Mundo
La ministra de Defensa socialista, Margarita Robles. EF

La práctica totalidad de españoles entrevistados con motivo del final de sus vacaciones coincide en que sus días de asueto han transcurrido muy rápidamente; casi han volado. Escuchándolo, mi sana envidia alcanza cotas francamente notables. Y es que, para los que profesional y vocacionalmente seguimos la actualidad política, el último trimestre ha sido interminable poco menos que un mal sueño eterno.

Una pesadilla que comenzó de manera atropellada y cuyas fases no hacen sino confirmar las malas artes de un mecanismo constitucional pero que su cristalización poco o nada ha tenido que ver con los intereses de los españoles.

A estas alturas ya habrá deducido que me refiero al asalto al poder monclovita de Pedro Sánchez y de su troupe de comunistas (el prefijo neo- constituiría oxímoron), nacionalistas y populistas. Son muchos los esperpentos cometidos por aquél que cosechó un doblete de los peores resultados del PSOE, pero por no agobiar me ceñiré a la última sandez, la decisión de suspender la venta de bombas a Arabia Saudí para, a las veinticuatro horas, dar un nuevo paso atrás. Y lo voy a dibujar apoyándome en tres patas: ideológica, geopolítica y política.

Respecto a la primera, estoy seguro que a no mucha gente se le escapa que este hecho obedece a la ideología progre más rancia y sectaria. Me refiero a ese armatoste ideológico -framming, como lo llamamos en consultoría- que tiene como lo cotidiano marcar el contexto político con raya roja para dividir entre buenos y malos, dignos e indignos. Nada que venga de nuevas, ya que el señor Iglesias es un entusiasta leninista y de todo lo sucedido en el lado Este de la Berlín dividida. Y bajo este desenfocado y enfermizo prisma, el Gobierno de la propaganda tenía que dejar bien claro que para Moncloa los culpables de lo que acontece en Oriente Medio son Arabia y Saudí e Israel apoyados por los malvados Estados Unidos.

Pero vayamos a lo mollar. La ministra Robles, otrora factotum de Sánchez en el Congreso y hoy a cargo de Defensa, asegura que es en amparo de los Derechos Humanos. Y se queda tan pancha. No se le movió ni un empaste. ¿De verdad se lo ha creído por un segundo?

Y esto enlaza con la pata geopolítica. Porque si fuera como dice Robles, ¿por qué no dice nada sobre Irán? ¿Puede ser que alguno de sus socios esté a cargo y sueldo de ese país? Son aguas muy profundas, pero tengo clara la respuesta. Es más, ¿usted ha escuchado, aunque sea de refilón o hasta sin querer, alguna condena al respecto de las lapidaciones o sobre que cuelguen a homosexuales en grúas? Sinceramente, no me suenan.

Lo que subyace aquí es ese deseo irrefrenable de evitar relaciones cognitivas entre el Gobierno de Sánchez y el de EEUU, es decir, con Donald Trump. Desde que llegó a la Casa Blanca, Trump ha dado un giro de 180 grados a la calamitosa política exterior de Obama, reforzando los lazos políticos y comerciales con saudíes e israelíes. Por tanto, ¿qué gesto propagandístico tocaba ahora con tal de seguir vendiéndose como un Ejecutivo guay, progre, feminista y demás mamarrachadas?

Pues claro está: diferenciarse de la Administración Trump, señalar a Arabia como la quintaesencia de la maldad y obviar que lo que realmente lleva infinidad de tiempo pasando en Oriente Medio es una sinfín de guerras étnicas, fronterizas y sectarias, agudizado con la pugna por el liderazgo entre Arabia e Irán, sunís y chiís. ¿Y de Hamas, grupo terrorista a sueldo de los ayatollahs no se va a hablar? No sea ingenuo. No toca, que los podemitas se ponen nerviosos.

Finalmente, todo lo anterior no provoca sino la constatación de la arista política y retrata al Gobierno frente al espejo: un grupillo de amigos reunidos cada viernes en Moncloa para dirimir los intereses nacionales. Triste, pero aún lo es más que en lo estrictamente político no dejan de ser unos neófitos que deben sus inmerecidos cargos a una moción de censura injustificable.

Fruto de ello, Robles no ha sido capaz de valorar el calado de contar con un aliado geopolítico como Arabia.Tampoco ha sido consciente de que España no puede dar la imagen de gestionar a tontas y a locas. En otras palabras, que ha actuado temerariamente, sin valorar las consecuencias que sus actos podrían tener para la credibilidad nacional y el empleo de miles de españoles.

Se puede y debe rectificar, faltaría más, pero cuando nos lo hacen a modo medicamento, una vez cada ocho horas, no es infundada la sospecha de que no paran de mentirnos. No soy nada optimista, pero Sánchez y sus mariachis deberían volver al raciocinio, ya que sus tropelías significan la catástrofe y el descrédito para toda España.

Carlos Latorre es Socio Consultor de Global 40.