No más Mentiras

Antonio García Fuentes

VIAJE A PAÍSES ALPINOS VII

VIAJE A PAÍSES ALPINOS VII

Acabamos de llegar a Venecia y…
Ya en el «Continental», hacemos las diligencias de entrada, las que resultan bastante engorrosas, subimos los equipajes a las habitaciones, realizando un rapidísimo aseo y bajamos al hall del hotel, donde nos reunimos para marchar en grupo.- Como era de esperar «algunas se retrasan» y tenemos que esperar unos minutos en la planta baja de éste restaurado «palacio veneciano», puesto que el hotel, es eso, un viejo edificio restaurado, el que tiene cierta belleza y el que llega hasta el «gran canal», donde luce su mejor fachada.- Es por tanto un atractivo grande para nosotros, el ocupar «estas viejas piedras», en las que se ha cuidado mucho su restauración y mobiliario y se han conseguido unas habitaciones muy confortables y en las que se mantiene ese ambiente de pasados siglos, junto a las comodidades del presente.- Estaremos muy confortables en este hotel y el mismo es recomendable para venir aquí con bastantes menos prisas y disfrutar de estos ambientes, al menos una semana, viendo la ciudad con esa tranquilidad que requiere la monumentalidad e historia de la misma; cosa que indudablemente no haremos hoy, como tampoco lo pudimos hacer, ya hace años cuando vinimos mi esposa y yo, acompañados de nuestros tres hijos, estando en Venecia un día y no completo, puesto que aquella vez pernoctamos en la cercana Mestre…»en fin el turismo moderno».
Por fin nos encaminamos a este «perdido restaurante y cuyo nombre ni recuerdo», el que nuestro guía tarda en encontrar dentro del dédalo de callejones estrechísimos de esta parte de Venecia.- Se trata de un modestísimo establecimiento en el que comemos un primer plato de pasta, un segundo de pescado y un helado de postre, todo ello de calidad aceptable y deduzco que de un bajo precio; hemos comido mal y sin apenas sosiego, «nos llevan a la Plaza de San Marcos, la que se encuentra relativamente cercana. De allí vuelve la mayoría del grupo al embarcadero de uno de los cercanos canales, para disfrutar el ya pagado «paseo en góndola».- Mi esposa y yo no participamos en ello puesto que no nos atrae; y decidimos (pese a que la temperatura no acompaña esta tarde) sentarnos en la terraza del «Caffé Lavena», el que está situado en la famosa plaza de San Marcos y desde donde disfrutaremos de la contemplación de todo este conjunto monumental y arquitectónico y el que no es necesario describir, por lo famoso del mismo, ya que… ¿quién ha estado en Venecia y no ha permanecido un gran espacio de tiempo en este lugar y sus alrededores?. Disfrutamos también del sol que nos acompaña, el que aún debilitado invita a tomarlo sentados; igualmente nos acompaña la música del ya clásico piano de este famoso café, el que está instalado junto a los soportales porticados, de esta plaza.
En este marco maravilloso, disfrutamos de un «café-café italiano», de buenísima calidad, magníficamente servido y cobrado a un precio bastante alto y a tenor con, «el marco que disfruta el turista que aquí se atreve a sentarse y pedir una consumición». Lo damos por bien empleado, pues hoy «ya estamos hartos de correr» y aun cuando, «el asiento vale muy caro en Venecia», pero merece la pena pagar por todo ello.
Yo (es claro) enciendo un «hermoso cigarro puro» y mientras lo fumo, me dispongo a disfrutar de esta paz y armonía, que me proporciona el conjunto de todo cuanto contiene esta plaza y donde… ¡oh maravilla… no existen los automóviles!. Mi esposa una vez tomado el café, decide irse de compras, puesto que ello le atrae mucho más que el permanecer aquí estáticamente, «aguantando cierto relente que ya se va dejando sentir, gracias a la gran humedad reinante en esta isla, cortada por cien canales o ríos» (a estas calles acuáticas les denominan los venecianos «río»). A pesar de ello abunda el turismo, destacando varios grupos de japoneses, los que iremos viendo a lo largo de la ruta que llevamos, ya que en gran parte del recorrido coincidiremos con ellos, incluso en los mismos hoteles de Austria.
Suenan las cuatro de la tarde en el «altísimo campanile» y el que frente a mi está. Giro la vista y me recreo en la contemplación de la bellísima fachada de la Catedral, o Basílica de San Marcos y de la no menos bella, del palacio de los «Dux», las que ilumina el sol con sus rayos ya decadentes y casi horizontales a esta hora de la tarde, lo que transmite unos dorados preciosos, que sobre todo al reflejarse en los fastuosos «nichos» dorados de los arcos, que hay sobre las puertas y de los más altos de las terrazas de la basílica, estos… despiden unas «llamaradas», que me resultan imposibles de describir. Quedo maravillado al disfrutar de este espectáculo no previsto y me mantengo largo tiempo, recorriendo con mi vista todos los detalles que puedo apreciar de estas dos maravillas arquitectónicas, hasta que el sol y al llegar la línea de sombra que lentamente va ascendiendo desde el suelo, a la mitad de las fachadas de las mismas… «desaparece inexplicablemente para mí y posiblemente porque ya ha cruzado la línea del horizonte y la que debe delimitarse en el agua del mar o la laguna»… desapareciendo de inmediato, «esas llamaradas» y luciendo entonces, con serenidad y plenitud, la luminosidad propia de esas obras murales de maravillosos mosaicos dorados y que allí se encuentran desde hace varios siglos», sin que el tiempo haya mermado apenas nada, el maravilloso colorido que presentan, las diferentes estampas religiosas que allí se representan.
