria.

Es una fotografía en la que se ve a Omran, un niño de 5 años superviviente de la guerra, que ni es capaz de llorar tras resultar herido en un bombardeo en Alepo.

La imagen ha coincidido con la publicación del informe de Amnistía Internacional que describe, sin tapujos, las terribles experiencias sufridas por detenidos y torturados en el país dirigido con mano de hierro por Bashar Al Assad.

A Omran le comparan ya con Aylan Kurdi, el pequeño que murió en una playa de Turquía junto a parte de su familia huyendo del conflicto sirio. Ambos ya son símbolos de una misma guerra, y tienen el mismo destino: acabar cayendo en el olvido como la propia Siria.

De ahí que informes como el publicado este jueves por Amnistía Internacional sirvan como denuncia de los horrores que se están viviendo. La organización internacional calcula que, desde que comenzó la crisis en marzo de 2011, han muerto bajo custodia 17.723 personas, una media de más de 300 muertes cada mes, 10 al día. Y sólo son datos aproximados.

En el informe It breaks the human: Torture, disease and death in Syria’s prisons (Rompe a un ser humano: Tortura, enfermedad y muerte en las cárceles sirias), la organización refleja los testimonios de 65 supervivientes de torturas, que han descrito casos de «abusos espeluznantes» y «condiciones inhumanas» sufridas en centros de seguridad sirios, operados por agencias de inteligencia del Gobierno de ese país, así como en la Prisión Militar de Saydnaya, a las afueras de Damasco.

«El catálogo de historias de horror describe con detalles espeluznantes los terribles abusos que sufren los detenidos, de forma rutinaria, desde el momento de su arresto, en los interrogatorios y cuando están detenidos en las instalaciones de los servicios de inteligencia sirios«, ha detallado Philip Luther, director del programa de AI para Oriente Medio y Norte de África, durante la presentación del informe.

Según los testimonios de los supervivientes que se recogen en el informe, los abusos se llevan a cabo desde el mismo momento de la arresto y, a su llegada al centro de detención, tienen que pasar por la «fiesta de bienvenida«, un rito en el que les propinan «brutales palizas, a menudo con barras de silicona o metal, o con cables eléctricos».

Estas prácticas van seguidas, según indican, por «chequeos de seguridad» en los que las mujeres en particular son sometidas «a violación y agresión sexual por los guardias».

Los interrogatorios en las instalaciones de los servicios sirios de Inteligencia tampoco están libres de malos tratos, que se suman a las condiciones deplorables de las instalaciones: hacinamiento, falta de comida y atención médica e insuficiente saneamiento.

El de Samer, un abogado que fue detenido cerca de la ciudad de Hama, es otro de los testimonios que recoge el informe.

«Nos trataban como a animales. Querían que la gente fuera lo más inhumana posible […] Vi la sangre; era como un río […] Nunca imaginé que la humanidad pudiera caer tan bajo […] no tenían ningún problema en matarnos allí mismo».

Otro aspecto que se detalla en el estudio de la organización internacional es hasta qué punto las dependencias penitenciarias estaban dañadas. Faltaba comida, atención médica y el saneamiento era insuficiente.

Expresos como Jalan ha explicado cómo habían estado recluidas en celdas tan llenas, que tenían que dormir por turnos o dormir agachados.

«Era como estar en una morgue. Intentaban acabar con nosotros allí».

Por si todo esto fuera poco, la peor parte es la que hace referencia a la prisión militar de Saydnaya, descrita como un infierno. Algunos de los detenidos, tras pasar «meses o incluso años» en los centros de Inteligencia, llegaban a esta cárcel tras ser sometidos a juicios militares que «a menudo no duraban más que unos minutos».

Amnistía Internacional define este centro como un lugar en el que «la tortura y otros malos tratos parecen ser parte de un afán implacable por degradar, castigar y humillar a los presos».

Omar S., uno de los supervivientes, asegura que en este centro «parecía que la finalidad era la muerte, alguna forma de selección natural para librarse de los débiles en cuanto llegaban».

Las extremadamente duras condiciones de la prisión llevaron a un abogado de Alepo, Salam, ha conocer el «olor de la tortura«.

La organización explica cómo los recluidos en esta prisión militar ubicada a las afueras de Damasco pasan sus primeras semanas en «celdas subterráneas«, donde «se congelan de frío».

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