Ha transcurrido el tiempo sin yo darme cuenta ni notar el frío y reparo en ello, puesto que suena de nuevo la campana que marca las cuatro y media de la tarde, en el altísimo edificio ya descrito, el que construido en ladrillo parece algo así, como… «el vigía de la gloria de la ciudad» («el campanile»)… He debido de fumarme más de medio puro y la ceniza me ha caído encima sin yo reparar en ello… «sonrío, sigo fumando y me sacudo la ceniza», pensando que «he estado absorto, nada menos que treinta minutos, en esta ya helada y húmeda plaza»; y es entonces cuando reparo… en el frío que hace (tengo las piernas heladas) y por ello me levanto y me muevo un poco para reaccionar, llamando la atención al camarero para pagarle la consumición; «el pianista debe haberse marchado hace rato y yo ni he reparado en ello». Efectuado el pago de los cafés, empiezo a pasear por la plaza y soportales (donde hace menos frío) en espera de que vuelva mi esposa la que ya hace más de una hora que marchó. Observo la «nube» de palomas, que revolotean (supongo que hambrientas) en la plaza, las que se lanzan en tropel, hacia cualquier visitante que lance al suelo algunas migajas o granos que les sirvan de alimento (esto lo hacen hasta cuando ya está cayendo la noche, cosa sorprendente, ya que, «tardan en irse a dormir» y de ahí el que las suponga hambrientas).
Anochece, cuando vuelve Ana «cargada de paquetes» y contenta por las compras que ha realizado, para obsequiar a nuestros hijos, nuera y yerno. Ya juntos proseguimos paseando; la invito a que entremos en la basílica y ella dice que «ya la hemos visto» (efectivamente, pero en nuestro anterior viaje) que prefiere el que recorramos las calles y veamos escaparates y «el mercadillo» que hay al borde del gran canal y paralelo a la fachada principal del palacio de los Dux y el «puente de los suspiros»; accedo a ello y empiezo a «peregrinar» en este entretenimiento que resulta pesadísimo para mí… pero… mi esposa quiere comprar algunas cosas más en Venecia…?.
Como aún faltan dos horas para que nos reunamos el grupo y en el lugar previsto, para regresar al hotel, me lo tomo con calma, puesto que ya no es posible realizar ninguna visita turística… y así va pasando el tiempo. Volvemos a la plaza y esta ya se encuentra casi desierta, por lo que «matamos el tiempo», recorriendo la gran cantidad de escaparates y tiendas que hay bajo los pórticos de la misma y algunas calles adyacentes. Terminamos cansados y con bastante frío, por lo que de nuevo volvemos al «Caffé Lavena», pero esta vez y como es lógico, pasamos al interior donde tomamos café y pastas mi esposa y yo un té, el que me va a reconfortar mucho más que un nuevo café y allí sentados aguardamos la hora de volver al hotel.
Llegada esta, marchamos el grupo hacia el embarcadero y allí tomamos el «vaporetto» («autobús fluvial») el que zigzagueando por el gran canal (tiene que ir deteniéndose en las paradas de ambas márgenes) nos deja en el embarcadero más próximo a nuestro hotel.- Cuando llegamos al mismo ha transcurrido media hora.
Cenamos razonablemente bien y luego nos sentamos en cómodos sillones, frente al pequeño bar que existe en el hall y allí, varios compañeros de viaje, charlamos en agradable tertulia, mientras yo fumo mi segundo cigarro puro y otros fuman «cigarrillo tras cigarrillo». Otros componentes del grupo han decidido salir a dar un paseo, pero al poco rato han vuelto «muertos de frío».
A las once, subimos a nuestra alcoba y allí y tras tomar rápidas notas de todo lo transcrito, me acuesto, leo un poco y me duermo pensando en que mañana nos llamarán antes del amanecer, para así continuar este nuevo viaje de… «turismo moderno». Una vez más me marcho de Venecia, sin apenas ver lo mucho que digno de ser admirado, contiene esta original ciudad.

Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)
www.jaen-ciudad.es (aquí más temas)

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Antonio García Fuentes

Empezó a escribir en prensa y revistas en 1975 en el “Diario Jaén”. Tiene en su haber miles de artículos publicados y, actualmente, publica incluso en Estados Unidos. Tiene también una docena de libros publicados, el primero escrito en 1.965, otros tantos sin publicar y mucho material escrito y archivado. Ha pronunciado conferencias, charlas y coloquios y otras actividades similares.

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